14/03/2026

TEXTO COMPLETO: Homilía de Mons. José Mª Avendaño Perea en la misa con motivo del Vía Crucis diocesano

El obispo auxiliar de la diócesis ha presidido en la Catedral de Getafe una eucaristía como antesala al Vía Crucis por las calles de la ciudad
Homilía del obispo auxiliar de Getafe en la misa antes del Vía Crucis diocesano
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Queridos hermanos y hermanas:

Quiero saludar en esta tarde especialmente a los miembros de las Hermandades y Cofradías aquí presentes, especialmente a aquellas que nos han prestado sus imágenes, estas bellas imágenes que nos acompañan hoy.

También quiero saludar al delegado de Hermandes y Cofradías, al señor párroco, sacerdotes, religiosos, religiosas y todos aquellos que habéis querido estar esta tarde aquí y participar después en el viacrucis por las calles de Getafe.

Nos reunimos esta tarde en nuestra Santa Iglesia Catedral de Getafe en este tiempo santo de Cuaresma, que es tiempo de conversión, de volver al Señor, de dejar que Él ilumine de nuevo nuestra vida. Y esta celebración tiene un carácter muy especial, porque después de la Eucaristía rezaremos el Viacrucis y saldremos en procesión acompañando a dos imágenes profundamente queridas por nuestro pueblo: Nuestro Padre Jesús Nazareno de Valdemoro y Nuestra Señora de la Soledad de Colmenar de Oreja.

No es algo simplemente externo o folklórico. Es la expresión de una fe viva que ha pasado de generación en generación. La piedad popular, cuando nace del corazón creyente, es una forma preciosa de vivir el Evangelio. En estas imágenes, tantas personas han encontrado consuelo, esperanza, fuerza para seguir adelante.

Cuántas veces alguien ha mirado el rostro del Nazareno cargando con la cruz y ha sentido: «Él entiende mi vida, Él conoce mi cruz».

Cuántas veces alguien ha mirado el rostro de la Virgen de la Soledad y ha descubierto que una madre acompaña el dolor humano. Por eso esta tarde la Palabra de Dios ilumina todo lo que vamos a vivir.

La piedad popular, cuando nace del corazón creyente, es una forma preciosa de vivir el Evangelio

Mons. José Mª Avendaño

Las lecturas que acabamos de escuchar son las del cuarto domingo de Cuaresma, el domingo tradicionalmente llamado Laetare, el domingo de la alegría. Puede parecer sorprendente hablar de alegría en medio de la Cuaresma, cuando estamos contemplando la cruz del Señor. Pero la Iglesia nos recuerda hoy algo muy profundo: la cruz no es el final del camino; la cruz conduce a la luz.

La primera lectura, del primer libro de Samuel, nos habla de la elección del rey David. Samuel pensaba que el elegido sería el más fuerte o el más imponente de los hijos de Jesé. Pero Dios le dice algo muy importante:

Esta frase es muy actual. Vivimos en un mundo que da mucha importancia a lo exterior: la imagen, el éxito, el prestigio. Pero Dios mira otra cosa: mira el corazón.

Y quizá eso explica también la fuerza de la religiosidad popular. Porque ante una imagen del Señor o de la Virgen, Dios ve el corazón de las personas.

Ve a quien llega con una preocupación por su familia.

Ve a quien trae una enfermedad en el corazón.

Ve a quien viene a dar gracias por un favor recibido.

Ve a quien quizá no sabe rezar bien, pero se queda en silencio delante del Señor.

Dios mira el corazón.

El Evangelio que hemos escuchado es uno de los más hermosos del Evangelio de san Juan: el ciego de nacimiento.

Jesús se encuentra con un hombre que nunca ha visto la luz. Un hombre acostumbrado a vivir en la oscuridad. Y el Señor hace algo sorprendente: se acerca, toca sus ojos, lo envía a lavarse… y el hombre comienza a ver. Pero lo más importante no es solo el milagro físico. Lo más importante es el camino interior que vive este hombre.

Al principio no sabe quién es Jesús. Después dice que es un profeta. Más tarde afirma que viene de Dios. Y al final, cuando se encuentra con Él cara a cara, dice: «Creo, Señor».

