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Homilía de Mons. López de
Andújar en la Natividad del Señor 25 de diciembre de 2005 |
Unidos a toda la Iglesia
entonamos hoy en esta solemne celebración del nacimiento de Cristo, un himno de
acción de gracias y de alabanza a Dios porque “Un niño nos ha nacido, un
hijo se nos ha dado, lleva a hombros el principado y es su nombre: Mensajero del designio divino” (Is. 9,5).
Realmente en torno a la fiesta de Navidad se han ido
añadiendo muchas cosas. Y casi sin darnos cuenta la cultura que intenta
dominarnos y dirigir nuestras vidas está haciendo todo lo posible por vaciar de
contenido religioso una fiesta que no tendría ningún sentido si la separamos
del acontecimiento histórico que está en su origen. Y ese acontecimiento es
algo verdaderamente insólito que, cuando lo contemplamos con fe, nos sobrecoge
y nos llena de asombro y despierta en nosotros una inmensa gratitud y un gran
deseo de conformar nuestras vidas con el plan de Dios. El gran acontecimiento
que celebramos es que Dios se ha hecho hombre, Dios ha asumido en las entrañas
virginales de María una naturaleza humana exactamente igual a la nuestra menos
en el pecado.” Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos
contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y
de verdad”. Ayer escuchábamos en la
Misa de medianoche las palabras de Isaías anunciando proféticamente la llegada
del Mesías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz ;
habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló” (Is .9,1-·3).
El mundo niega a Dios
Ciertamente el acontecimiento
histórico del nacimiento de Cristo sucedió hace dos mil años. Pero ese
acontecimiento sigue vivo y el nacimiento de Cristo tiene que irse realizando
en cada uno de nosotros y en nuestras familias y en nuestra sociedad. Nuestro
mundo y en él cada uno de nosotros sigue siendo es pueblo que camina en
tinieblas y que necesita se redimido y transformado por la luz de Jesucristo. En nuestro mundo
aparentemente opulento y lleno de comodidades y bienes materiales hay muchas
sombras que impiden al hombre ser feliz. Y en el trasfondo de todas esas
sombras está el pecado, que es la negación de Dios. Una negación, en algunos
casos, explícita y quizás agresiva, pero en la mayoría de los casos, una
negación silenciosa y solapada. Es la negación de Dios de todos aquellos que
viven como si Dios no existiera. La negación de muchas gentes que organizan su
vida sin tener en cuenta a Dios, sin abrirse a su Palabra, sin reconocer en
Cristo su presencia, sin aceptar a la Iglesia como sacramento, signo e
instrumento de la salvación de Dios en medio de los hombres. Entre nosotros son
muchos los que sin negar su condición de cristianos viven alejados de la
fe hasta el punto de llegar a producirse
entre nosotros lo que Juan Pablo II, refiriéndose a Europa llamaba la apostasía
silenciosa. Y esta negación de Dios va unida a la negación del hombre y de su
dignidad. Y los efectos los tenemos a la vista, en los atentados contra la vida
humana, en el deterioro de la familia, en las dificultades para la convivencia,
en la ambición y el afán de atesorar riqueza a costa de lo que sea, en el
abandono de los mayores o en el miedo a
tener hijos
“Dios se ha hecho hombre por ti”
La Navidad tiene que producir en nosotros una gran sacudida. Tenemos
que salir del aturdimiento. Tenemos que recuperar la sencillez de los niños
para contemplar con asombro el milagro de un Dios que se nos acerca en la
debilidad de un recién nacido para caminar con nosotros hacia la gloria del
Padre y que con amor y paciencia nos invita
y nos da su gracia para
recuperar la belleza de nuestra dignidad de hijos de Dios. Tenemos que
abrirnos a la misericordia de un Dios que ha querido cargar con nuestra
debilidad y ser víctima en la cruz de nuestro pecado para librarnos del pecado
y abrirnos las puertas con su resurrección a una vida nueva y feliz llena de
luz y de bondad.
