Tras casi dos años de oración y discernimiento, los miembros de la fraternidad dieron este paso definitivo que, según subrayaron, supone el inicio de una nueva etapa. El camino recorrido hasta llegar a este momento no ha estado exento de dificultades, pero se vivió con la certeza de que «el Señor va abriendo el camino y allanando la senda».
La Eucaristía celebrada en la Basílica del Sagrado Corazón estuvo presidida por el obispo auxiliar de Getafe, quien centró su homilía en la importancia de la escucha en el contexto actual. Mons. Avendaño recordó «la necesidad de aprender a escuchar en un mundo lleno de ruido y distracciones», e invitó a pedir la ayuda del Espíritu Santo para «centrar la vida en Cristo, al que hay que conocer, amar e imitar».

En su reflexión, también aludió a los desafíos del tiempo presente, describiéndolos como «tiempos recios» en los que la vocación se concreta en el servicio y en la súplica confiada por «pastores santos». Subrayó que se trata de «una decisión de escucha profunda, para que la voz de Dios sea más fuerte que nuestros miedos», siendo una llamada a «calmar la sed de Dios a través de la entrega».
Durante la celebración resonaron imágenes evangélicas que marcaron el sentido de la consagración. «Jesús nos ha hecho descender a la llanura, a la complejidad y sufrimiento de la vida real, acompañándole hasta Jerusalén», afirmó el obispo. Asimismo, evocó la figura de Abraham como modelo de confianza: «Confiando en el designio de Dios, saliendo de nuestra tierra sin un mapa».
El mundo escucha más a los testigos
La espiritualidad del Corazón de Cristo estuvo muy presente en toda la jornada. «Un corazón abierto y herido, como el costado de Cristo, es un corazón sacerdotal manso y humilde». «El mundo escucha hoy más a los testigos» y «esta consagración constituye un testimonio público de que Dios existe», afirmó.
La celebración concluyó con una súplica a la Virgen: Avendaño pidió a Nuestra Señora de los Ángeles que «arrebuje bajo su manto» a los nuevos consagrados, y al Señor que transforme sus corazones en «corazones humildes y fuertes en la prueba».

Los trece miembros acudieron a la cita «con ilusión y alegría», arropados por toda la fraternidad y acompañados especialmente por hermanos llegados desde Canarias y Valencia. La basílica se transformó en «el Tabor del Cerro».
La jornada había comenzado el día anterior en la ermita de la Virgen y culminó con la celebración eucarística en la basílica. Posteriormente, tuvo lugar un ágape fraterno en el Seminario con los peregrinos desplazados, y la preparación se cerró con una hora santa en la capilla del Santísimo.