Homilía de D. Joaquín Mª
López de Andújar, Obispo de Getafe, en la Vigilia Pascual del día 15 de abril de 2006, en la Basílica
del Cerro de los Ángeles.
Esta es una
noche santa de vela en honor del Señor. Lo mismo que los israelitas, en la
noche de su salida de Egipto, podemos decir: “Esta noche será la noche de
guardia en honor de Yahvé (...) por todas las generaciones” (Ex.12, 42).
Esta es la noche, en la que “rotas las
cadenas la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo” (Pregón). Noche de oración, noche acción de gracias,
noche de esperanza. Nos unimos al gozo de la Iglesia universal que en esta
noche celebra con júbilo el triunfo de su Señor Jesucristo.
La liturgia de la Palabra extensa y luminosa
ha sido una memoria orante de las maravillas de Dios en la historia de la
salvación. Una historia de salvación que se concreta y se hace íntima en la
historia personal de cada uno de nosotros. También nosotros podemos decir que,
en nuestra vida, hemos visto las maravillas de Dios.
La Palabra de Dios, en esta larga liturgia
de la Palabra, nos ha invitado a contemplar en esta historia santa de la acción
de Dios entre los hombres, las tres “noches”, en las que de una manera muy
especial Dios nos ha manifestado su
inmenso amor.
El libro del Génesis, en primer lugar, ha
traído a nuestra memoria, la primera noche: la noche de Creación. “Al principio creó Dios el cielo y la
tierra. La tierra era un caos informe sobre la faz del abismo (...) Y el
aliento de Dos se cernía sobre la faz de las aguas. (Gen.1) Todas las criaturas fueron saliendo de la mano del Creador, llenas
de bondad y de belleza, hasta llegar al hombre hecho, a su imagen y semejanza. “Él todo lo creo para que subsistiera, las
criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte”
(Sab.1,14).
Sin
embargo, el hombre desobedeció a Dios y el veneno de muerte entró en el mundo.
Pero ya en aquella primera noche de la creación empieza a vislumbrarse el
misterio pascual. Y tras el drama del
pecado, Dios inicia una historia de salvación para redimir al hombre caído. La
Palabra divina, por medio de la cual todo fue creado, llegará un día, en que se
hará carne, en las entrañas virginales de María, la nueva Eva, para salvarnos.
Y si el primer Adán fue expulsado del paraíso, el nuevo Adán, Jesucristo,
victorioso de la muerte, primicia de la nueva humanidad, hará posible que el
hombre regrese al lugar para el que fue creado.
Siguiendo la narración de las maravillas de
Dios, la Sagrada Escritura, nos habla de la segunda noche: la noche del
Éxodo. Esa noche memorable en la que los hijos de Israel fueron liberados
de la esclavitud del faraón. Es la noche de la libertad. “El Señor hizo soplar durante toda la noche
un fuerte viento del este que secó el mar y se dividieron las aguas. Los israelitas
entraron en medio del mar a pie enjuto. Mientras que las aguas formaban muralla
a derecha e izquierda” (Ex. 14,21-22). El pueblo de Dios nació en este paso por las aguas de mar Rojo: nació
de este bautismo en el mar Rojo, cuado experimentó la mano poderosa del Señor
que lo rescataba de la esclavitud y lo conducía a la anhelada tierra de la
libertad. Realmente lo que sucedió en el Mar Rojo, no fue sino la profecía, el
anuncio, de ese camino definitivo hacia la libertad que nos alcanzó el Señor
Jesús, el nuevo Moisés, en su Pascua gloriosa, a la que nos incorporamos
pasando por las aguas del bautismo. Cristo, en el bautismo, nos ha hecho pasar
de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios Las aguas
bautismales, nos incorporaron a la muerte de Cristo para alcanzar con Él, en su resurrección, la vida nueva, por la
fuerza del Espíritu Santo. “Los
que por el bautismo nos incorporamos Cristo, fuimos incorporados a su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo
fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en una vida nueva” (Rom.6,3-11)
Desde el principio la comunidad cristiana
puso la celebración del bautismo en el contexto de la Vigilia Pascual. Aquí también,
esta noche Ignacio y Laburana van a recibir el bautismo.
Ignacio y Laburana esta noche, sumergidos con Jesús en su muerte,
resucitarán con Él a la vida inmortal.
Os
saludo con mucho cariño y doy las gracias a los catequistas que os han
preparado. En virtud del bautismo vais
a formar parte de la Iglesia, que es un gran pueblo, en camino, sin fronteras
de lengua raza o cultura; un pueblo llamado a la fe, a partir de Abraham y
destinado a ser bendición entre todas las naciones de la tierra (cfr. Gen. 12,
1-3). Permaneced fieles a Aquel que os ha elegido y entregadle, con mucha
confianza, todo vuestro ser. Y tened la
seguridad de que en Él encontrareis la plenitud de la vida..
También, en esta noche, todos nosotros,
renovaremos nuestro bautismo. La liturgia nos invita a renovar las promesas de
nuestro bautismo. El Señor nos pide que renovemos nuestra actitud de plena
docilidad al Espíritu y de total entrega al servicio del Evangelio.
