Hace unos días el Papa nos interpelaba con estas hermosas palabras: «la unidad atrae, la división dispersa». Si la Iglesia existe para evangelizar, solo cumplirá con su misión si anuncia a Cristo desde la unidad.
Cada año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos invita a detenernos, mirar con hondura el camino recorrido y renovar nuestro compromiso con el deseo ardiente de Cristo: «Que todos sean uno». Este año, el lema escogido –«Un solo Espíritu, una sola Esperanza»– resuena con especial fuerza en nuestra Iglesia, pues conecta profundamente con uno de los ejes que el Papa León XIV ha querido subrayar desde el inicio de su ministerio: la centralidad de Cristo como fundamento de toda comunión.
Su lema episcopal, In illo uno unum –En el Uno, somos uno–, no es solo una expresión teológica, tomada de San Agustín, sino una orientación pastoral, a modo de programa, que ha marcado sus intervenciones de estos últimos meses. En repetidas ocasiones, el Santo Padre nos ha recordado que la unidad no es fruto de estrategias humanas ni de acuerdos meramente institucionales, sino don del Espíritu que actúa en quienes se dejan configurar por Cristo. Solo en Él, el Único, podemos reconocernos verdaderamente hermanos.
Unidad que respeta la diversidad
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos ofrece, por tanto, una oportunidad privilegiada para volver a lo esencial. En un mundo fragmentado, donde tantas voces siembran división, la Iglesia está llamada a ser signo humilde pero firme de reconciliación. No se trata de uniformidad, sino de comunión: una unidad que respeta la diversidad de tradiciones, sensibilidades y acentos, pero que encuentra su raíz en la misma fe bautismal y en la misma esperanza que nos sostiene.
Cuando proclamamos que hay «una sola Esperanza», afirmamos que Cristo resucitado es el horizonte común hacia el que caminamos todos los discípulos, también aquellos que hoy viven su fe en comunidades separadas de la plena comunión católica. Esta esperanza compartida nos impulsa a derribar prejuicios, a sanar heridas históricas y a cultivar una auténtica cultura del encuentro.
Os invito, queridos hermanos a vivir esta semana no como un gesto simbólico, sino como un ejercicio espiritual profundo. Participad en las celebraciones ecuménicas, rezad por las comunidades cristianas de nuestra diócesis, acercaos con respeto y fraternidad a quienes confiesan a Cristo desde otras tradiciones. La oración es el primer y más fecundo terreno donde germina la unidad, sin olvidar el ecumenismo de la caridad.
Desde aquí quisiera saludar y abrazar a todos los hermanos y hermanas que creyendo en Cristo viven y celebran su fe en nuestra diócesis en las distintas comunidades eclesiales. Somos verdaderamente hermanos, porque la fraternidad es un don que brota de la paternidad de Dios y que ha sido sellada por el Señor Jesucristo en la entrega por todos nosotros.
Estamos llamados a redescubrir la belleza de ser un solo Cuerpo animado por un solo Espíritu. Que el Señor nos conceda avanzar con humildad, paciencia y valentía por el camino de la unidad visible. Y que María, Madre de la Iglesia, interceda por nosotros para que, en el Uno, podamos ser verdaderamente uno.