Homilía de D. Joaquín Mª
López de Andújar, Obispo de Getafe, en la Celebración del Jueves Santo del día
13 de abril de 2006, en la Basílica del Cerro de los Ángeles.
El jueves
santo está todo él centrado en el recuerdo de la Cena del Señor. La liturgia de
este día nos invita a la gratitud, a la
confianza, al amor y a la adoración. Dios ha querido convocarnos esta tarde
para conmemorar aquella Cena memorable en la que Jesucristo su Hijo confió a su
Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio de la Nueva Alianza. Al comenzar
la celebración le hemos pedido que la conmemoración de estos misterios nos
lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida.
(cfr. Oración Colecta).
El centro
de este día es la Eucaristía. Y la Eucaristía es Jesucristo mismo,
entregándose por nosotros. La
Eucaristía es Jesucristo entregado por nosotros en su pasión y en su cruz para
darnos vida y para hacer posible que participemos con Él en su resurrección gloriosa. Toda la existencia cristiana ha
de vivir de la Eucaristía. La Eucaristía es nuestro alimento, es nuestra vida ,
es nuestra esperanza. No podemos vivir
sin la Eucaristía.
La
Eucaristía es revelación de la intimidad divina. En ella descubrimos todo el
amor que Dios nos tiene y descubrimos cual ha de ser nuestra actitud ante
Jesucristo. Y es que el cristiano no debe situarse delante de Jesucristo, sino
que debe situarse en Jesucristo. “En Él vivimos, nos movemos y existimos”.
La Eucaristía nos revela que nuestro vivir ha de ser un vivir en Cristo. La
vida del cristiano es una vida en Cristo. Así lo entendía S. Pablo cuando llega
a decir:“ para mi la vida es Cristo”. Nuestra vida es Cristo. Nuestro
vivir tiene que ser un vivir en Cristo y para Cristo.
En el
discurso de despedida, que sigue a la escena del lavatorio de los pies y que
nos relata el evangelista S. Juan, Jesús les dice a sus discípulos: “Yo soy
la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no dé
fruto, lo cortará; y todo el que dé fruto lo podará para que dé más fruto (...)
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese
da mucho fruto porque sin mí no podéis hacer nada (...) Como el Padre me ha
amado así os he amado yo, permaneced en mi amor” (Jn.15, 1-10).
Realmente
lo que las palabras del Señor nos manifiestan es que sin Él no puede haber vida verdadera. Él es el
Viviente, el que da vida, el que hace posible que nosotros vivamos. Por eso
dice: “El que permanece en mí, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis
hacer nada”. Cristo es esencialmente viviente y creador de vida. Él es el
Pan de la vida. Él es la resurrección y la vida. Él es el camino, la verdad y
la vida. Él es la Vida misma. (cfr. Jn.11, 25) Él es la fuente divina de la
nueva vida en la cual deben participar todos los que creen en Él (cfr. Jn. 11,26). La otra vida, es decir, la
vida que viene de nosotros, es una vida que conduce a la muerte. Es una vida
precaria, frágil, inconsistente, que poco a poco se va desvaneciendo y se va
precipitando en la nada. Sin embargo la vida, en Cristo, es vida que crece en
nosotros y crece hasta la vida eterna. Es una vida que produce frutos
abundantes de caridad, de alegría y de paz. La vida en Cristo es una vida que
llena el corazón de plenitud.
Lo que
hoy celebramos, al contemplar al Señor, rodeado de sus discípulos entregándoles
el pan y el vino y diciéndoles “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo que será
entregado por vosotros (...) Tomad y
bebed, esta es mi Sangre que será derramada por vosotros” es la vida de Cristo entregada en la cruz,
permanentemente reproducida y actualizada por la Iglesia en el Misterio
Eucarístico.
Y esto es posible porque el Señor al decir a
sus apóstoles: “Haced esto en memoria mía” instituyó el sacramento del
Orden y por medio de él, quiso
perpetuar sacramentalmente su presencia, como Pastor, en unos hombres elegidos
por Él para anunciar el evangelio y para renovar cada día el sacrificio de su
Cuerpo entregado y de su Sangre derramada para la vida del mundo.
Hoy, Jueves Santo, es también el día en el
que tenemos que dar muchas gracias al Señor por regalar a su Iglesia el
ministerio sacerdotal, por medio del cual su Palabra es anunciada y
experimentamos constantemente su presencia viva en la Eucaristía y su misericordia en el sacramento de la
reconciliación. Cada vez que un
sacerdote repite las palabras del Señor, el misterio de su pasión se hace
presente entre nosotros. La Pasión del Señor, enraizada en la eternidad, entra
en la liturgia de tal manera, que podemos decir que en este Pan y en este Vino,
que acaban de ser consagrados, están verdaderamente el Cuerpo y la Sangre del
Señor. Y podemos decir también que comiendo este Pan y bebiendo este Cáliz,
participamos de la vida de Cristo, vivimos la vida de Cristo, nos convertimos
en sarmientos unidos a la vid y podemos crecer por la sabia que nos trasmite.
Y, así, unidos a Cristo, viviendo la
vida de Cristo, nos unimos, en Cristo, a la Iglesia entera y somos con Cristo,
como Cabeza, el Cuerpo de Cristo, para la salvación del mundo.