En esta noche de gracia, en la que Cristo ha
resucitado de entre los muertos, celebramos sobre todo la tercera y
definitiva noche. La noche que es culminación de todas las otras noches. La
noche que nos abre las puertas para el día que no tiene fin: la noche de la
Resurrección del Señor. Después de
la trágica noche del Viernes Santo, cuando “el
poder de las tinieblas” (cf. Jn.8,12) parecía prevalecer sobre Aquel que
es la “luz del mundo”, después del gran silencio del Sábado Santo, en el cual
Cristo, cumplida su misión en la tierra, encontró reposo en el Misterio del Padre
y llevó su mensaje de vida a los abismos de la muerte, ha llegado finalmente la
noche que precede al gran día de la Resurrección.
Hoy, en la Iglesia, vuelve a resonar con
fuerza el anuncio del ángel a las mujeres que iban al sepulcro para embalsamar
el cuerpo de Jesús: “No os
asustéis. ¡Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado. No está aquí. Ha
resucitado” (Mc. 16,1-7)
Con toda razón hemos cantado en el Pregón Pascual: “¡Qué noche tan dichosa, en que se unen el cielo y la tierra, lo humano y lo divino!”
Esta es la noche por excelencia de la alegría y de la gratitud. Y es la
noche también de la espera confiada del cumplimiento pleno de las promesas, del
Señor en nosotros, en la Iglesia y en el mundo. Y la noche, en la que cada uno de nosotros, hemos de afianzar
nuestra fe y de asumir con fortaleza nuestros compromisos bautismales. Es la
noche, de la misión y del envío.
Hoy, todos nosotros, gozosos de la vocación a la que el Señor ha
querido llamarnos, hemos de sentir el deseo de proclamar al mundo, que sigue
todavía en las tinieblas, el gozo de la resurrección de Cristo y las maravillas
que Él ha querido realizar en nosotros.
Los que hemos sido llamados al
ministerio apostólico renovemos hoy nuestro compromiso de hacer presente entre los hombres el amor de Jesucristo, Buen Pastor, que da
la vida por los suyos y busca con pasión a la oveja perdida. Y
entreguémonos a ellos de tal manera que el Pueblo de Dios vea siempre en
nosotros la imagen viva de Cristo Resucitado en la Palabra que anunciamos y en
los Sacramentos que, en nombre de Cristo celebramos, especialmente en la
Eucaristía, memorial perpetuo de su muerte y resurrección.
Los consagrados renovad, ante el Señor Resucitado, vuestro respuesta
agradecida a la llamada que un día os hizo Dios para una vida de especial
intimidad con Él. Mostrad con vuestra forma de vivir que el amor de Dios llena
vuestra existencia y que ese amor os empuja gozosamente a entregaros
constantemente al bien de los hermanos. Pedid a Dios que vuestra vida sea para
la Iglesia y parra el mundo signo profético de aquel día en el que Dios lo será
todo para todos.
Los que habéis sido llamados a
la vida matrimonial vivid vuestro matrimonio como vocación de santidad. Y
escuchad la voz de Dios que os anima en esta noche, con una fuerza especial, a
realizar esa vocación de santidad. El matrimonio es el fundamento de la
familia. Haced de vuestras familias, verdaderas Iglesia domésticas, en las que,
por vuestro testimonio y con la gracia de Dios, la fe sea trasmitida a vuestros
hijos con toda su fuerza humanizadora;
y vuestros hogares, como el hogar de Nazaret, sean focos de luz y de esperanza
para nuestro mundo. Pedid a Dios que el amor que os une y el amor que tenéis a
vuestros hijos sea para ellos, signo de ese amor primero y gratuito que de
sentido a sus vidas y sea signo, sobre todo, del amor divino que les invita y
les da fuerza para vivir como
verdaderos hijos de Dios.
Los jóvenes sentid con mucha fuerza, al
renovar vuestro bautismo en esta Vigilia Santa, que en Cristo encontraréis
siempre al amigo que no engaña y que os dará siempre las respuestas auténticas
a vuestros grandes deseos de felicidad, de verdad, de belleza y de amor. Pensad
que Dios os llama para ser verdaderos protagonistas de la gran tarea de la
evangelización de los jóvenes, tan urgente en nuestra diócesis. Sabed que sólo
siguiendo a Jesucristo encontraréis la alegría que llena el corazón; esa
alegría que brota de un vida generosa que se entrega a los hermanos y es capaz de superar las dificultades y de vencer
el pecado porque cuenta con la fortaleza de aquel Espíritu que un día
recibisteis en vuestra confirmación para ser testigos de Cristo en la Iglesia y
en el mundo.
Los mayores, con la experiencia
que dan los años y la fidelidad a Cristo, tenéis que sentiros hoy muy felices,
sabiendo que el Señor sigue contando con vosotros para ser auténticos maestros de esa sabiduría que
viene de Dios. Esa sabiduría tan necesaria hoy, entre nosotros capaz de mostrar
los verdaderos valores que ayudan al hombre a caminar con paz en medio de las
alegrías y los sufrimientos de este
mundo. Ayudad a todos, con vuestro ejemplo, a vivir abrazados a la cruz de
Cristo, descubriendo en ella la puerta que
conduce a la vida verdadera.
Todos, en esta Noche Santa
hemos de sentirnos impulsados, como aquellas mujeres que fueron al sepulcro de
Jesús, a anunciar la feliz noticia de la resurrección del Señor.
Cristo ha resucitado. Cristo vive. Aleluya, Aleluya. “Este es el
día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Amen