Queridos hermanos y hermanas:
En este Día Internacional de la Mujer deseo unirme a la voz de tantas mujeres que, dentro y fuera de nuestra Iglesia, sostienen la vida y la sociedad, muchas veces en condiciones de precariedad, invisibilidad o exclusión. Desde la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente, a la que nuestra diócesis se adhiere, elevamos una palabra de fe y justicia para recordar que no podremos construir una sociedad verdaderamente humana mientras millones de mujeres sigan privadas de un trabajo digno.
Hoy la Iglesia quiere miraros con los ojos de Cristo, que siempre se acercó a las mujeres con ternura, respeto y dignidad, reconociendo en ellas un reflejo privilegiado del amor del Padre.
Desde la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente, elevamos nuestra voz para recordar que la dignidad de la mujer es, en primer lugar, una exigencia de la creación misma que se ve iluminada por la luz de la fe. En el libro del Génesis contemplamos cómo Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, confiándoles juntos el cuidado de la creación. Por eso, cuando una mujer es excluida, explotada o invisibilizada, no solo se hiere a una persona: se hiere la imagen misma de Dios en el mundo.
El Papa León XIV nos ha invitado a ser una Iglesia «cercana al mundo del trabajo, compasiva y encarnada». Esta cercanía no es solo social; es profundamente espiritual. Jesús mismo pasó la mayor parte de su vida como trabajador, compartiendo la fatiga y la esperanza de quienes buscan el pan de cada día. En Él descubrimos que el trabajo es vocación, colaboración con Dios, camino de santidad. Por eso, cuando el trabajo se convierte en causa de sufrimiento o desigualdad, la Iglesia siente la obligación de alzar la voz.
❝ Cuando una mujer es excluida, explotada o invisibilizada, no solo se hiere a una persona: se hiere la imagen misma de Dios en el mundo
Mons. Ginés García Beltrán
Este año queremos contemplar una nueva frontera de exclusión que afecta especialmente a las mujeres: la brecha digital. No se trata solo de tecnología, sino de humanidad. Cuando una mujer queda fuera de un empleo, de una formación o de un derecho porque no tiene acceso o competencias digitales, no estamos ante un problema técnico, sino ante una herida en su dignidad. La tecnología, que podría ser instrumento de igualdad, corre el riesgo de convertirse en un nuevo muro que separa, discrimina y deja atrás.
También nos preocupa que la presencia de mujeres en el diseño de las nuevas herramientas digitales y de la inteligencia artificial sea mínima. Si la mirada femenina –tan necesaria para humanizar la vida– no está presente en la construcción del futuro, ese futuro será más pobre y menos justo. La Iglesia cree profundamente que la mujer aporta una sensibilidad única para custodiar la vida, para tejer relaciones, y para poner en el centro a la persona. Su ausencia empobrece a toda la sociedad.
Por eso, en este 8 de marzo afirmamos con convicción:
• Que el trabajo digno es expresión concreta del amor de Dios.
• Que la igualdad no es solo un derecho, sino una exigencia del Evangelio.
• Que la tecnología debe estar al servicio de la vida y no al revés.
• Que la Iglesia quiere caminar junto a las mujeres, escuchando, acompañando y defendiendo su dignidad.
Que María, mujer creyente y trabajadora, nos enseñe a mirar la realidad con ojos de fe y a construir juntos un mundo donde ninguna mujer quede excluida.