Natural de Pinto, tiene 33 años y fue ordenado en 2018. Tras su paso como vicario en Villaviciosa de Odón, capellán en el Colegio Arenales de Arroyomolinos y en el centro La Veguilla –donde trabajó pastoralmente con personas con discapacidad–, así como miembro de la delegación diocesana de liturgia y profesor de dicha materia, el obispo le ha encomendado esta nueva misión. Después de más de cinco meses al frente como rector de Seminario Menor, hacemos balance.
• ¿Qué valoración hace de todo este tiempo?
—Para mí es una «llamada dentro de la llamada» y también una vuelta a casa, pues yo mismo fui alumno del Seminario Menor. Estos meses han estado marcados por la ilusión y las ganas de entregarme. Me quedo con la gratitud. Un alumno me dijo recientemente: «Padre, gracias, porque es la primera vez que han confiado en mí». No buscamos un perfil concreto, sino pulir el diamante que cada chico lleva dentro. Mi sueño es que todos salgan de Rozas siendo amigos del Señor y tengan la valentía de responder: «Siempre Sí, Señor». En estos meses el seminario menor ha crecido pasando de 13 a 22 seminaristas que viven en la comunidad.
• Hay quien piensa que los seminarios menores son cosa del pasado. ¿Siguen siendo necesarios?
La Iglesia apuesta decididamente por ellos. Tal como vemos en el decreto conciliar Optatam totius, son lugares donde los jóvenes reciben formación integral para responder a Dios. Es necesario porque el Seminario Menor me ayudó muchísimo; tuve vocación desde niño y aquí encontré el entorno para que ese «sí» permaneciera.
La Iglesia, como madre, debe ofrecer un lugar donde la vocación sea cuidada con libertad, ya sea al sacerdocio, a la vida consagrada o al matrimonio cristiano.
• ¿Qué considera indispensable para ser «padre» de una casa con tantos adolescentes?
—Para transmitir al Señor hay que transmitir alegría, rectitud de conciencia y una intención clara por ser santo. A esto hay que sumar mucho silencio y oración para discernir cómo ayudar a responder a cada joven que el Señor me encomienda.
• Vivimos en la era de la hiperconexión. ¿Cómo gestionan la tecnología?
—La tecnología no es enemiga, sino un complemento educativo, siempre que no se use para llenar un vacío. Hoy, muchos jóvenes consultan sus dudas vitales a una Inteligencia Artificial antes que a sus padres. Aquí combatimos ese vacío: pasan de ver TikTok a mirar rostros de amigos reales. La vida comunitaria sana esos vínculos y muchos padres se sorprenden al recuperar conversaciones profundas con sus hijos.
• ¿Cómo se compatibiliza la vida de oración con la exigencia escolar?
—Creemos que sin esfuerzo no hay milagros. En el Evangelio, antes de cada milagro, siempre hay un gesto humano de confianza. Académicamente impulsamos el esfuerzo y Dios pone el resto. Los resultados son tangibles: de aquí han salido jueces del Supremo, miembros de las fuerzas de seguridad, deportistas de élite, sacerdotes y padres de familia. En 60 años, más de 2.000 alumnos han expresado su orgullo por pertenecer a esta familia.