Cuando en 1990 abrió sus puertas la casa de acogida de BASIDA en Aranjuez, el contexto social y sanitario era muy distinto al actual. El VIH/sida estaba rodeado de miedo, desconocimiento y rechazo. Muchas personas enfermas eran abandonadas por sus familias, excluidas de los recursos públicos o condenadas a vivir sus últimos días en soledad. Fue en ese escenario donde nació un proyecto que, 35 años después, sigue siendo un referente de humanidad y dignidad en la diócesis de Getafe.
«BASIDA surge como respuesta a una necesidad social muy acuciante: donde antes solo había exclusión o abandono, ofrecer una vida que se pueda llamar hogar», recuerda Visitación Adán, presidenta de la entidad. Los primeros pasos estuvieron marcados por la precariedad material y la incertidumbre, pero también por una convicción profunda: ninguna persona debía ser descartada por su enfermedad. «Nuestra atención se basaba en gestos sencillos, pero profundamente significativos: acompañar, escuchar, curar, compartir la vida cotidiana y devolver la esperanza».

Desde el principio, la ilusión y la dificultad caminaron juntas. La ilusión de crear comunidad, de demostrar que era posible un modelo de intervención centrado en la persona, donde los propios residentes fueran protagonistas de su proceso. Y, al mismo tiempo, la dificultad de la falta de recursos, la incomprensión social o la ausencia de apoyos estables. «Aprendimos que las ilusiones no desaparecen cuando el camino es difícil, sino que se transforman y se vuelven más profundas… Teníamos ilusión por crecer, aprender y vivir un estilo de vida basado en el Evangelio», señala Adán.
Cambiar para seguir siendo los mismos
En estas tres décadas y media, las realidades sociales y sanitarias han cambiado profundamente. Si en los inicios la urgencia estaba marcada por el VIH/sida, hoy BASIDA acoge a personas con enfermedades crónicas, problemas de salud mental, adicciones, soledad, envejecimiento, migración o exclusión social severa. La entidad ha sabido adaptarse ampliando programas, profesionalizando la atención y trabajando en red con otras organizaciones.
Sin embargo, esa evolución no ha supuesto una pérdida de identidad. «BASIDA ha cambiado para seguir siendo BASIDA», afirma su presidenta. «El corazón de la entidad sigue siendo el mismo: acogida incondicional, respeto a la dignidad de cada persona y compromiso de ofrecer no solo atención sanitaria o social, sino hogar, acompañamiento y humanidad».

Para quienes llegan en situación de extrema vulnerabilidad, el mayor valor de BASIDA no es solo material. «Aquí las personas dejan de ser un caso para volver a ser alguien con nombre, historia y valor», explica Adán. La convivencia, el acompañamiento constante y la paciencia ante procesos largos o recaídas permiten reconstruir vidas que llegan profundamente heridas. «Ofrecemos algo que escasea mucho en situaciones de exclusión: tiempo, cuidado y la certeza de que alguien no se rinde contigo».
Un modelo de comunidad
Lo que distingue a BASIDA de otros recursos es su modelo de comunidad estable y acompañamiento a largo plazo. No se trata de una intervención momentánea ni de una respuesta de emergencia. Las personas acogidas no son usuarias temporales, sino miembros de una casa y de un proyecto común. «No gestionamos plazas, cuidamos personas», resume la presidenta.
Este modelo se sostiene gracias a un equipo formado íntegramente por voluntarios, profesionales de distintas disciplinas que no solo colaboran, sino que viven el proyecto desde dentro. Enfermería, psicología, trabajo social, educación o acompañamiento espiritual se integran en una estructura coordinada, estable y profundamente vocacional. «El voluntariado no es una excepción en BASIDA, es nuestra esencia».

En el proceso de reintegración social, el trabajo conjunto de voluntarios, profesionales y residentes resulta clave. Cada uno aporta algo insustituible: conocimiento técnico, cercanía gratuita o implicación activa en la convivencia. «Cuando caminamos juntos se crea una comunidad donde la reintegración no se enseña, se vive».
Retos y un futuro lleno de esperanza
Hoy BASIDA sigue enfrentándose a grandes desafíos: la persistencia del estigma, la complejidad de los perfiles acogidos, la dificultad de una reinserción social real, la formación continua del voluntariado y la sostenibilidad económica del proyecto. Son retos sociales, pero sobre todo humanos.

Mirando al futuro, el sueño es claro: seguir siendo un lugar de acogida y dignidad, reforzar la atención integral y crear más oportunidades reales de inclusión social y laboral. «Queremos que cada persona que llegue pueda volver a soñar, a confiar y a construir un futuro con esperanza».
Tras 35 años, BASIDA demuestra que la acogida sostenida en el tiempo transforma vidas. No siempre de forma espectacular, pero sí profunda. Como recuerda Visitación Adán, «el verdadero milagro es que alguien vuelva a sentirse persona, aunque sea en lo pequeño y cotidiano». Y ese milagro silencioso sigue ocurriendo cada día entre las paredes de esta casa que, desde hace más de tres décadas, se empeña en cuidar donde otros miraron hacia otro lado.