Este hombre pasa de la oscuridad a la luz, pero también pasa de la ignorancia a la fe. Y ese es exactamente el camino que la Iglesia nos propone en la Cuaresma.

La Cuaresma es un tiempo para que Cristo abra nuestros ojos. Porque también nosotros, muchas veces, vivimos con los ojos del alma un poco cerrados. Nos acostumbramos a la rutina. Nos dejamos llevar por las preocupaciones. Nos distraemos con tantas cosas que olvidamos lo esencial.

A veces no vemos el amor de Dios que sostiene nuestra vida.

A veces no vemos la necesidad de los demás.

A veces no vemos la presencia de Cristo caminando a nuestro lado.

Y entonces llega la Cuaresma como una invitación del Señor:

Hermanos, dentro de unos momentos saldremos a rezar el Viacrucis por las calles de Getafe. Y contemplaremos a Nuestro Padre Jesús Nazareno cargando con la cruz.

El Nazareno es una imagen profundamente evangélica. Nos recuerda que Jesús no vino a salvarnos desde lejos, sino desde dentro del sufrimiento humano.

Cristo conoce nuestras cruces. Conoce la cruz del enfermo. La cruz de quien está preocupado por su familia. La cruz de quien se siente solo. La cruz de quien atraviesa momentos difíciles en la vida.

Por eso el pueblo cristiano siente tanta cercanía con el Nazareno. Porque al mirarlo comprendemos que Dios no es indiferente al dolor humano. Él carga con la cruz. Él camina con nosotros.

Y mientras contemplamos a Jesús cargando con la cruz, también veremos a Nuestra Señora de la Soledad. La Virgen aparece en el camino de la cruz como una madre que acompaña.

Quizá no puede quitar la cruz a su Hijo, pero le ofrece algo inmenso: su presencia, su amor, su fidelidad. Y eso es algo que el pueblo cristiano entiende muy bien.

Hay momentos en la vida en que no podemos solucionar todos los problemas de quienes amamos. Pero sí podemos hacer algo muy grande: estar, acompañar, permanecer.

La Virgen de la Soledad nos enseña precisamente eso: permanecer junto a la cruz sin perder la esperanza.

Por eso tantas personas encuentran consuelo en la Virgen de la Soledad. Porque en su rostro reconocen que incluso en el dolor más profundo Dios sigue presente.

Queridos hermanos, cuando dentro de un momento recorramos las estaciones del Viacrucis, intentemos hacerlo con el corazón abierto.

Cada estación es una enseñanza. Cuando Jesús cae, nos recuerda nuestras propias caídas. Cuando se levanta, nos enseña que siempre podemos volver a empezar. Cuando acepta la ayuda del Cirineo, nos enseña que necesitamos ayudarnos unos a otros. Cuando perdona desde la cruz, nos muestra hasta dónde llega el amor de Dios.

El Viacrucis no es solo recordar el sufrimiento de Cristo. Es descubrir que Cristo sigue caminando con nosotros hoy. Camina por nuestras calles. Camina por nuestras preocupaciones. Camina por nuestras esperanzas. Y esta tarde caminará también por las calles de Getafe, acompañado por la fe de su pueblo. Quizá alguno de nosotros podría hacer una oración muy sencilla esta tarde:

Ábrelos para reconocer tu amor.

Ábrelos para confiar más en ti.

Ábrelos para descubrir que incluso en la cruz está escondida la esperanza.

Y pidamos también a la Virgen de la Soledad que nos acompañe en este camino cuaresmal. Que nos enseñe a permanecer fieles. Que nos enseñe a confiar incluso en la noche. Que nos enseñe a esperar la luz de la Pascua.

Porque la Cuaresma nos conduce hacia la gran noticia de la fe cristiana: Cristo ha vencido a la muerte y vive para siempre.

Que Nuestro Padre Jesús Nazareno nos ayude a cargar con nuestras cruces con fe. Y que Nuestra Señora de la Soledad nos acompañe siempre como madre en el camino.

Amén.

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