Sin embargo, todos coincidimos en lo esencial: Dios sigue naciendo en nuestra historia concreta, allí donde se mezclan la alegría, el cansancio, la rutina, la fe y nuestras propias fragilidades.
Para Manu Alonso y Paula Sáez, que viven su segunda Navidad como matrimonio y la primera como padres, todo se vuelve mucho más real. El portal de Belén ha dejado de ser un adorno para convertirse en un reflejo de su propia vida. Imaginar a María y José acogiendo a un Niño que también es Dios les ayuda a mirar a su hijo con una ternura nueva y a descubrir la grandeza escondida en lo pequeño. Entre noches en vela y aprendizajes, han encontrado un gesto que sostiene su fe: dedicar cinco minutos al día para visitar juntos al Señor. Saben que no llegan a todo, pero descansan en que «Dios cuida aquello a lo que nuestras fuerzas n alcanzan».
La familia de Simón y Ana, con cinco hijos, vive la Navidad como una fiesta grande: decorar la casa, poner el belén, encender cada domingo la vela de Adviento. Pero, además de lo visible, cuidan la actitud interior: agradecer lo bueno y ofrecer lo difícil. Procuran rezar en familia y mantener a Dios en el centro de todo, aunque a veces la rutina o el cansancio pesen. Una de sus tradiciones más queridas es ir todos juntos a Misa el día de Navidad. Su consejo es claro: apartarse del ruido de compras y compromisos para recordar que «ha nacido el Salvador».

Compartir la fe sin miedo
Marta del Mar, joven de Leganés, reconoce que la Navidad no siempre es fácil en un mundo lleno de estudios, redes sociales y trabajo, pero encuentra en su familia y comunidad un lugar donde sostener la fe. Recuerda cómo de adolescente se sintió presionada y tuvo que ocultar que era católica, hasta que descubrió en su parroquia un espacio donde ser ella misma. Hoy vive la Navidad con alegría: poner el belén en casa, cantar villancicos (en el coro y por las calles con amigas), compartir la fe sin miedo… Las Horas Santas le ayudan a desconectar del ruido y a centrarse en lo esencial. A otros jóvenes les diría: «Sed valientes. Entrad en una iglesia y dejad que Dios hable».
Su madre, Mar García, ha vivido muchas Navidades y reconoce cómo han ido cambiando con los años. De la ilusión infantil pasó a una adolescencia más distraída, hasta que la maternidad le devolvió el sentido a todo. Descubrió que Jesús debía volver al centro, como cuando era niña. Hoy lo que más valora es el tiempo en familia y la oportunidad de transmitir la fe a sus hijos. Le emociona ir a Misa con sus padres y sus hijos, y aconseja a los jóvenes vivir la fe sin complejos y dejar que el Niño Dios nazca en su corazón.
Una preciosa oportunidad
Sebastián Alfonso lo tiene claro: la Navidad es «la certeza sencilla de que Jesús es lo más importante». Encuentra su calor en los amigos, en la familia, en la oración y en cada gesto de cariño. Ve un riesgo real en quedarse en lo superficial de estas fiestas, por lo que intenta vivir estos días con agradecimiento y con el corazón dispuesto a acoger «esta preciosa oportunidad» que invita a volver al misterio.

Finalmente, Don Laureano, párroco de Santa Beatriz de Silva, en Leganés, recuerda que en muchas personas está renaciendo el deseo de poner a Dios en el centro. Lo que más cuesta hoy es entrar de verdad en el misterio del Salvador que nace. Su invitación es clara: «volver la mirada al pesebre y adorar». Porque la Navidad es, ante todo, un encuentro: el amor de Dios que quiere renovar nuestra vida.