Queridos hermanos y hermanas:
En este primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos conduce al desierto. La Palabra de Dios nos sitúa ante el misterio de la tentación, del pecado y de la victoria de Cristo. Hoy escuchamos el relato del pecado de nuestros primeros padres (cf. Gn 3,1-7), la profunda reflexión de san Pablo sobre el contraste entre Adán y Cristo (cf. Rom 5,12-19), y el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto (cf. Mt 4,1-11).
La Cuaresma comienza siempre así: no con una teoría, no con un discurso moral, sino con un combate. Y este combate no es algo ajeno a nuestra vida; es el drama cotidiano de nuestro corazón.
La tentación: desconfiar de Dios
En el Génesis, la serpiente introduce una sospecha: «¿Conque Dios os ha dicho…?»
La tentación comienza sembrando desconfianza. Dios deja de ser Padre para convertirse en rival. El pecado nace cuando el hombre sospecha que Dios le quita algo, que limita su felicidad.
Y lo mismo ocurre en el desierto con Jesús. Las tres tentaciones son, en el fondo, una sola: vivir al margen del Padre.
— Convierte las piedras en pan: vive para ti.
— Tírate del templo: manipula a Dios.
— Adora al tentador: busca poder y gloria sin cruz.
Es la tentación permanente: organizar la vida sin referencia filial a Dios. San Pablo nos recuerda que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, pero por uno solo —Cristo— viene la gracia sobreabundante. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La Cuaresma es precisamente el tiempo para volver a esa gracia.
Cristo vence donde Adán cayó
Adán, en el jardín, cede ante la tentación. Jesús, en el desierto, permanece fiel.
Adán come del fruto prohibido; Jesús se niega a convertir las piedras en pan.
Adán desconfía; Jesús confía plenamente en la Palabra del Padre.
Jesús vence no con espectacularidad, sino con obediencia humilde. Responde siempre con la Escritura: «Está escrito…». Vive apoyado en la Palabra.
La victoria de Cristo no es sólo un ejemplo moral; es una realidad que nos alcanza. En Él somos rehechos. Él es el nuevo Adán, la humanidad nueva.
Y aquí quisiera que contempláramos cómo esta dinámica evangélica se hizo carne en la vida del siervo de Dios Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, cuyo homenaje hoy recordamos con gratitud.
Giussani: la fe como acontecimiento
Don Luigi repetía incansablemente que el cristianismo no es una moral ni un conjunto de valores, sino un acontecimiento: el encuentro con Cristo presente. Esto es profundamente cuaresmal.
Porque la tentación más grande no es sólo el pecado moral; es reducir la fe a una idea, a una tradición sociológica, a un esfuerzo ético. La serpiente sigue susurrando: «Dios no es necesario para vivir plenamente».
Giussani, siendo joven profesor de religión en un instituto de Milán, percibió que muchos adolescentes bautizados vivían como si Cristo no tuviera nada que ver con su experiencia concreta. Y decidió volver al origen: mostrar que Cristo responde a las exigencias más profundas del corazón humano.
En el desierto, Jesús no niega el hambre; lo que afirma es que «no sólo de pan vive el hombre». Hay una hambre más radical. Hay una espera inscrita en el corazón.
Giussani hablaba del “sentido religioso”: esa estructura del corazón que busca verdad, justicia, belleza, felicidad. La tentación consiste en reducir ese deseo infinito a algo inmediato y manejable. Cristo, en cambio, lo abre al infinito verdadero: el Padre.
La obediencia que libera
En el evangelio, Jesús vence diciendo: «Al Señor tu Dios adorarás». La obediencia filial es su fuerza.
Para el siervo de Dios Giussani, la obediencia no era sometimiento servil, sino pertenencia amorosa. Él mismo vivió siempre en profunda comunión con la Iglesia, con el Papa, con los obispos. Su carisma no fue nunca ruptura, sino inserción viva en el Cuerpo de Cristo.
En un mundo que identifica libertad con autonomía absoluta, tanto la Cuaresma como el carisma de Comunión y Liberación nos recuerdan que la verdadera libertad nace de la relación.
