01/03/2026

TEXTO COMPLETO: Homilía de José Mª Avendaño Perea en la misa de la Jornada Diocesana de Enseñanza

El obispo auxiliar, Mons. José María Avendaño Perea, presidió la eucaristía con motivo de la Jornada Diocesana de Enseñanza que se ha celebrado en la parroquia Santa Maravillas de Jesús
Homilía del obispo auxiliar de Getafe en la misa con motivo de la Jornada Diocesana de Enseñanza
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Queridos hermanos sacerdotes,

queridos profesores y profesoras de Religión,

queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy, en nuestra querida diócesis de Getafe, la Jornada Diocesana de la Enseñanza. Y lo hacemos en el marco más grande y más verdadero: la Santa Misa, donde Cristo mismo es el Maestro que nos enseña desde el altar, desde la Palabra y desde el Pan partido.

El Evangelio que acabamos de escuchar contiene una frase que, si la tomamos en serio, nos sobrecoge:

“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

Una frase inmensa. Una meta aparentemente inalcanzable. Una llamada que podría parecer desproporcionada… si no viniera del mismo Señor.

Hoy quiero meditar con vosotros esta palabra desde vuestra vocación concreta: la enseñanza de la Religión. Porque este mandato de Jesús no es una teoría espiritual abstracta; es el horizonte cotidiano de vuestra misión.

Lo primero que necesitamos comprender –y ayudar a comprender a nuestros alumnos– es que Jesús no está hablando de perfeccionismo moral, ni de una obsesión por no equivocarse. El contexto del Evangelio es el amor a los enemigos. Es decir: la perfección de la que habla Cristo es la perfección del amor. Ser perfectos como el Padre celestial es perfecto significa amar como Él ama. ¿Y cómo ama el Padre?

Ama haciendo salir el sol sobre buenos y malos. Ama sin excluir. Ama primero. Ama gratuitamente. Ama incluso cuando no es correspondido.

Queridos profesores: vuestra misión no es formar alumnos impecables, sino ayudar a descubrir el rostro de un Dios que ama sin medida. En un mundo que mide todo por resultados, por estadísticas, por rendimiento académico, la asignatura de Religión tiene una misión profética: recordar que el centro no es el éxito, sino el amor.

Permitidme deciros algo con claridad y afecto pastoral: vuestra tarea no es simplemente una profesión. Es una vocación eclesial. En cada clase sois enviados por la Iglesia. Sois, en cierto modo, prolongación de la maternidad de la Iglesia en la escuela.

Cuando explicáis la parábola del hijo pródigo.

Cuando habláis del misterio de la Cruz.

Cuando respondéis a preguntas difíciles sobre el sufrimiento o la muerte.

Cuando sostenéis la mirada de un adolescente herido por dentro…

Ahí estáis tocando tierra sagrada.

La llamada a “ser perfectos” no se vive primero preparando mejor un temario —que es importante—, sino configurando el corazón con el de Cristo Maestro. Jesús no enseñaba solo contenidos; enseñaba con su vida. Su autoridad no venía de títulos, sino de su unión con el Padre. Por eso, la pregunta decisiva para un profesor de Religión no es solamente: “¿He preparado bien la clase?”, sino:

“¿Estoy unido al Señor?” Sin oración, nuestra enseñanza se vuelve discurso. Con oración, se vuelve testimonio.

Permitidme subrayar algo que considero central: la enseñanza cristiana siempre tiene horizonte celestial.

Vivimos en una cultura que ha reducido el horizonte al aquí y ahora. Se educa para la empleabilidad, para la eficiencia, para la competitividad. Pero ¿quién educa para la eternidad?

Vosotros, queridos profesores, sois custodios del horizonte eterno en el corazón de la escuela. Cuando enseñáis que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, estáis devolviendo dignidad. Cuando habláis del cielo, estáis abriendo esperanza. Cuando anunciáis la resurrección, estáis sembrando eternidad.

“Sed perfectos como vuestro Padre celestial…” La palabra clave es “celestial”.

La perfección cristiana no nace del esfuerzo solitario del hombre, sino de la filiación. Somos hijos. Y educamos ayudando a otros a descubrir que también lo son. En un aula puede haber un alumno brillante, otro con dificultades, otro herido por una situación familiar complicada… Pero todos tienen el mismo Padre celestial y cuando un alumno descubre que es hijo amado de Dios, algo cambia radicalmente en su identidad.

Quisiera aterrizar aún más esta llamada a la perfección.

En la vida de un docente, la perfección no se manifiesta en gestos heroicos extraordinarios, sino en la paciencia diaria.

Paciencia cuando la clase está distraída.

Paciencia cuando el mensaje no parece calar.

Paciencia cuando uno se siente poco reconocido.

Paciencia cuando surgen incomprensiones.

La perfección del Padre es una perfección paciente.

Dios no se cansa de la humanidad.

Dios no abandona su proyecto.

Dios vuelve a empezar una y otra vez.

Queridos profesores: cada vez que volvéis a explicar con serenidad, cada vez que acogéis sin etiquetar, cada vez que perdonáis una falta de respeto sin endurecer el corazón, estáis siendo imagen del Padre celestial. Y eso educa más que cualquier esquema.

Muchos alumnos quizá olviden fechas, definiciones o citas. Pero no olvidarán cómo les hicisteis sentir.

La perfección cristiana no es frialdad impecable; es caridad humilde. Y vuestro lema diocesano —“Caridad y Humildad”— resuena con especial fuerza hoy.

Caridad para amar a cada alumno tal como es. Humildad para saber que la gracia actúa más allá de nuestros cálculos.

A veces no veremos los frutos. Tal vez años después alguien recuerde una palabra vuestra, una actitud, una explicación que le ayudó en un momento decisivo.

La enseñanza de la Religión es una siembra de eternidad. Y el sembrador no siempre ve la cosecha.

Celebramos esta Jornada en la Santa Misa. Y no es casualidad. La Eucaristía es la escuela donde aprendemos la perfección del Padre. Aquí contemplamos el amor llevado hasta el extremo. Aquí aprendemos que la perfección consiste en entregarse. Aquí recibimos la gracia para amar más allá de nuestras fuerzas. Si queréis ser maestros según el corazón de Cristo, sed primero discípulos ante el Sagrario. Dejad que el Señor eduque vuestro corazón.

Dejad que Él purifique vuestras intenciones. Dejad que Él sane vuestro cansancio. La perfección no se improvisa; se recibe como gracia.

Queridos profesores de Religión de nuestra diócesis de Getafe:

No tengáis miedo de la grandeza de esta llamada. No tengáis miedo de proponer ideales altos. No tengáis miedo de hablar de santidad en el aula. Nuestros jóvenes no necesitan rebajas del Evangelio; necesitan su altura luminosa.

“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.” No es una amenaza. Es una promesa. Porque Aquel que nos llama a la perfección es el mismo que nos da su Espíritu.

Pidamos hoy, en esta Jornada Diocesana de la Enseñanza, que el Espíritu Santo renueve vuestra vocación, fortalezca vuestra esperanza y ensanche vuestro corazón.

Que cada clase sea un pequeño cenáculo. Que cada aula sea un lugar donde se respire cielo. Que cada alumno pueda intuir, a través de vosotros, el rostro misericordioso del Padre. Y que un día, cuando termine la tarea en la tierra, el Padre celestial os diga: “Has sido fiel en lo pequeño. Entra en el gozo de tu Señor.”

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