ORDENACION DE DIÁCONOS

 

Homilía de D. Rafael Zornoza, Obispo Auxiliar de la Diócesis de Getafe, en la Ceremonia de Ordenación de Diáconos, celebrada el 8 de octubre, en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles.

 

Queridos ordenandos, sacerdotes, familias, amigos, fieles todos...

 

        He meditado con emoción las confidencias que nos hace Jesús en el evangelio que hemos proclamado, el que habéis escogido vosotros. Son las palabras del amigo que deja como testamento a sus íntimos para que permanezcan siempre vivas en sus corazones y su conciencia. Nos habla de un amor supremo, de amante y de esposo de la humanidad, que da la vida por sus amigos. Escuchar a Jesús hablando del Amor nos sitúa ya en el vértice de la revelación de Dios. "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor".

 

       Cuánta luz y cuánto gozo llena nuestro corazón saber que el amor que viene del Padre, pasa por el corazón de Jesús y llega hasta nosotros para inundamos y hacemos rebosar de el. Claro que sería una ilusión soberbia y una contradicción pretender apropiamos nosotros del Amor, porque Dios sólo es la fuente del amor. Jesús mismo da gracias al Padre por habérselo dado de modo infinito, por recibirlo con todo su ser humano y divino y nos lo transmite activamente hasta damos con el su propia vida. Nosotros ahora debemos acogerlo: "Permaneced en mi amor".   .

 

       Hemos escuchado, pues, una solemne promesa, pero que comporta también una gran exigencia. Es el programa de vida de todo cristiano que debe rechazar el egoísmo y todo pecado para vivir en el amor del Señor. Ahora bien, para nosotros -que hemos sido elegidos y llamados, (y para vosotros, nuevos diáconos)- contiene además una grandeza impresionante, porque nos ha elegido el Señor para vivir esponsalmente la profundidad insondable del amor de Dios. Jesús ha pasado al lado de cada uno de vosotros para encontrarse con él y para decide personalmente: "sígueme". El es quien os ha llamado.

No hay ya para nosotros otra cosa con la que nos podamos "con-formar". Únicamente puede damos forma (formamos) ese amor que lo es todo y fuera del cual no hay nada. Por esta razón Nuestro Señor nos dice que, aún siendo una gracia que El nos regala, debemos siempre pedido y anhelado "de modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo de".

 

       La vocación, signo de su amor, y el sacramento que vais a recibir son un don que comporta inseparablemente una inmensa tarea: la de amar. Este don y tarea configura vuestro oficio, que es officium amoris (San Agustín). He aquí la razón por la que, al recibir este sacramento, 'la iglesia os pide desposaros. Desde ahora estaréis desposados para recibir y para dar, para daros. Cristo nos embarca en una relación esponsal compuesta de intimidad, de oración, servicio, entrega, que os hará fecundos. Esta es la forma concreta en la que se manifiesta este amor, para que no sea una ilusión imaginaria. Para amar como Jesús nos ama acogéis su mismo corazón en el vuestro, su consagración al Padre para amarle en El y como El, para que así sea posible el amar a los demás -según sus palabras- "como yo os he amado". Por eso os dice el Señor: "Vosotros sois mis amigos", los íntimos del Aquel que está lleno de la santidad de Dios, de quien es la perfección misma. Realmente somos indignos de ello, pero es El quien quiere comunicamos en esa intimidad tal caridad que el mundo pueda distinguirla en vuestra vida convertida totalmente en servicio, -diakonía-.