Adán quiso ser “como Dios” sin Dios. Jesús vive como Hijo, totalmente del Padre. Giussani enseñó que el yo se realiza en la pertenencia.
¡Qué actual es esto para nosotros! También en nuestro ministerio, en nuestras comunidades, podemos caer en la tentación del protagonismo, de la autosuficiencia pastoral, de la eficacia sin oración. Podemos convertir las piedras en pan… pero sin referencia al Padre. La Cuaresma nos llama a volver al fundamento.
El desierto como lugar de verdad
El desierto no es sólo un lugar geográfico; es un espacio interior. Es el lugar donde caen las máscaras. En el desierto, Jesús está solo con el Padre. En el desierto se revela quién es Él verdaderamente.
Giussani hablaba mucho de la experiencia. No una experiencia emotiva superficial, sino la verificación existencial de la fe. La fe debía tocar la vida, iluminar el dolor, el estudio, el trabajo, la amistad.
Esto es profundamente cuaresmal: dejar que la fe ilumine nuestras tentaciones concretas. No huir de ellas, sino afrontarlas con Cristo.
¿Cuáles son nuestras piedras?, ¿cuáles son nuestros ídolos de poder o de éxito?, ¿dónde estamos tentando a Dios exigiéndole signos? La Cuaresma es un tiempo de verdad. Y la verdad no humilla; libera.
La gracia sobreabundante
San Pablo afirma que si por la desobediencia de uno todos quedaron constituidos pecadores, por la obediencia de uno todos quedan constituidos justos.
No estamos condenados a repetir el fracaso de Adán. Cristo ha vencido.
Giussani insistía en que el cristianismo es un acontecimiento presente. Cristo no es sólo memoria del pasado; es presencia que actúa ahora en la Iglesia.
Por eso el camino cuaresmal no es voluntarismo ascético, sino adhesión renovada a una Presencia. Ayuno, limosna y oración no son ejercicios de perfeccionismo, sino modos concretos de abrir espacio a Cristo.
El carisma de Comunión y Liberación tiene dos palabras claves: comunión y liberación. Comunión: porque la fe se vive en un pueblo, en una compañía.
Liberación: porque el encuentro con Cristo libera al hombre de sus reducciones, de sus miedos, de sus idolatrías.
El evangelio de hoy nos muestra que la verdadera liberación no consiste en eliminar la tentación, sino en atravesarla con Cristo. Jesús no evita el desierto; entra en él lleno del Espíritu.
También nosotros entramos en la Cuaresma no solos, sino sostenidos por el Espíritu y por la comunión eclesial.
Una llamada personal
Queridos hermanos, esta primera página cuaresmal nos hace una pregunta muy concreta:
¿En quién apoyamos nuestra vida? Adán escuchó otra voz. Jesús permaneció en la voz del Padre.
El siervo de Dios Giussani ayudó a miles de personas a redescubrir que Cristo es razonable, que la fe no es alienación, que el cristianismo responde al corazón humano.
Hoy, al rendirle homenaje, no celebramos una estrategia pastoral ni un método educativo; celebramos un testigo que se dejó fascinar por Cristo. Y eso es lo que la Cuaresma nos pide: dejarnos fascinar de nuevo.
Volver al origen
Comenzamos la Cuaresma mirando al desierto, pero caminamos hacia la Pascua.
La victoria de Cristo sobre el tentador anticipa la victoria definitiva de la cruz y la resurrección.
Pidamos al Señor:
— un corazón sencillo que no sospeche de Dios;
— una fe que no se reduzca a moralismo;
— una pertenencia eclesial viva y humilde;
— y la gracia de vivir esta Cuaresma como un encuentro renovado con Cristo.
Que el testimonio del siervo de Dios Luigi Giussani nos ayude a redescubrir la belleza de una fe encarnada, razonable, apasionada por el hombre y totalmente centrada en Cristo.
Que María, la nueva Eva, nos enseñe la obediencia confiada que abre la puerta a la gracia.
Amén.