Ante voluntarios, capellanes, religiosas, sacerdotes, diáconos, laicos y numerosos enfermos –algunos de los cuales recibieron la Unción de los Enfermos–, el prelado invitó a la comunidad diocesana a «amar llevando el dolor del otro», lema que centró su homilía.
Inspirándose en la parábola del buen samaritano, Avendaño subrayó que la pastoral de la salud «empieza en la mirada», en la capacidad de no apartar los ojos del sufrimiento ni acostumbrarse al dolor ajeno. «Al verlo, se compadeció. Ahí comienza todo», recordó, señalando que la diferencia entre quienes pasan de largo y quien se detiene está en la compasión que se traduce en obras.
El obispo destacó que el samaritano no se limita a sentir lástima, sino que «carga con el herido» y altera sus propios planes para sostenerlo. «Eso significa que el herido ocupa su lugar. El samaritano camina a pie para que el otro descanse», explicó, aplicando esta imagen a la tarea cotidiana de quienes acompañan procesos largos de enfermedad, soledad o deterioro. «Sin daros cuenta, os parecéis mucho a Cristo», afirmó dirigiéndose a los agentes de pastoral.
En este contexto, presentó a Cristo como «el verdadero buen samaritano», quien no pasó de largo ante la humanidad herida, sino que asumió el dolor en la cruz. «No lo explicó ni lo eliminó mágicamente: lo cargó por amor», señaló. A los enfermos presentes les recordó que no son «un peso para la Iglesia», sino «un tesoro», y que su sufrimiento, unido al de Cristo, «tiene un valor inmenso para la salvación del mundo».
❝ Sin daros cuenta, os parecéis mucho a Cristo
Mons. José Mª Avendaño
Sobre la Unción de los enfermos Avendaño insistió en que no representa una derrota, sino la cercanía de Dios en medio de la fragilidad. «Es Cristo quien se inclina sobre vuestra herida; es Cristo quien unge con el aceite de la fortaleza; es Cristo quien dice al corazón: ‘No estás solo’». Además, recordó que la Unción no está reservada al último momento de la vida, sino que es sacramento de consuelo, paz y gracia en la enfermedad.
El prelado advirtió también del riesgo de «pasar de largo» bajo la apariencia de una religiosidad cumplidora, como el sacerdote y el levita de la parábola. Frente a esa tentación, afirmó que la pastoral de la salud «vacuna» contra la indiferencia porque sitúa a la Iglesia ante el sufrimiento concreto, «con nombre y rostro». Al mismo tiempo, animó a los voluntarios a no dejarse vencer por el cansancio o la rutina y a pedir al Señor un corazón que no se endurezca.
Recordando la imagen de la Iglesia como «hospital de campaña», popularizada por el papa Francisco, el obispo agradeció la labor silenciosa de quienes permanecen junto al que sufre. «No hacéis cosas espectaculares. Hacéis algo más grande: permanecéis», afirmó, definiendo esa fidelidad como uno de los actos más altos del amor cristiano.
La Jornada concluyó con una llamada a vivir la Cuaresma como tiempo de compasión activa. «Antes de ser samaritanos, hemos sido heridos. Y Cristo se detuvo por nosotros», recordó Avendaño, pidiendo que en la diócesis nunca falten hombres y mujeres dispuestos a detenerse, inclinarse y cargar con el dolor del hermano.