Homilía en el Día del Corpus Christi, en la Plaza de
la Catedral de la Magdalena de Getafe, 29 de mayo de 2005.
* El gozo de
este encuentro. Un año más, al llegar
la solemnidad del Corpus Christi, toda la Iglesia se une gozosa para venerar y
adorar este Sacramento admirable en el que Cristo ha querido dejarnos el
memorial de su Pasión.
Es un día en el que queremos dar testimonio público de
nuestra fe en Jesucristo presente en la Eucaristía y en el que queremos también
sentir el gozo de la unidad, el amor a la iglesia y la responsabilidad de la
misión evangelizadora que nos ha sido confiada.
La Iglesia vive de la Eucaristía. Sin la Eucaristía no
puede haber Iglesia y sin Iglesia no puede haber Eucaristía. En la Eucaristía
se cumple la promesa del Señor: “Mirad que Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo”
* Realmente
podemos decir que la Eucaristía constituye el centro mismo de la vida de la
Iglesia: porque si decimos que la
Iglesia nace del Misterio Pascual, es decir, del misterio de la pasión muerte y
resurrección de Cristo, la Eucaristía es el sacramento por excelencia del
misterio pascual. En la Eucaristía la Iglesia actualiza permanentemente el
sacrificio redentor de Cristo en la cruz, tiene acceso a él, lo hace
contemporáneo a nosotros y permanentemente presente. No es algo pasado, no es
sólo un simple acontecimiento histórico. En la eucaristía el sacrificio de Cristo es algo vivo y actual. En la
celebración eucarística podemos vivir y palpar con nuestros sentidos y, por
tanto, aplicar a nuestra situación personal el amor inmenso de Cristo, su amor
hasta el extremo, hasta dar la vida, y su obediencia suprema al Padre por amor
a los hombres. En la Eucaristía, cada uno de nosotros y la Iglesia entera se
une a Cristo, ofreciéndose con Él al Padre. Toda nuestra vida, con sus dolores
y alegrías, ofrecida con Cristo al
Padre en el sacrificio eucarístico adquiere significado y valor. Incluso
nuestro pecado es destruido por el sacrificio redentor de Cristo y convertido
en fuente de gracia y fortaleza.
Pero la Pascua de Cristo que se hace viva y presente
entre nosotros en la celebración eucarística, incluye junto con la pasión y
muerte, también la resurrección. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu
resurrección. ¡Ven señor Jesús!”. La resurrección es la culminación y la corona
del sacrificio de Cristo en la cruz. Y en la Eucaristía, por tanto, nos
encontramos con el resucitado que vive en la Iglesia y nos da el Espíritu Santo
y se nos entrega permanentemente como pan de vida. “Yo soy el pan vivo que ha
bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá eternamente”. En la Eucaristía
estamos ya participando, anticipadamente, como primicia, de la resurrección
futura que un día, por nuestra unión con Cristo resucitado alcanzaremos.
Contemplando el misterio eucarístico, con actitud de
asombro agradecido y de admiración, podemos entender muy bien como se construye
la unidad de la Iglesia. La unidad en la Iglesia, la comunión eclesial, la
construye el Espíritu Santo que nos une a Cristo, en la Eucaristía, y hace
posible que formemos con Él, como nuestra Cabeza, un solo cuerpo, el Cuerpo de
Cristo, Sacramento de salvación para la humanidad entera y signo e instrumento
de la unión intima de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género
humano.
Por eso hoy, día del Corpus Christi, contemplando este
misterio de amor, hemos de comprender, como nos recuerda el Papa Juan Pablo II
en su encíclica Ecclesia de Eucharistía, que la celebración de la Eucaristía
presupone la comunión, consolida la comunión y lleva a su perfección la
comunión.
* La
celebración eucarística presupone la comunión. La Eucaristía es algo tan grande y tan esencial en
nuestra vida que no podemos acercarnos a ella de cualquier manera.
La Eucaristía supone, por una parte, la vida de la
gracia. No podemos acercarnos a la Eucaristía, sin habernos arrepentido antes
de nuestros pecados. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos
estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía nos está pidiendo una actitud
de continua conversión, de reconocimiento humilde de todo lo que nos separa de
Cristo y de los hermanos; y, por eso, antes de acercarnos a comulgar el Cuerpo
de Cristo hemos de acercarnos al sacramento del perdón para reconciliarnos con
Dios y podernos acercar a la mesa del Señor con un corazón limpio.
Y la Eucaristía supone también, por otra parte, una
incorporación plena a la Iglesia, a su vida, a sus pastores, a su doctrina y a
su misión. La Eucaristía nos pide participación gozosa en el ser de la Iglesia,
en su realidad más concreta, en nuestras parroquias y comunidades, siendo
miembros activos y evangelizadores,
preocupados de nuestra formación, orando como hermanos y haciendo nuestros los
problemas, inquietudes y tareas de la Iglesia de nuestros días.
* Pero la Eucaristía,
a la vez que presupone la comunión, también crea y consolida esa comunión y la
lleva a su perfección y plenitud.
La Eucaristía educa para la comunión frente al peligro
de la dispersión, nos hace cada día más cercanos unos a otros y más hermanos.
De ahí, la importancia enorme de la Misa dominical. Si
la Iglesia que es madre y Maestra nos pide que participemos, por lo menos el
domingo, en la Eucaristía es porque sabe que esa participación asidua es vital
para nuestro crecimiento en la fe. No podemos descuidarnos, ni abandonarnos en
este deber tan esencial. “La Eucaristía del domingo, no dice el Papa, es el
lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente.”
Precisamente, a través de la participación
eucarística, el día del Señor se convierte en el día de la Iglesia, que puede
desempeñar así, de manera eficaz su papel de sacramento de unidad.
* Y esa comunión
creciente, que la Eucaristía va creando en nosotros, va despertando también en
nosotros una creciente caridad.
Hoy es el día
de la Caridad. Un día en que nos sentimos especialmente unidos a Cáritas, esa
institución que sirve de instrumento y cauce para el ministerio de la caridad
en la Iglesia. Quien vive y experimenta en su vida el amor de Dios y el amor a
los hermanos, quiere y desea y busca que ese amor llegue a todos los hombres.
Un amor como el de Cristo es un amor universal, que
perdona al enemigo y trabaja por la paz; es un amor preferencial a los más
pobres, que trabaja por la justicia y presta ayuda al que vive en la pobreza
Dentro de unos momentos llevaremos a Jesucristo
presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad y
encomendaremos estas calles, estas casas , estas familias, toda nuestra vida
cotidiana a la bondad y a la misericordia de Jesús. “¡Qué nuestras calles sean
calles de Jesús! ¡Que nuestras casas sean casas para Él y con Él! Que en
nuestra vida de cada día penetre su presencia. Con este gesto, ponemos ante sus
ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los
ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere
ser una bendición grande y pública para nuestra ciudad: Cristo es, en persona,
la bendición divina para el mundo (...) En la procesión del Corpus Christi,
acompañamos al Resucitado en su camino por el mundo entero y de este modo
respondemos también a su mandato: “Tomad y comed ... Bebed todos” (Mt.26,26).
No se puede “comer” al Resucitado, presente en la forma de Pan, como un simple
trozo de pan. Comer este pan es entrar en comunión con la Persona del Señor
vivo. Esta comunión, este acto de “comer” es realmente un encuentro entre dos
personas, es dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es mi
Creador y Redentor” (Benedicto XVI – Corpus 2005)
Que la Virgen María, en este año de La Eucaristía, nos
ayude con su intercesión, para que la Iglesia reciba un nuevo impulso para su
misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda
su vida”. Amén