diciembre 28, 2025

TEXTO COMPLETO: Homilía del obispo de Getafe en la clausura del Jubileo y fiesta de la Sagrada Familia

Mons. Ginés García Beltrán ha presidido en la Catedral Santa María Magdalena la celebración
El obispo de Getafe clausura el Jubileo de la Esperanza y celebra la Sagrada Familia

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Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, y lo hacemos en una jornada de gran calado en el corazón de cada una de las iglesias particulares diseminadas por todo el mundo: la clausura del Año Jubilar que nos ha convocado en torno a la esperanza. 

Un año jubilar que convocara el querido Papa Francisco mediante la bula Spes non confundit, en la que nos recordabaque la esperanza no defrauda porque se funda en el amor de Dios derramado en nuestros corazones. La esperanza, como hemos repetido a lo largo de este año, no es un sentimiento pasajero, ni se identifica sin más con un optimismo ingenuo –«no es lo mismo pensar con esperanza que ser optimista», escribe Byung-Chul Han–, no es un «todo irá bien» construido sobre nuestras fuerzas. Es gracia. Es presencia. Es la certeza humilde y firme de que Dios camina con nosotros, nos sostiene, nos cuida, y nos salva.

Y hoy, al contemplar a la Sagrada Familia, esa esperanza adquiere un rostro concreto. Porque la esperanza cristiana no es una ideal: es un Niño, es una Madre, es un carpintero justo. En un hogar pequeño y pobre Dios quiso aprender a ser hombre. La vida de la familia de Nazaret, como la vida de nuestras familias, es un itinerario de fidelidad en medio de la fragilidad, de obediencia en medio de la incertidumbre, y de amor en medio de la prueba.

El Evangelio que hemos escuchado nos ha llevado a Egipto y de vuelta a Nazaret. La familia de Jesús no vivió en un cuento de hadas. Vivió sobresaltos, amenazas, huidas, noches sin dormir, caminos desconocidos. José recibe en sueños la llamada a levantarse, tomar al Niño y a su Madre y huir. Y él se levanta. No pregunta, no aplaza, ni calcula. Confía. Y esa confianza es ya esperanza. Una esperanza que no nace de su carácter, sino de la certeza de que Dios está actuando incluso en lo que no entiende.

Cuántas veces nuestras familias viven también huidas interiores, miedos, incertidumbres, decisiones difíciles. Y cuántas veces, como José, solo podemos decir: «Señor, aquí estoy; no sé cómo, pero confío». La esperanza cristiana se parece mucho a ese gesto silencioso de José: levantarse, tomar lo que Dios nos confía y caminar.

No olvidemos que la esperanza tiene mucho de audacia, «quien tiene esperanza obra con audacia y no se deja confundir por los rigores y la crudeza de la vida. Al mismo tiempo, la esperanza tiene algo de contemplativo» (Byung-Chul Han. El espíritu de la esperanza, 19).

La primera lectura del Eclesiástico nos recordaba la belleza y la responsabilidad de los vínculos familiares: honrar al padre y a la madre, cuidarles en su ancianidad, sostenerles en su debilidad. En un mundo que a veces descarta, olvida a los que ya no son útiles, y vive en la prisa, la Palabra nos invita a detenernos y a reconocer que la familia es el primer santuario donde aprendemos a amar, a perdonar, y a esperar. La esperanza se aprende en casa. Se aprende viendo a unos padres que se esfuerzan, y se levantan después de caer, que se perdonan y se apoyan. Se aprende también mirando a los hijos que crecen en libertad y responsabilidad. Y se aprende en la vida cotidiana, en lo pequeño, en lo escondido.

Dirijamos una mirada a nuestros mayores, los que son raíces de nuestra vida y de nuestra fe. Los mayores son signos de esperanza, la que no se acaba; porque «la esperanza siempre es fuente de alegría, a cualquier edad. Asimismo, cuando esta ha sido templada por el fuego de una larga existencia, se vuelve fuente de una bienaventuranza plena», decía el papa León XIV en el Jubileo de los mayores, (27 de julio 2025). Queridos mayores, en la vejez se pude esperar, no lo olvidéis nunca. «Tenemos una libertad que ninguna dificultad puede quitarnos: la de amar y rezar. Todos, siempre, podemos amar y rezar» (Ibid).

La respiración diaria del hogar cristiano

San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos ha ofrecido un retrato precioso de la vida familiar vivida en Cristo: compasión, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón mutuo, y por encima de todo, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. No son virtudes abstractas: son la respiración diaria de un hogar cristiano. Y también el fruto de la esperanza. Porque solo quien espera en Dios puede revestirse de misericordia cuando el otro falla, de perdonar cuando duele, y mantener la paz cuando todo invita al desánimo.

Este año hemos escuchado muchas veces repetir las palabras del papa Francisco: «No os dejéis robar la esperanza». Y tiene razón. Hay demasiadas voces que intentan apagarla: la cultura del descarte, la indiferencia, la violencia, la soledad, la crisis de sentido. También voces dentro de nosotros mismos que la amenazan: el cansancio, la rutina, la desconfianza, la tentación de pensar que nada puede cambiar.

Por eso hoy, al concluir este Año Jubilar, debemos hacernos una pregunta decisiva: ¿qué haremos con la esperanza?, ¿cómo la custodiaremos para que no la roben de nuestros corazones?, ¿cómo la llevaremos a los que no la tienen?

No nos dejemos robar la esperanza, no podemos permitírnoslo. La esperanza no se clausura. No termina con un año litúrgico. La esperanza es vocación, llamada permanente que nos abre cada día a lo eterno, porque la esperanza es trascendente, es lo único que impresiona a Dios, como decía Peguy.

Para que esto no suceda, llevemos al corazón, repitámoslo cada día, las palabras del salmo: «Tú, Señor, eres mi esperanza» (Sal 71,5). «El Dios viviente es, de hecho, el «Dios de la esperanza» (Rm 15,13), que, en Cristo, mediante su muerte y resurrección, se ha convertido en «nuestra esperanza» (1Tm 1,1). No podemos olvidar que hemos sido salvados en esta esperanza, en la que necesitamos permanecer enraizados» (León XIV. Mensaje IX Jornada Mundial de los Pobres). Que cada día podamos repetir nuestro personal Te Deum, como lo hace la Iglesia: «En ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre».

Al concluir este Año Jubilar, pidamos al Señor que renueve en nosotros la vocación a la esperanza. Que nuestras familias sean hogares donde se respire confianza, donde se cuide la vida, donde se perdone, se acompañe, y se eduque en la fe. Pido al Señor que nuestras comunidades sean lugares donde nadie se sienta solo, porque la misericordia sea el lenguaje común, y la caridad nuestro estilo de vida.

Y pongamos todo esto bajo la mirada de la Virgen María, Madre de la Esperanza. Ella, que sostuvo entre sus brazos al Dios hecho Niño, nos enseñe a confiar incluso cuando no entendemos.

Quisiera terminar con unas palabras de san Pablo VI en Nazaret, cuando dijo que allí aprendemos «la lección del silencio, del trabajo, y de la vida familiar»; «Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio». Nazaret, en definitiva, nos enseña que la santidad se teje en lo pequeño, pues la esperanza se alimenta en lo escondido, ya que a Dios le gusta revelarse en lo humilde.

Puedes escuchar la homilía en el siguiente vídeo:

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