Parece que Dios está volviendo a ser algo interesante en la cultura y en las conversaciones, pero durante décadas no ha sido así –qué os voy a contar–. En mis treinta y dos primaveras, la celebración de la Navidad ha ido progresivamente atenuando el elemento divino –su raíz, su sentido– para transformarse en un hito anual de la mercadotecnia. «La Navidad la ha inventado El Corte Inglés», cantaba Melendi hace ya casi veinte años. Las empresas y ayuntamientos, por su parte, entonaban el felices fiestas en pro del respeto a la diversidad de sensibilidades y vestían las calles de luces con motivos cada vez más extraños. La maquinaria de Hollywood también nos fue pintando las navidades como unas fechas donde el reencuentro con la familia se convertía en algo más incómodo que dichoso –que se lo digan a Bridget Jones–.
Así, Cristo fue desdibujándose de las felicitaciones navideñas a la par que los nacimientos se convertían en un bien social escaso y los hogares se deshacían en divorcios. Tiene sentido, porque la natividad de Dios nos habla de forma indudable de la centralidad de la familia en nuestra existencia. Mi admirado Chesterton lo describía así: «La Navidad está basada en una hermosa e intencionada paradoja: que el nacimiento de un niño sin hogar se celebre en cada hogar». Pues el mismo Creador, pudiendo acercarse a sus criaturas descendiendo sobre una nube al son de trompetas, quiso encarnarse y nacer necesitado tan sólo de una cosa: una madre y un padre. Ni vivienda digna ni en propiedad, ni comodidades, ni likes, ni aceptación social. Dios nos salió al encuentro sostenido sólo por el amor de sus padres.
Desde esa primera noche estrellada que cambió el rumbo de la Historia –y de cada historia–, los cristianos, que siempre han sido unos pocos locos extemporáneos, han recordado esta certeza existencial –que llegamos al mundo en familias– al calor de sus lumbres, entre cantos, dulces y abrazos compartidos con parientes y prójimos. En plena era de la secularización, así ha sido también en mi casa, afortunadamente. Cada diciembre nos hemos apretujado en el salón tres docenas de amigos –mayores con cancioneros y guitarras, niños con panderetas y restos de turrón en el jersey–, para cantar al Rey de Reyes, hecho figurita de Belén.
Ojalá que este despertar religioso de la posmodernidad nos permita dejar de mirar al portal como un resto de épocas pasadas o una bonita fábula. Porque la Sagrada Familia nos dice mucho más sobre quiénes somos y qué necesitamos que los mejores libros de autoayuda. Ojalá que, como sociedad, volvamos a atisbar en ese recién nacido una verdad que nos define antes que cualquier otra: somos hijos amados.
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