La parroquia Cristo Liberador de Parla ha acogido un encuentro diocesano de religiosos y consagrados del arciprestazgo de Parla. Una jornada de convivencia, oración y reflexión que estuvo presidida por el obispo auxiliar, Mons. José María Avendaño Perea. El encuentro reunió a diversas comunidades presentes en la diócesis, entre ellas las Apostólicas del Corazón de Jesús, Memores Domini, Religiosas de San José de Gerona, Salesianos, Pro Ecclesia y el Instituto Secular Siervos del Sufrimiento.
Durante su intervención, Mons. Avendaño centró su reflexión en la vida consagrada como seguimiento radical de Cristo, recordando que «la vida del consagrado es nada, nada, nada que me aparte de Cristo». Subrayó que la comunión es un criterio esencial de autenticidad vocacional: «uno que no vive la vida de comunión no es un buen consagrado». Alertó también de algunas tentaciones que pueden aparecer en la vida consagrada, como «la competitividad, la envidia o el carrerismo», e insistió en que «el hermano es un regalo de Dios para mí».
El obispo auxiliar destacó la importancia del misterio de comunión y señaló dos ejes fundamentales para el momento actual de la Iglesia: «sinodalidad y misión». Recordó además que en la diócesis de Getafe hayunos 620 religiosos y consagrados, a quienes definió como «un tesoro». A ellos los animó a poner en el centro a Cristo, a vivir la fidelidad en las pequeñas cosas y a cuidar especialmente la salud mental de consagrados y sacerdotes.
Vasijas de barro
El encuentro contó también con la conferencia de María Revilla, quien invitó a los participantes a profundizar en la unidad en la diversidad de carismas, apoyándose en la Primera Carta a los Corintios. «En el corazón llevamos un tesoro en vasijas de barro», afirmó, subrayando que «la vida espiritual hay que renovarla, porque el tesoro hay que darlo y ofrecerlo al mundo».
María Revilla insistió en la dimensión comunitaria de la vida consagrada, recordando que «uno no camina solo; con los demás caminamos más lejos» y que «los carismas enriquecen». Invitó también a mirar la propia vocación «con gozo y alegría», y a realizar «un honesto examen de conciencia» para no perder «el brillo del amor a Dios».
En su reflexión, subrayó la centralidad de Cristo como fundamento de toda vida consagrada: «Céntrate en Cristo. Jesucristo es central en mi vida; Jesús es a quien sigo», y recordó que «la vida consagrada es vivir a los pies de Jesús». «Si pierdo a Jesucristo y voy al mundo, ¿qué voy a dar?», se preguntó, animando a vivir «apoyados en la gracia de Dios» y «con las armas de Dios y no con las del mundo».
La ponente concluyó animando a los consagrados a vivir con libertad y entrega total: «por ciertas seguridades podemos perder la libertad; entrégate a Dios para ser libre», recordando que «mi vida es preciosa a los ojos de Dios» y que lo mejor que se puede ofrecer es «lo mejor para Jesús».