En estos días en que la luz de la Navidad comienza a asomar en nuestras calles y en nuestros templos, la Iglesia diocesana de Getafe se dispone a concluir el Año Jubilar de la Esperanza. Ha sido un tiempo de gracia inmenso, que el Papa Francisco —a quien hoy agradecemos de corazón su impulso profético— nos regaló para volver al centro de nuestra fe: la certeza de que Dios no abandona nunca a su pueblo. Él es fiel. Él sostiene. Él acompaña.
A lo largo de este año, hemos caminado juntos, como diócesis, con la mirada fija en la promesa que no falla: Cristo Resucitado, nuestra esperanza viva. Hemos visto cómo la esperanza se encarna en gestos pequeños, en comunidades que rezan, sirven y se cuidan; en sacerdotes y consagrados que entregan la vida cada día; en familias que, pese a las dificultades, siguen apostando por el amor; en jóvenes que buscan sentido y descubren que el Señor los llama por su nombre. Ha sido un año para redescubrir que la esperanza no es un sentimiento pasajero, sino una virtud que Dios mismo siembra en nuestro corazón.
Y ahora, mientras el Jubileo se cierra formalmente, la esperanza… continúa. Porque la esperanza cristiana no termina con un año litúrgico, ni con un evento, ni con una celebración. La esperanza brota siempre que el corazón pronuncia con humildad la oración: «Señor, que no te dejemos». Es la súplica de la Iglesia peregrina, la oración del pobre que confía, el clamor de quien sabe que solo Dios puede iluminar las noches del mundo.
La Navidad que se acerca es, de nuevo, la respuesta de Dios a esa súplica. No nos dejó. Vino. Y sigue viniendo. El Niño de Belén, el Emmanuel, es la señal definitiva de que Dios está con nosotros: no como idea, no como recuerdo, sino como presencia real que transforma la vida. En la fragilidad del pesebre descubrimos la fuerza de la esperanza: un Dios que se hace pequeño para levantarnos, que se hace cercano para consolarnos, que se hace hermano para no dejarnos solos.
Por eso, queridos hermanos, al concluir este Año Jubilar de la Esperanza, demos gracias. Demos gracias al Papa Francisco por llamarnos a renovar esta virtud que sostiene a la Iglesia. Demos gracias a tantos que, con su fe sencilla, han hecho de este Jubileo un camino fecundo. Y demos gracias, sobre todo, al Señor, que una vez más se inclina hacia nosotros y nos dice: «No tengáis miedo, Yo estoy con vosotros».
Que al celebrar la Navidad renovemos esa confianza. Que el Emmanuel ilumine nuestras familias, nuestras parroquias y toda la diócesis. Y que, mientras avanzamos hacia el futuro, nunca dejemos de repetir con esperanza: «Señor, que no te dejemos». Pues sabemos, como nos dice el Papa León: «La esperanza cristiana no es evasión, sino compromiso… y se pide a Jesús, en la oración, perseverar y ser fiel en el amor». Señor, que no te dejemos. Él no nos deja.