Cada año, cuando llega la campaña de Manos Unidas, el Evangelio vuelve a resonar con una fuerza especial en nuestras comunidades. Es como si el Señor nos tomara de la mano y nos invitara a mirar de frente una realidad que, a veces, preferimos mantener a distancia: la del hambre que padecen tantos hermanos nuestros. Bajo el lema «Declara la guerra al hambre», se nos recuerda que este drama no es inevitable, que no es fruto del azar, sino de un mundo que aún no ha aprendido a compartir, a cuidar, a vivir con justicia.
Somos muchos los que nos seguimos preguntando con inquietud: ¿cómo es posible que, en pleno siglo XXI, millones de personas sigan sin acceso a lo más básico? Esta pregunta, que nace de la compasión, es ya un primer paso hacia la conversión. Porque cuando uno se deja tocar por el sufrimiento ajeno, empieza a comprender que no puede vivir encerrado en su propio bienestar. Tomar conciencia de la pobreza extrema que golpea a tantos pueblos es abrir una grieta en el corazón por la que Dios puede entrar.
A veces pensamos que poco podemos hacer. Sin embargo, la experiencia demuestra que los cambios más profundos comienzan con gestos sencillos. Una conversación con amigos sobre la necesidad de una economía más humana; una compra realizada en un pequeño comercio local; la elección de un producto de comercio justo; la decisión de apoyar iniciativas de economía social que respetan la dignidad de quienes producen… Son pequeñas semillas que, sembradas con amor, transforman la tierra. Nuestro consumo, nuestras elecciones diarias, pueden convertirse en instrumentos de justicia.
Pero esta campaña también nos invita a mirar hacia dentro. Vivimos en una sociedad que nos empuja constantemente al consumo, al derroche, a la acumulación. Y, sin darnos cuenta, terminamos atrapados en un estilo de vida que nos aleja de lo esencial. Quizá sea el momento de preguntarnos si no podríamos vivir con más sobriedad, con más sencillez, con más libertad. Practicar el compartir no como un gesto puntual, sino como una forma de vida, nos ayuda a descubrir que la verdadera riqueza no está en lo que poseemos, sino en lo que entregamos.
En este camino de conversión, el cuidado de los recursos se vuelve un acto profundamente espiritual. El agua, por ejemplo, es un bien tan frágil y tan necesario que debería ser motivo de reverencia. Mientras en algunos lugares se desperdicia sin pensar, en otros se convierte en un tesoro inalcanzable. Cuidarla, no malgastarla, es un modo concreto de amar al prójimo, incluso al que vive a miles de kilómetros.
También necesitamos detenernos y revisar el uso que hacemos de nuestro tiempo. Vivimos conectados a pantallas, saturados de información, distraídos por notificaciones constantes. Y, sin embargo, a nuestro alrededor hay personas que sufren un hambre silenciosa: hambre de compañía, de escucha, de afecto. Tal vez uno de los gestos más revolucionarios que podemos hacer sea dejar el móvil a un lado y dedicar un rato a quien está solo, a quien no cuenta para nadie. El tiempo compartido es un alimento que cura heridas profundas.
La lucha contra el hambre no se limita al pan material. Existe también un hambre de cultura, de educación, de oportunidades, que condena a millones de personas a la exclusión. Y, por supuesto, un hambre de Dios, de sentido, de esperanza. Como Iglesia, estamos llamados a responder a todas estas formas de pobreza, ofreciendo no solo ayuda material, sino también cercanía, formación y anuncio del Evangelio.
Este año nuestra mirada y el corazón se van a los proyectos que hemos elegido en Brasil, Senegal y Palestina, en concreto a la promoción de la mujer, a la educación, y a la atención y acompañamiento de madres de hijos con discapacidad.
En medio de todo esto, quiero expresar mi gratitud más sincera a los voluntarios y voluntarias de Manos Unidas, en especial a los de esta delegación diocesana de Getafe. Gracias a su entrega silenciosa, a su constancia y a su fe, esta campaña se convierte cada año en un signo luminoso del amor de Dios. Ellos son testigos de que la solidaridad no es una idea abstracta, sino un compromiso concreto que transforma vidas.
Que esta campaña nos despierte, nos incomode y nos impulse a actuar. Que el Señor nos conceda un corazón capaz de declarar la guerra al hambre con gestos de justicia, de sobriedad y de amor fraterno. Y que María, Madre de los pobres, nos acompañe en este camino de conversión y esperanza. Os saludo con afecto y os bendigo de corazón.