Los santos padres cuando hablan
del nacimiento de Cristo lo hacen con un gran vigor y nos exhortan a despertar
del sueño y recibir la salvación que nos
viene de Cristo:
“Despiértate. Dios se ha
hecho hombre por ti. Despierta tu que duermes, levántate de entre los muertos y
Cristo será tu luz. Por ti precisamente Dios se ha hecho hombre. Hubieses
muerto para siempre, si Él no hubiese nacido en el tiempo. Nunca te hubiese
visto libre de la carne del pecado si Él no hubiese aceptado la semejanza de la
carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti si no se
hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si
Él no hubiera venido al encuentro de la muerte. Te hubieras derrumbado si Él no
te hubiera ayudado. Hubieras perecido si Él no hubiera venido” (San Agustín.
Of. Lect. 24 de Dic.)
Cristo es
nuestra esperanza
Queridos hermanos: con mucha
frecuencia nos sentimos abrumados y
como sin fuerzas y faltos de esperanza
por las muchas dificultades
sufrimientos y retos que la vida nos plantea, ya sea en nuestro trabajo
o en nuestra familia o en la aceptación de nosotros mismos y de nuestras
debilidades y defectos. Y queremos
arreglarlo nosotros solos creyéndonos muy capaces y fuertes. Y vamos de
fracaso en fracaso. Y para no aceptar
ese fracaso para no enfrentarnos cara a cara con él buscamos mil
evasiones o entretenimientos. Pero sabemos
que eso en el fondo nos satisface y nos vemos sumidos en el vacío y la
tristeza.
No nos engañemos. Despertemos
del sueño, como nos dice S. Agustín y dejemos que entre en nosotros la luz de
la navidad. Dejemos que entre nosotros la Palabra de Vida: “En la Palabra
había vida y la vida era la luz de los
hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió. (Jn.
1,1-18). El drama del hombre es no querer recibir la luz. El drama
del hombre es la soberbia, creerse Dios. Creer insensatamente que todo debe girar entorno a él mismo,
siendo el único árbitro y juez de todas sus acciones, haciendo de su conciencia
la fuente única y autónoma de todas sus normas de conducta.
Vivir la Navidad es descubrir
que en la humildad y en el reconocimiento de nuestra propia debilidad está la
verdadera sabiduría. Porque sólo el humilde se abre a la verdad y sólo el
humilde, como los pastores de Belén o los magos venidos de Oriente son capaces
de descubrir en la pequeñez de un niño y en el fracaso de un crucificado la
sabiduría de un Dios que derriba del trono a los poderos y enaltece a los
humildes.
Siendo humildes seremos capaces
de entender el gozo de la Navidad. Ese gozo y esa alegría a la que nos exhorta
otro santo padre: S. Leon Magno:
“Hoy, queridos hermanos, ha
nacido nuestro Salvador, alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza
cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad
y nos infunde la alegría de la eternidad prometida. Nadie tiene por qué
sentirse alejado de la participación de semejante gozo. A todos es común la
razón por el júbilo: porque nuestro Señor destructor del pecado y de la muerte,
como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para librarnos a todos.
Alégrese el justo, puesto que se acerca la victoria; regocíjese el pecador,
puesto que se le invita al perdón, anímese el pagano, ya que se le llama a la
vida (...) Demos, por tanto, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el
Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa
misericordia con que nos amó. Estando nosotros muertos por el pecado nos ha
hecho vivir con Cristo para que gracias a Él, fuésemos una criatura nueva, una
nueva creación. Despojémonos pues del hombre viejo con todas sus obras y ya que
hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las
obras de la carne” (Of. Lect. 25 de Dic.).
Contemplando a Cristo en el pesebre, en la más
absoluta pobreza y en la debilidad más humilde, acojámosle, abrámosle la
puerta, porque acogiéndole a Él estamos acogiendo la salvación y acogiendo la
salvación seremos criaturas nuevas.
Contemplemos también a María, la humilde sierva del
Señor que nos muestra a su Hijo. Ella es el primer Sagrario. Ella acogiendo la
Palabra de Dios hizo posible que el
Dios Omnipotente se aposentara en su seno para devolver al hombre la
dignidad perdida por el pecado. Gracias a María nuestros ojos, como los de
Simeón, han visto al Salvador y en Él han encontrado el camino de la Vida. Que
la Virgen María interceda por nosotros para vivir con gozo el misterio de la
Navidad y ser testigos valientes ante el mundo de la misericordia divina