 

La Eucaristía será para cada uno la prenda preciosa y el camino de esa intimidad del corazón de Cristo, lo que introduzca en tu corazón el corazón mismo de Jesús, el motor que guíe sus pasos por los sentimientos de Cristo, lo que le haga permanecer en el amor de Dios, lo que fulmine y abrase todo egoísmo y sofoque toda pasión humana desordenada, lo que le lance valerosamente a amar a los demás. ¡Qué delicadeza por parte del Señor que comunica sus confidencias, sus pensamientos y sus sentimientos propios a sus amigos íntimos, que "todo lo que ha oído al Padre te lo ha dado a conocer", que quiere que "vuestra alegría llegue a plenitud"! Pero aún no le basta: os hace portadores de Cristo (Xristóforos), ministros de su cuerpo eucarístico, portavoces de su palabra y servidores de sus predilectos, los pobres y necesitados. Ved de nuevo cómo nos ama Jesús, que está decidido a colmar de gozo -la alegría del Hijo de Dios lleno de Amor- a quien escucha su voz y quiera entregarse a El. .

 

       Vuestro diaconado hace patente la caridad de Dios que habéis de mostrar con palabras -sobre todo con la palabra de Dios proclamada y explicada-, y con obras. No caigáis en la tentación de sustituir el "creer" por el "hacer", ni en "hablar de muchas cosas" en vez de dejar hablar al evangelio que vais a pronunciar.

 

       Un relato de los Padres del Desierto dice que fue un monje a un hermano que era copista a suplicarle que le copiase el libro sagrado. El anciano -que vivía ocupado en .la contemplación- se lo escribió con prisa y omitiendo muchas frases. Al darse cuenta, el hermano volvió al anciano y le dijo: -"Padre ¡faltan muchas frases!". Pero él le contestó: ­"¡Vete! Primero practica lo que he escrito y luego vuelve y te escribo lo que falta". Quería decir que sólo quien hace vida la Palabra de Dios puede comprender el mensaje total, auténtico; que para predicarla tenemos antes que vivirla.

 

       Se entiende que para ser los confidentes de Jesús necesitemos acoger atentamente las revelaciones de su amor orando, meditando y amando, y hacerla nuestro. Es necesaria la unión con Dios que transforme todo nuestro ser para que quien hable y viva en nosotros sea el mismo Dios. Sólo así este amor correspondido mostrará al mundo la belleza del celibato que prometéis hoy, que anticipa ese futuro eterno en que solamente Dios llenará el corazón de cada uno. De momento, con este amor que nos humaniza y madura dais así la vida, con una certeza humana absoluta, la del que sabe que puede dar su palabra, a pesar de su pobreza pero confiando en la gracia de Dios que no falla.

 

       El amor universal de Dios que quiere llegar a todos y cada uno de los nacidos en este mundo necesita de los amantes, de los consagrados sólo al Señor, para extenderse sin limitaciones. No lo dudéis los jóvenes: ofrecedle vuestra vida, si queréis ser generosos, aunque sea alterando vuestros planes y orillando otros gustos. Vale la pena gastar la vida por servir al Amor que no pasa nunca y por darlo a conocer.

 

Así lo hace San Pablo siguiendo el ejemplo del Señor. Ha recibido de Dios la tarea de .anunciar el evangelio y eso es para el un deber estricto, no un gusto particular. Por amor al Señor se hace obediente a Dios y esclavo de todos, porque a todos quiere llevar a Cristo. Y no quiere más recompensa porque sabe que su mejor paga es ya la gracia de amar. Debemos aprender hoy esta lección elocuente para vivir nuestra fe con un amor efectivo capaz de asumir su compromiso, que ame con olvido de si mismo y sin narcisismos. Así es como San Pablo puede hacerse débil con los débiles, esclavo de los judíos y de los paganos, y todo para todos para ganar a todos.

 

     Beneficiarse del amor de Cristo no es convertirse en un receptor pasivo, sino imitar a Jesús que salió del Padre para venir al mundo y predicar la Buena Noticia por todas partes. La caridad contiene siempre el elemento de la gratuidad que vivió Jesús. Para vivir así vuestra diaconía debéis acercaros siempre a quien necesite vuestra ayuda, a quien pueda socorrer vuestra pa1abra, vuestro cuidado, a los pobres, afligidos, perdidos o desesperanzados.

