En la mañana de la solemnidad de la Navidad, la Iglesia volvió a contemplar con hondura el misterio del nacimiento de Jesucristo, a la luz de los Evangelios y de la fe transmitida a lo largo de los siglos. La Catedral de Getafe acogió la Santa Misa presidida por el obispo. «¿Quién es este Niño que ha nacido en Belén?», se preguntó en la homilía.
«Contemplamos, junto a los pastores, el anuncio de los ángeles, ese canto de paz que descendía directamente del corazón de Dios: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”».
Desde esa escena humilde y silenciosa, surgía la gran cuestión que la Iglesia no ha dejado de plantearse desde sus orígenes. «¿Quién es este Niño? ¿Quién es el que ha nacido en Belén?», se preguntó, subrayando que en esa respuesta «se juega el corazón de nuestra fe».
Verdadero Dios y verdadero hombre
La liturgia del día ofrecía una clave decisiva al unir el relato histórico de san Lucas con el prólogo del Evangelio de san Juan. Mientras Lucas sitúa el nacimiento de Jesús en la concreción de la historia –«un decreto del emperador, una aldea pequeña, una noche fría, un niño envuelto en pañales»–, Juan eleva la mirada hacia la eternidad. «El Niño de Belén no empieza allí. Su origen está en Dios mismo», afirmó García Beltrán, citando las palabras del evangelista: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios».
Ambos evangelistas, desde perspectivas distintas, conducen al mismo misterio. «El Niño que contemplamos en el pesebre es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre», se explicó. «Lucas nos invita a acercarnos al pesebre con los pastores; Juan nos invita a contemplar ese pesebre con los ojos de Dios».
A esta doble mirada se añadió la lectura de la carta a los Hebreos, que ofreció una clave fundamental para comprender la Navidad. «Dios habla. Dios no es silencio, no es ausencia, no es indiferencia», se proclamó, recordando que en Jesús «Dios ha pronunciado su Palabra definitiva». El contraste del misterio navideño quedó resumido en una imagen especialmente elocuente: «El que sostiene el universo entero con su palabra, hoy llora en un pesebre», explicó el obispo.
En este contexto, se evocó la fe de la Iglesia expresada solemnemente en el Concilio de Nicea, cuyo 1700 aniversario se ha celebrado recientemente. Allí se confiesa que Jesucristo es «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». «Ese es el que ha nacido hoy. Ese es el Niño de Belén», afirmó con fuerza.
No a la indiferencia
«La Navidad tiene una dimensión profundamente humana, social y caritativa», subrayó, recordando a los niños que nacen en la pobreza, a las familias sin hogar y a quienes viven en los márgenes de la sociedad. «No podemos justificar la indiferencia, porque el Niño de Belén nos enseña que la verdadera grandeza está en la cercanía, en la compasión, en la ternura».
Finalmente, invitó a los fieles a volver la mirada al pesebre y a dejarse acompañar por María y José. «María nos enseña a acoger y a guardar en el corazón; José nos enseña a cuidar y a servir», dijo, pidiendo su intercesión para reconocer «en el Niño de Belén al Hijo eterno del Padre».
La celebración concluyó con el anuncio gozoso que resume el misterio de la Navidad: «Cristo ha nacido. Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».
Puedes escuchar la homilía completar en el siguiente vídeo: