18/02/2026

Miércoles de Ceniza: qué, cómo, por qué y hacia dónde

El delegado episcopal de Liturgia, el sacerdote Pedro Merino, explica el significado del Miércoles de la Ceniza, de dónde viene la tradición y su importancia en la Sagrada Escritura
Miércoles de Ceniza en la diócesis de Getafe
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Ceniza, símbolo y memorial litúrgico

A diferencia de otros signos litúrgicos —como los ramos de olivo, las candelas encendidas o el incienso—, la ceniza no es un signo agradable ni deseado. No nos gusta que la ceniza manche nuestras manos o nuestro cabello. Sin embargo, es precisamente este signo austero el que el Rito Romano ha elegido para iniciar el tiempo de Cuaresma.

En la Iglesia antigua, los penitentes públicos comenzaban su tiempo de penitencia al inicio de la Cuaresma como preparación para su reconciliación sacramental y su readmisión plena a la Eucaristía. Eran revestidos con hábito penitencial y recibían ceniza como signo visible de conversión.

El testimonio más antiguo del comienzo de la Cuaresma en miércoles se encuentra en el libro litúrgico llamado Sacramentario Gelasiano o Leoniano (Gelasianum Vetus, s. VII). En la Edad Media, está documentado que el Papa iniciaba la Cuaresma con la misa estacional en la Basílica de Santa Sabina, en el Aventino, tradición que continúa hasta hoy.

La penitencia pública fue desapareciendo progresivamente a partir del siglo VIII. Más tarde, cuando ya no existía como institución estable, el Concilio de Benevento (1091), bajo el pontificado de Urbano II, extendió la imposición de la ceniza a todos los fieles, situando a toda la Iglesia en actitud penitencial al inicio de la Cuaresma.

La capacidad simbólica de la ceniza, como sucede con todos los símbolos, no tiene una sola dirección; es decir, no solo remite a la muerte, sino también, gracias a su evocación transformadora, a la posibilidad de una vida nueva.

En la Biblia, el símbolo de la ceniza posee una pluralidad de significados. La ceniza es un signo elocuente de la fragilidad del ser humano y de su actitud de humildad ante Dios. Abraham lo formula con palabras llenas de reverencia: «Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor» (Gn 18,27).

Así, la ceniza expresa la conciencia de la propia insignificancia frente a la grandeza divina. La ceniza no solo manifiesta fragilidad; también acompaña el dolor y el luto. Cuando llegan las noticias de la muerte de Elí (1 Sam 4,12) y de Saúl (2 Sam 1,2), los mensajeros aparecen con las vestiduras rasgadas y la cabeza cubierta de ceniza, exteriorizando corporalmente la tristeza que los embarga.

Con frecuencia, este gesto se convierte en expresión de penitencia y súplica. Vestirse de saco y cubrirse de ceniza es una manera visible de pedir perdón e implorar la misericordia de Dios. Así lo hace Mardoqueo (Est 4,1); también Josué, que rasga sus vestiduras y, junto con los ancianos de Israel, se postra en tierra con ceniza sobre la cabeza para orar al Señor (Jos 7,6). El profeta Jeremías exhorta al pueblo a llorar su pecado revestido de saco y cubierto de ceniza (Jr 6,26).

En el libro de Job, la ceniza expresa el arrepentimiento profundo: «me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza» (Jb 42,6). Los ninivitas, al escuchar la predicación de Jonás, proclaman un ayuno, se visten de saco y el mismo rey se sienta sobre ceniza como signo de conversión (Jon 3,5-6). También Judit ora intensamente cubierta de saco y ceniza (Jdt 9,1), y los hombres de los Macabeos recurren a este mismo gesto para implorar la ayuda de Dios (2 Mac 10,25).

De este modo, la Biblia presenta la ceniza con los siguientes valores simbólicos: la caducidad humana, el dolor ante la desgracia, el arrepentimiento sincero, la confianza en la misericordia divina y la expresión en acto de la oración (Aldazábal, 2003).

La fórmula tradicional de la imposición de la ceniza es: «Memento homo Pulvis es et in pulverem reverteris» («Recuerda, hombre, que eres polvo y al polvo volverás»), cita de Génesis 3,19 según la versión latina de la biblia, Vulgata de San Jerónimo.

Esta expresión –Eres polvo y al polvo volverás»– recuerda la condición mortal del hombre. El ministro no pronuncia una amenaza, sino una verdad salvífica: la vida es frágil y hay una llamada a orientarse hacia el juicio y la eternidad.

En la tradición monástica existió incluso la costumbre de colocar ceniza en forma de cruz bajo los moribundos, desarrollando así el simbolismo de la muerte iluminada por la redención.

El teólogo Romano Guardini, a comienzos del siglo XX, comparaba las cenizas con el paso del tiempo: «Lo que el fuego aquí en breves instantes, lo hace de continuo el tiempo con todos los seres vivientes… De la vida rebosante de calor y sensibilidad, tierra mísera e inerte; aún menos que tierra: ¡ceniza! Tal será también nuestra suerte… ¡Cómo se estremece uno al fijar la vista en la fosa abierta y ver junto a huesos descarnados un poco ceniza grisácea! Caducidad: eso viene a significar la ceniza. Nuestra caducidad, no la de los demás. La nuestra; la mía. Y que he de fenecer… todo acabará en ceniza» (Guardini, 2022).

La ceniza nos recuerda el carácter transitorio de la vida, invitándonos a vivir conscientes de la caducidad de nuestra existencia y de la necesidad de orientar nuestra vida hacia Dios.

El rito de la imposición de la ceniza expresa litúrgicamente el mismo significado, que se encuentra en el célebre poema de Jorge Manrique: «Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte, / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando».

El Recuerde, el alma del poema se hace gesto en el memento homo que acompaña la acción litúrgica.

En el antiguo rito romano de consagración de una iglesia, previo a la reforma tras el Concilio Vaticano II, existía un expresivo rito cargado de significado: se extendía ceniza formando una cruz sobre el pavimento. En ocasiones, se trazaba en la forma de cruz de San Andrés, cuyos extremos apuntaban a los ángulos del edificio. Sobre esta cruz, el obispo trazaba con el báculo o con el dedo el alfabeto latino y griego. Este gesto significaba que el espacio, antes de ser consagrado, debía ser purificado y reconocido en su dependencia absoluta de Dios.

El edificio material es «polvo» que solo cobra sentido por la gracia. Es la plasmación ritual de la advertencia del Señor en el Evangelio: «todo esto que veis no quedará piedra sobre piedra» (Mt 24,2).

También sobre el cirio pascual, el sacerdote traza las letras Alfa y Omega, el principio y el fin del alfabeto griego, evocando la totalidad de la historia. De este modo, mediante la acción simbólica de escribir el alfabeto en la ceniza del suelo de la nueva iglesia, se expresa que la eternidad se inscribe en lo fugaz, revelando que lo caducado, aquello que puede ser barrido por una corriente de viento, puede expresar, a la vez, lo trascendente y lo eterno.

La ceniza que se impone el Miércoles de Ceniza, con la que la Iglesia romana da inicio al tiempo de Cuaresma, no es una ceniza cualquiera. No proviene de la incineración de cualquier chimenea, hoguera o parrilla, no es recogida del simple polvo del suelo, sino que es fruto de la combustión de olivos y de las palmas que, en otro día, verdes, aclamaron al Salvador en el Domingo de Ramos (J. Gheerbrant, 2003; R. Guardini, 2022).

Por ello, el símbolo de la ceniza no remite únicamente a la finitud humana, sino que abre a la trascendencia. Al comienzo de la Cuaresma, su imposición es una acción litúrgica eficaz, que exhorta a la conversión y a la penitencia, señalando el camino para entrar por la puerta estrecha de la vida eterna (cf. Mt 7,13-14). La ceniza es un símbolo pascual, porque marca el inicio del camino de Cuaresma hacia la Pascua: son cenizas del Domingo de Ramos quemadas en la Santa Noche de Pascua, que nos recuerdan que de la muerte surge la vida.

Como señalaba el divulgador científico Carl Sagan, «somos polvo de estrellas»: los átomos que nos forman provienen de los restos de los cadáveres de estrellas que existieron antes que nosotros. De igual modo, nuestro cuerpo mortal volverá al polvo, según la ley de la vida que se relata en el libro del Génesis: «al polvo volverás». Sin embargo, las cenizas sagradas expresan que la vida no termina en el polvo, sino en la resurrección. Por eso, son cenizas pascuales, señal de que nuestra vida encuentra su sentido en la esperanza de la Resurrección.

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