 

       Sin duda hemos de suplicar a la Virgen -que prestó su carne al Verbo de Dios-, que nos enseñe a ser oyentes de su Palabra, consagrados con un amor virginal, servidores del cuerpo eucarístico de Cristo y consuelo de los afligidos. Os invito, pues, a mirar primero cómo llevó Ella a Jesús en su seno; para ver luego cómo lo lleva la Iglesia y, por fin, mirarte a ti mismo, convertido como María en tabernáculo del Jesús viviente. Digo a cada uno: acógete siempre a su protección de Madre y ella guiará tu servicio.

 

      Hoy damos especialmente gracias a Dios por vosotros y pedimos que seáis fieles. A Cristo, que ha sido fiel y ha padecido la muerte por serio, "le vemos coronado de gloria" (Heb 2, 98S). Precisamente ha sido la muerte el signo de su amor infinito. "Para llevar muchos hijos a la gloria" ha llegado a la perfección en su amor a través de su sufrimiento. Así -dice el autor de la Carta a los Hebreos- es como se ha hecho auténticamente nuestro hermano y nuestro sumo sacerdote, lleno de misericordia y de autoridad. Su vida y su muerte son el testimonio más precioso de su amor. Es fiel a la voluntad del Padre y solidario con los hermanos. El ejemplo de Cristo tiene que alentaros cada día a vivir las promesas que hacéis hoy hasta el martirio. Vivimos sólo una vida, pero unificados hasta lo más íntimo por el amor del Señor para ser un camino de gracia para todos. Por tanto, contad con que la fe no puede asimilarse a la opinión pública, a lo que se lleva, a lo "políticamente correcto". Buscar los aplausos, decir lo que quiere escuchar la gente, obedecer a la dictadura de las opiniones comunes, sería "como una especie de prostitución de la palabra y del alma», acaba de decir el Papa. ( 6 oct 06 a la Com. Teolog. Intern.). La fe que llena de gozo y esperanza los corazones suena siempre áspera -y a veces intolerable- a quien piensa o vive "según la carne". Pero no importa porque un cristianismo soso y diluido no seduce a nadie, ni siquiera a nosotros mismos. El mundo se salva por la verdad y el amor de Cristo del que sois testigos. Recordad siempre: "Vosotros sois la sal de la tierra y la luz el mundo".

 

      Jesús ha visitado los pueblos de nuestra Diócesis de Getafe, llenos de vida cristiana durante tantos siglos, gracias a sus mejores testigos. Tenemos una larga historia de fe llena de apóstoles y de santos hasta hoy. Vosotros conocisteis también a nuestro D. Francisco, pastor inolvidable para nuestra diócesis y para vuestra vocación. El os decía: "Que el fuego del Espíritu transforme vuestras vidas en hostias agradables a Dios para la salvación del mundo. Que seáis hombres repletos el Espíritu Santo, que seáis apoyo y gracia de todos los necesitados e incansables obreros de la paz" (D. Francisco, Homilía de órdenes 12.10.2003). A partir de hoy Jesús toma posesión de vosotros para que seáis otros Cristos dispuestos a servir como El. Aunque somos indignos, Jesús quiere llamar en vosotros a cada uno para que todos puedan escuchar a Cristo que les dice con voz fuerte y clara: sígueme. Pedimos a Dios que seáis ministros celosos e incansables de la nueva evangelización.

 

Recordad que a San Francisco Javier le oían a veces gritar dormido: -"¡más, más...!". Según cuentan sus biógrafos, le preguntaban al despertarse y entonces recodaba cómo se resistía a los trabajos más difíciles que le pedía el Señor en sueños, con una penosa lucha, pero finalmente se entregaba a El y le respondía aceptándolo todo: -"¡Más, más..., dame más!". Esta es la fidelidad que pedimos para vosotros para que nuestra Diócesis de Getafe vibre con nuestro ejemplo. Sed diáconos de la Iglesia, servidores de Cristo, del amor que lo da todo, porque con Ello ha ganado todo. Así sea.