diciembre 25, 2025

TEXTO COMPLETO: Homilía de Ginés García Beltrán en la Misa de la Natividad del Señor

El obispo de la diócesis ha presidido la celebración en la Catedral Santa María Magdalena de Getafe
El obispo de Getafe preside la misa de Navidad

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

En esta mañana santa de la Navidad, todavía resuena en nuestro corazón la emoción de la Misa de Medianoche. Allí, a la luz que evocaba la fría noche de Belén, escuchamos el relato de san Lucas que nos llevó de la mano hasta el pesebre donde todo comenzó. Contemplamos, junto a los pastores, el anuncio de los ángeles, ese canto de paz que descendía directamente del corazón de Dios: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Vimos, con los ojos del alma, la mirada silenciosa y contemplativa de María y José, que con asombro trataban de comprender lo que estaba sucediendo ante ellos. En aquella noche, como en esta mañana, surge inevitablemente la gran pregunta que atraviesa los siglos: ¿Quién es este Niño? ¿Quién es el que ha nacido en Belén?

La Iglesia, desde sus primeros pasos, se ha hecho esta misma pregunta. Y no ha dejado de hacérsela, porque en ella se juega el corazón de nuestra fe. Iluminada por el Espíritu Santo, la Iglesia ha ido profundizando en este misterio, custodiándolo en el depósito de la fe y proclamándolo con fidelidad. Hoy, en esta solemnidad, la liturgia nos ofrece una respuesta luminosa al proponernos, junto al relato histórico de Lucas, el prólogo del Evangelio de san Juan. 

San Lucas nos sitúa en la historia concreta: un decreto del emperador, un viaje obligado, una aldea pequeña, una noche fría, un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Todo es humilde, sencillo, casi insignificante a los ojos del mundo. Sin embargo, en esa pobreza se manifiesta la ternura de Dios. Lucas nos muestra cómo el cielo irrumpe en la tierra: unos pastores, los últimos de la sociedad, reciben el anuncio primero; un coro de ángeles proclama la paz; y María guarda y medita todo en su corazón. Lucas narra lo que ocurrió, lo que se vio y se oyó, lo que se pudo tocar. Es la historia de un nacimiento.

San Juan, en cambio, nos lleva a otra profundidad. Él no describe lo que pasó en Belén, sino lo que ese acontecimiento significa desde la eternidad. Su prólogo, que hemos proclamado hoy, comienza con palabras que nos sobrecogen: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios». Juan nos revela que el Niño de Belén no empieza allí. Su origen no está en María, ni en José, ni en la historia de Israel. Su origen está en Dios mismo. Él es la Palabra eterna, el Hijo que desde siempre vive en comunión con el Padre. Y esa Palabra —dice Juan— «se hizo carne y habitó entre nosotros». Lo que Lucas narra como un hecho humilde, Juan lo proclama como un misterio sublime: el Dios eterno ha entrado en nuestra historia.

Ambos evangelistas, cada uno desde su perspectiva, nos conducen al mismo punto: el Niño que contemplamos en el pesebre es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Lucas nos muestra el camino de la historia hacia la fe; Juan nos muestra el camino de la fe hacia la historia. Lucas nos invita a acercarnos al pesebre con los pastores; Juan nos invita a contemplar ese pesebre con los ojos de Dios. Lucas nos dice: «Ha nacido un niño». Juan nos responde: «Ese niño es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre». Lucas nos presenta a un recién nacido envuelto en pañales; Juan nos revela que ese mismo niño es el Verbo por el cual todo fue hecho.

A la luz estos textos evangélicos que hemos contemplado, la liturgia nos regala hoy un tercer texto que completa admirablemente este mosaico del misterio de la Navidad: el comienzo de la carta a los Hebreos (1,1‑6). El autor sagrado comienza con solemnidad: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas; ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo». Aquí encontramos una clave esencial para comprender la Navidad: Dios habla. Dios no es silencio, no es ausencia, no es indiferencia. Dios toma la iniciativa, se comunica, se acerca, se revela. Y lo hace de un modo progresivo, pedagógico, paciente. En Jesús, Dios ha pronunciado su Palabra definitiva. Este Hijo es «resplandor de su gloria e impronta de su ser». Es decir, en Él vemos el rostro del Padre. Y en Él, Dios se hace visible, se deja tocar. Y añade: «sostiene el universo con su palabra poderosa». Qué contraste tan hermoso: el que sostiene el universo entero con su palabra, hoy llora en un pesebre. El que es Señor de todo, hoy se hace pequeño para salvarnos.

La Navidad es el acontecimiento decisivo en el que Dios se hace cercano, visible, tocable. Y al mismo tiempo, es el misterio insondable en el que el Eterno entra en el tiempo, el Infinito se hace pequeño, el Todopoderoso se hace vulnerable. Por eso, la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha buscado palabras para expresar esta verdad. Y guiada por el Espíritu Santo, llegó a formularla solemnemente en el Concilio de Nicea, cuyo 1700 aniversario hemos celebrado recientemente. Allí confesamos que Jesucristo es «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre». Ese es el que ha nacido hoy. Ese es el Niño de Belén.

Hoy, queridos hermanos, la pregunta vuelve a resonar: ¿Quién es este Niño? Y la respuesta, iluminada por Lucas, por Juan y por la fe de la Iglesia, es clara: Él es el Hijo eterno de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Él es la Palabra que se hizo carne. Él es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Pero este día dichoso no puede quedarse solo en palabras hermosas. La Navidad tiene una dimensión profundamente humana, social y caritativa. El Niño que nace en un establo nos recuerda a todos los niños que hoy nacen en condiciones de pobreza, de violencia, de incertidumbre. La familia de Nazaret, que no encuentra sitio en la posada, nos interpela sobre tantas familias que hoy carecen de hogar, de trabajo, de dignidad. Los pastores, los más humildes, los más olvidados, nos invitan a mirar a los que viven en los márgenes de nuestra sociedad.

La Navidad nos llama a abrir los ojos y el corazón. A no acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, y a no pasar de largo ante el que necesita. No podemos justificar la indiferencia, porque el Niño de Belén nos enseña que la verdadera grandeza está en la cercanía, en la compasión, en la ternura. Y nos recuerda que cada persona, especialmente la más frágil, es imagen de Dios.

Os invito a contemplar de nuevo el pesebre. Allí está María, la Virgen de Belén, que con su fe humilde abrió la puerta para que Dios entrara en el mundo. Ella nos enseña a acoger, a confiar, a guardar en el corazón. Allí está también san José, hombre justo, silencioso, obediente, protector. Él nos enseña a cuidar, a servir, a poner nuestra vida al servicio del plan de Dios. Que ellos, María y José, nos acompañen en este camino de fe, y nos enseñen a reconocer en el Niño de Belén al Hijo eterno del Padre. 

Cristo ha nacido. Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Puedes escuchar la homilía completar en el siguiente vídeo: 

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