Homilía del
Día del SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
JORNADA DE ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS
SACERDOTES
3 de junio de 2005. Basílica del Sagrado
Corazón de Jesús, Cerro de los Ángeles.
La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos habla
del amor inefable de Dios a los hombres manifestado en Cristo Jesús, cuyo
corazón abierto en la cruz por la lanza del soldado romano fue la máxima prueba
de su generosidad y la fuente de donde manaron los sacramentos de la Iglesia. “En
esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él
nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos
hermanos: Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos
a otros de la misma manera” (1Jn 4,7-16)
En este día y en este
santuario del Cerro de los Ángeles que nos invita a la contemplación de la misericordia divina hemos querido celebrar
en la Diócesis de Getafe, siguiendo la orientaciones del inolvidable Juan Pablo
II, la Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes y el sencillo
homenaje a nuestros hermanos sacerdotes que en este año celebran sus bodas de
oro o de plata sacerdotales.
Es un día para dar
gracias a Dios por el don del sacerdocio ministerial que hace posible en la
Iglesia y a lo largo de los siglos la presencia sacramental de Jesucristo como
Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia en aquellos que han sido llamados a este
ministerio.”Ellos, Señor, renuevan
en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el
banquete pascual, presiden a tu Pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu Palabra y lo fortalecen con tus
sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por Ti y por la
salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte así
testimonio constante de fidelidad y amor” (Prefacio de Jesucristo Sumo y Eterno
Sacerdote.
Queridos hermanos la
vocación y la meta última de toda la Iglesia es la santidad. Todos los
cristianos, por su incorporación a Cristo en el Bautismo, son invitados a
alcanzar la plenitud de la vida cristiana, llegando a ser en Cristo, por el don
del Espíritu Santo, verdaderos hijos de Dios. “Los que se dejan llevar por
el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios”. Los sacerdotes no somos
mejores que los demás ni tenemos mayor dignidad que cualquier cristiano y
nuestra vocación a la santidad es la misma que la de todos los bautizados. Pero
hay algo que nos distingue. “Por el sacramento del Orden se configuran los
presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y
edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del orden
episcopal. Cierto que ya en la consagración del bautismo – al igual que todos
los fieles de Cristo – recibieron el signo y don de tan gran vocación y gracia,
a fin de que, aun con la flaqueza humana, puedan y deban aspirar a la
perfección (...) Ahora bien , los sacerdotes están obligados de manera
especial a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva a
Dios por la recepción del Orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo,
Sacerdote eterno, para proseguir en el tiempo la obra admirable del que con
celeste eficacia, reintegró a todo el género humano” (PO. 12). Somos
instrumentos vivos de Cristo para hacer llegar a todos los hombres la
misericordia divina. Hemos sido llamados por el Señor para reflejar en nuestra
vida su amor inagotable y sacrificado,
su paciencia y su ternura, su perdón y su consuelo. En el corazón de
Cristo, fuente inagotable de amor, los sacerdotes anunciamos al mundo la buena
nueva de la salvación. Por la gracia de Dios, por el don del Espíritu Santo,
que recibimos el día de nuestra ordenación, los sacerdotes debemos y podemos
ser santos para ayudar a otros a ser santos por lo que somos y por lo que
hacemos. Cristo nos ha elegido y nos ha capacitado para ser forjadores de santos.
Decidirse a ser
santos no significa otra cosa que fiarse de Cristo, creer en su Palabra,
confiar en sus promesas y no anteponer nada a Él. Decidirse a ser santos nos es
otra cosa que hacerse plenamente consciente de la íntima relación personal que
nos une a Él. Y esto supone mantener la mirada fija en Él para poder pensar
como Él y sentir como Él y amar como Él. “La referencia a Cristo es la clave
absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales”
(PDV 12).
