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Homilía de Mons. López de
Andújar en la NATIVIDAD DEL SEÑOR (Misa de medianoche) |
Extrañeza de quien no sepa nada
de esta noche.
Uno
que no sepa nada de la Navidad se preguntará: “en una noche de invierno
¿quiénes serán estos que salen de sus casas a una hora muy avanzada, se reúnen
en la Iglesia, se les ve contentos, charlan animados, se abrazan y felicitan
unos a otros ... y después, en un ambiente recogido y a la vez festivo rezan y
cantan y alaban a Dios?. Algo pasa aquí. Algo muy importante deben celebrar...
pero ¿quiénes son? ¿qué es lo que celebran? ¿en qué medida eso que celebran
afecta a sus vidas?”
Quienes somos.
Hay
de todo. Somos muy distintos: muchas edades, diversas situaciones. Somos como
los demás. Cada uno con sus preocupaciones, alegrías y esperanzas. Viviendo,
eso sí, un ambiente social y cultural que nos afecta a todos y que a todos
preocupa. Es verdad que hay muchas cosas buenas y positivas de las que estamos
muy contentos; pero también hay cosas que nos inquietan: el trabajo que cada
día resulta más difícil, la convivencia entre unos y otros, el futuro de los hijos y su educación... Vemos gente
desilusionada, vidas frustradas, violencia e injusticias. Como todo el mundo
nos sentimos preocupados e incluso, algunas veces agobiados, por todo eso. Pero
hay algo que nos distingue, algo que afecta a lo más íntimo de nuestro ser. Es
la fe. Es la certeza de ser amados por Dios. Es la confianza en Aquel que vela
por nosotros, nos saca del abismo del pecado y nos da una Vida, capaz de vencer
todos “las muertes”
Hoy celebramos que un día, en
medio de las tinieblas, brilló una luz.
“El
Pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de
sombras y una luz les brilló” (Is.9, 1-3). Nosotros hemos visto esa luz. Una luz que se renueva, en nosotros
cada año. Y hoy lo celebramos. El “hoy” de la liturgia, que escucharemos y cantaremos repetidas veces, debe
interpretarse como una actualización repetida del acontecimiento salvador de la
Navidad. En la celebración litúrgica, nos hacemos contemporáneos de aquello que
sucedió y que sigue sucediendo en nosotros. Hoy, en efecto viene Jesús a su
Iglesia reunida en asamblea festiva y llega para salvarnos. Llega para sacarnos
de ese abismo oscuro que es el pecado, para liberarnos, como dice el salmo “de
la fosa profunda y de la charca fangosa”. El hombre no podía salir por sí sólo
de la tragedia en la que le había sumergido su desobediencia a Dios. Cuando el
hombre se separa de Dios se hunde en la desesperanza. El hombre sin Dios es
como un vagabundo, sin rumbo, que busca saciar su sed de felicidad con bienes efímeros. Es como el
que intenta buscar el agua viva en un desierto árido y reseco.
Pero Dios, en su misericordia, no
deja sólo al hombre. Sale a su encuentro y, gracias a María la Virgen
Inmaculada, “Arca de la nueva Alianza”,
asume nuestra condición humana, entra en el abismo de nuestra pobreza y
nos invita a caminar con Él hacia la gloria del Padre restaurando y rehaciendo
en nosotros la imagen de Dios que había quedado destruida por el pecado. Por
eso el apóstol Pablo confiesa con gratitud:”Ha parecido la gracia de Dios
que trae la salvación para todos los hombres” (Tit.2,11-14) Desde que Dios
se hizo hombre, la vida del hombre ya no es un callejón sin salida. Hay caminos
de esperanza. Cristo nacido en Belén es nuestra esperanza. Él es la luz que
alumbra nuestras tinieblas. Una luz que aparece con fuerza cada año al celebrar
la Navidad.
En esta noche celebramos que el
miedo ha sido vencido.
Hoy
resuena también entre nosotros aquella voz que escucharon los pastores de
Belén: “Un ángel del Señor se les presentó y la gloria del Señor los
envolvió de claridad (...) No temáis, os traigo la Buena Noticia, la
gran alegría para todo el Pueblo. Hoy en la ciudad de David os ha nacido un
Salvador, el Mesías, el Señor”.
Hay una auténtica ironía, llena de intención, en el
relato de S. Lucas. A primera vista parece que el hombre poderoso de este
relato es el emperador, que en un acto de poder despótico ha obligado a
aquellas pobres gentes a un largo y fatigoso viaje para empadronarse en sus
lugares de origen. El emperador se hacía llamar “señor” y “salvador”. Pero el
verdadero señorío y la verdadera salvación no nos viene de los poderes de este
mundo, no nos viene ni del poder del dinero, ni del poder de las armas. El
verdadero “señorío” y la verdadera “salvación”, que viene de Dios, se ha
revelado en la debilidad de un recién nacido “envuelto en pañales y
recostado en un pesebre”. Ese
recién nacido nos dice el evangelista es el verdadero Mesías y Señor. Y los
primeros en recibir la Buena Noticia de su nacimiento van a ser unos pobres
pastores que en la noche guardan sus rebaños.
Al principio los pastores tiene miedo. No acaban de
creerlo. Pero después su miedo se transforma en alegría.
Hoy también el Dios nacido en Belén quiere que
acudamos a su presencia.
Quiere que le recibamos. Quiere nacer en medio de
nosotros: en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestra sociedad. Y no
sólo eso. Él quiere nacer dentro de cada uno de nosotros. Y para que nazca
dentro de nosotros sólo hace falta una cosa: que le abramos la puerta, que le
dejemos entrar, que dejemos a un lado nuestras fantasías de poder y nuestro
afán de suficiencia, que nos hagamos
pobres y pequeños como los pastores, y
que avivemos en nosotros el deseo de amor y de verdad. Solo los que buscan el
amor y la verdad, los limpios de corazón, verán a Dios.
Dejad que hoy la luz de Dios nazca en vosotros y
vuestros temores se convertirán en fortaleza y vuestras tristezas encontrarán
consuelo. Dejad que nazca en vosotros la Vida misma. Jesús es la Palabra de
Vida : “en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres”.
Hoy es un día para
renacer a la Vida. Para descubrir en el Niño del pesebre al Autor de la Vida.
Dejemos a un lado todo lo viejo: nuestros temores, rencillas, complejos y
cansancios, nuestro egoísmo, nuestra insolidaridad y nuestra rutina. Dejemos
que entre a raudales la Vida nueva del
Niño recién nacido.
Hemos de salir de aquí con una esperanza renovada.
Hoy es, ante todo, un día de esperanza. Una esperanza
renovada en su raíz. Una esperanza que se apoya en la seguridad del amor
inmenso de un Dios que es capaz de entrar en la debilidad humana para
salvarnos. “Cantad al Señor un
cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor y bendecid su
nombre” (S.95)
Que la Virgen María
nos ayude recibir a su Hijo Jesús con el mismo amor con que ella lo recibió. Y
caminando en la fe, en la escuela de María, lleguemos un día a la comunión
perfecta con Cristo en la gloria (Cf. Postcomunión)