En el
discurso del Pan de Vida, ya el Señor
había dicho: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en
él, y yo le resucitaré el último día” (Jn. 6,51-54). Y sabemos que esas palabras provocaron un
gran escándalo y que, a partir de ese momento muchos le abandonaron. La
Eucaristía siempre provoca escándalo.
Porque nos introduce en el Misterio de un Dios, que no ha sido inventado por el
hombre. No es el “dios” hecho a la
medida de los hombres, sino el Dios que
desborda las limitaciones de nuestros cortos razonamientos y se acerca a
nosotros; y se nos muestra como verdadero derroche de amor. Por eso cuando
queremos meter a Dios en nuestra mente, nuestros razonamientos fracasan, pero
cuando nuestro corazón se abre a la fe nos damos cuenta de que las palabras del
Señor son verdaderamente palabras de
vida eterna, que iluminan nuestra mente y la abren a verdades inefables.
Ante un
Misterio tan grande no podemos quedar indiferentes. Nuestra vida necesariamente
tienen que cambiar. Vivir de la Eucaristía es vivir, en Cristo una vida nueva.
La Eucaristía nos invita a la conversión.
Ya el
Señor, en la misma Cena, con el gesto del lavatorio de los pies, que
reproduciremos dentro de un momento; y después, con el mandamiento nuevo del
amor, nos dice cómo ha de ser esa vida nueva.
Para que
la Eucaristía sea verdaderamente el centro de la vida cristiana, es necesario
acoger también la llamada del Señor a la conversión y reconocer nuestros
propios pecados, en el sacramento del perdón. Continuamente tenemos que
convertirnos al amor y a la misericordia. Tenemos que salir de esa mentalidad
egoísta que nos cierra a los hermanos para situarnos, como hizo el Señor, en la
actitud del servidor. Después de lavarles los pies el Señor les dice. “Si Yo
el Maestro y Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los
pies los unos a los otros” (Jn.13, 1-15)
Realmente
el gesto del lavatorio está cargado de significado y simbolismo. Y nos ayuda a
entender la vida nueva que brota de la
Eucaristía. Vivir la Eucaristía es compartir con Cristo su entrega a los
hombres. Es amar, como Él nos ha amado.
El lavatorio de los pies debió ser
desconcertante para los discípulos. Es un gesto que trastorna por completo las relaciones
y comportamientos habituales entre el maestro y los discípulos. Jesús mismo
dirá que lo normal es que el maestro sea honrado y servido. Pero Él realiza con sus discípulos un gesto de siervo
y de esclavo. Y si lo contemplamos, sabiendo que Jesús es el Señor, el Hijo de
Dios, Dios mismo entre nosotros, el desconcierto es mayor. Vemos a un Dios
sirviendo a los hombres. Un Dios que se pone a merced de los hombres, se pone a
sus pies. El que vino de Dios y a Dios retorna, se pone en la actitud humilde
de servir al hombre, incluso de servir a aquel que sabe que le va a traicionar.
El lavatorio nos pone ante el “Misterio” de un Dios que se manifiesta
sirviéndonos. El lavatorio de los pies significa que el servir es una acción
divina y que cuanto más servicial es nuestra vida mejor manifestamos el
“Misterio” de Dios. El servicio al hermano es algo divino, es algo que procede
de Dios. Lo que `procede de Dios no es el mandar con arrogancia, no es el poder
que avasalla, sino el servir con humildad y con amor. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” Dios, decimos
en la liturgia, manifiesta su poder con el perdón y la misericordia (Cfr.
Colecta. Domingo XXIV. TO)
Del
lavatorio de los pies nace una Iglesia y un cristiano que se hace prójimo para
los demás, que se hace buen samaritano para el mundo. El lavatorio de los pies
nos revela a un Dios sirviendo en las realidades más humildes. Solamente
descubriendo esto podremos entender el “Misterio” de la Cruz, podremos entender
la pasión del Señor, podremos entender la vida entera de Jesús y podremos
entender también que nuestra vida sólo tendrá sentido y podremos afrontar lo
que en ella haya de sufrimiento y de cruz si es vivida incorporada a Cristo en
el servicio humilde a todos los hombres. Y, así, ira naciendo en nosotros el
hombre nuevo, según Cristo, llamado a la resurrección.
Pero el Señor Jesús no es solamente un
ejemplo de vida para nosotros. Es mucho más. Podemos decir que la ejemplaridad
de Jesús consiste en que en Él empieza la existencia cristiana. Él funda la
posibilidad de ser cristiano; muestra lo que significa ser cristiano y da las
fuerzas necesarias para realizarlo. Seguir las huellas de Jesús significa vivir
en Él, hacer nuestros sus sentimientos, estar con Él y confiar en Él.
Nuestra
celebración culminará llevando en procesión al Señor, presente en la
Eucaristía, para colocarlo en el Monumento y adorarlo.
Que estas
horas, hasta la celebración litúrgica de mañana, en las que el Señor estará solemnemente expuesto, las vivamos con
mucha intensidad y con mucho amor. Cristo se entregó a la muerte para
salvarnos. Acerquémonos nosotros a Él. Junto a su Madre Santísima, adorémosle y
démosle gracias. Y que el Señor nos conceda, una vez más la gracia de la
conversión para estar siempre con Él y ser, en medio de los hombres testigos de
su amor. Amen.