Queridos hermanos sacerdotes
hemos sido llamados para ser transparencia de la vida y de las vivencias de
Jesucristo Buen Pastor. Y así como, según nos dice el evangelio, el Señor se
conmovía y sentía compasión de aquellas multitudes que, como ovejas sin pastor,
le seguían hasta casi desfallecer de hambre, así nosotros también sepamos mirar con amor a las gentes que en nuestras parroquias y ciudades nos han sido
confiadas; y sepamos darles el alimento
de la palabra divina que llene sus deseos más hondos de amor, de esperanza,
de sentido de la vida y descubrimiento de su propia dignidad y de la dignidad
de todos los seres humanos. Que lo mismo que el Señor, con mirada compasiva,
lleguemos a todos los hombres que buscan la verdad, a los matrimonios que
quieren fortalecer su amor, a los padres que desean educar a sus hijos según el
plan de Dios, a los jóvenes que desean crecer en una libertad verdadera y sin engaños y a todos
los hombres de buena voluntad que quieren contribuir en la construcción de un
mudo más en paz y más humano.
La
vivencia del amor de Cristo ha de llenar totalmente nuestra vida. Él nos
ha llamado al ministerio sacerdotal por iniciativa suya. Todo en nuestra vida
es gratuidad. Todo es en nosotros fruto de la gracia. Nos ha llamado uno a uno
por nuestro propio nombre, con nuestra propia historia y con toda nuestra
debilidad, para poder participar en su mismo ser de Sacerdote y Víctima, de
Pastor, de Esposo, de Cabeza y de Siervo. Estamos llamados para vivir un
encuentro personal muy íntimo con el Señor que se convierta permanentemente en
relación profunda y se concrete, en nuestra vida diaria, en seguimiento humilde
y fiel para compartir su mismo estilo de vida, vivido fraternalmente con todo
el presbiterio diocesano y volcado total y gozosamente en la misión de anunciar
el evangelio aquí y ahora, con todo entusiasmo, dando la vida, en esta porción
de la Iglesia que es nuestra Diócesis de Getafe.
Nuestra unión con Cristo afecta a todo nuestro ser. Hemos sido
llamados a prolongar en el mundo su mismo obrar y a vivir en sintonía con sus
mismos sentimientos y actitudes: “... tened los mismos sentimientos de
Cristo Jesús” (Fil 2,5) “Vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo
desde el principio”(Jn 12,57). Nuestra misión brota de nuestra relación con
Cristo. La vivencia del misterio de Cristo es el objeto de nuestra predicación.
Lo que hemos de comunicar al pueblo de Dios es lo que el Señor nos dice al oído
en el silencio de la oración. Cuando a
Juan Bautista le preguntaron sobre su identidad no cayó en la trampa de
responder con teorías sino que simplemente se atrevió a decir “Yo soy la
Voz... pero en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis” (Jn
1,23.26).
La
fuerza de nuestra misión nace de la certeza de sentirse amado por Cristo. Cuando
uno se sabe amado por Cristo uno sólo quiere amarlo y hacerlo amar. Esta es
nuestra misión: amar a Cristo y hacer amar a Cristo: que todos le conozcan y le
amen y encuentren en Él el descanso de su alma. Y para llegar a este
conocimiento de Cristo sólo hay un
camino: el camino de la humildad y de la sencillez: “Te doy gracias, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque
has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a la gente
sencilla” (Mt 11,25-30). Que el Señor nos haga sentir nuestra pequeñez,
para confiar siempre, no en nuestras
fuerzas, sino en su gracia y misericordia; y sigamos el camino que la santa
doctora Teresa del Niño Jesús supo mostrar a la Iglesia con su doctrina
evangélica de la infancia espiritual. “Si no os hacéis como niños no
entraréis en el reino de los cielos”
Que
la Virgen María nos alcance la gracia de la humildad para que en nuestra vida
todo sea trasparencia de Cristo. Para que la gente no se vincule a nosotros
sino a Cristo. Para que sólo seamos un camino hacia Cristo, que se utiliza y se
olvida.
“Madre de Cristo que al Mesías Sacerdote diste un
cuerpo de carne por la unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de corazón:
Custodia en tu seno y en la Iglesia a lo sacerdotes,
oh Madre del Salvador”. Amén