Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Saludo con afecto fraterno a todos los ministros y miembros de las Iglesias cristianas hermanas que hoy nos reunimos en esta parroquia de Santa Maravillas de Jesús. Vuestra presencia es un signo precioso de que el Espíritu Santo sigue obrando en nosotros, impulsándonos a caminar hacia la unidad visible que Cristo pidió al Padre para todos los que creen en Él. Gracias por estar aquí, por orar juntos, por dejarnos interpelar juntos por la Palabra de Dios.
El lema que guía este año nuestro Octavario de oración —“Un solo Espíritu, una sola esperanza”— procede de la carta de san Pablo a los Efesios. Es una afirmación que no solo describe lo que somos, sino también lo que estamos llamados a ser. Pablo no habla de una unidad superficial, ni de un acuerdo meramente humano, sino de una comunión que nace del Espíritu Santo y que se orienta hacia la esperanza común que compartimos: Jesucristo, Señor y Salvador, luz del mundo, vencedor del mal y de la muerte.
1. La Palabra de Dios nos convoca a la unidad
Las lecturas proclamadas hoy nos ofrecen un itinerario espiritual que ilumina nuestro encuentro.
El profeta Isaías (58,6-11) nos recuerda que el culto agradable a Dios no consiste en palabras vacías, sino en gestos concretos de justicia, misericordia y compasión. “Parte tu pan con el hambriento… entonces brillará tu luz como la aurora.” La unidad cristiana no se construye solo con documentos o diálogos —tan necesarios—, sino con la conversión del corazón y con obras que manifiesten el amor de Dios. Cuando las Iglesias servimos juntas a los pobres, cuando nos ponemos del lado de los que sufren, entonces nuestra luz resplandece y el mundo reconoce en nosotros el rostro de Cristo.
San Pablo en su carta a los Efesios (4,1-13) nos exhortaba a vivir “con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros con amor”. Esta es la base de la unidad: no la imposición, sino la humildad; no la uniformidad, sino la caridad; no la sospecha, sino la confianza. Pablo nos recuerda que hay “un solo Cuerpo y un solo Espíritu… un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”. Aunque nuestras comunidades estén separadas, aunque existan diferencias históricas, teológicas o disciplinares, seguimos compartiendo lo esencial: Cristo mismo, que nos ha incorporado a su Cuerpo.
Finalmente, Jesús en el Evangelio (Jn 12,31-36) anuncia que, al ser elevado sobre la tierra, atraerá a todos hacia Él. La cruz es el lugar donde nace la unidad. No una unidad barata, sino la que brota del amor entregado hasta el extremo. Por eso Jesús nos invita: “Caminad mientras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas.” Hoy, en un mundo fragmentado, polarizado y herido, los cristianos estamos llamados a caminar juntos como hijos de la luz, mostrando que la fe en Cristo no divide, sino que reconcilia.
2. La unidad desde Nicea: una fe que nos sostiene
Este año, al recordar el Concilio de Nicea, volvemos a una de las raíces más profundas de nuestra fe común. Allí, en el siglo IV, la Iglesia confesó solemnemente que Jesucristo es “Hijo eterno del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. Y también proclamó que este Hijo eterno se hizo verdaderamente hombre, semejante a nosotros en todo menos en el pecado.
Nicea no pertenece a una sola confesión cristiana. Es patrimonio de todos. Es un punto de referencia que nos une, porque nos recuerda que nuestra fe no es una idea, sino una persona: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Cuando confesamos juntos esta verdad, cuando la anunciamos con convicción, cuando la vivimos con coherencia, estamos ya dando pasos reales hacia la unidad.
3. El desafío de hablar de Dios hoy
Queridos hermanos, uno de los grandes desafíos que compartimos todas las Iglesias cristianas es cómo hablar de Dios hoy. Vivimos en un mundo que cambia rápidamente, donde muchas personas ya no encuentran sentido en los lenguajes religiosos tradicionales, donde la fe parece irrelevante para tantos.
Pero hay un lenguaje que todos entienden: el lenguaje de la unidad y de la caridad. Cuando nos ven unidos, cuando colaboramos, cuando nos respetamos, cuando servimos juntos, cuando evitamos la crítica fácil o la desconfianza, entonces nuestro anuncio se vuelve creíble. El mundo no necesita vernos competir, sino cooperar; no necesita vernos dividirnos, sino reconciliarnos; no necesita discursos vacíos, sino testimonios vivos.
En mi carta pastoral “Creemos, anunciamos, servimos”, he querido recordar precisamente esto: la fe que profesamos debe convertirse en anuncio valiente y en servicio humilde. No podemos quedarnos encerrados en nuestras comunidades. El Espíritu nos impulsa a salir, a encontrarnos, a escuchar, a acompañar, a sanar. Y este camino lo hacemos mejor cuando lo hacemos juntos.
4. “Un solo Espíritu, una sola esperanza”
El lema de este año nos invita a mirar hacia adelante. No estamos unidos solo por nuestra historia, sino por nuestra esperanza. Y la esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo, sino la certeza de que Cristo ya ha vencido. Él es nuestra paz. Él es nuestra unidad. Él es nuestra luz.
Por eso, cuando oramos por la unidad de los cristianos, no pedimos algo imposible, ni algo que dependa solo de nuestras fuerzas. Pedimos un don del Espíritu. Pedimos que Él derribe los muros que aún nos separan. Pedimos que cure las heridas del pasado. Pedimos que nos haga instrumentos de reconciliación.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, en esta parroquia de Santa Maravillas de Jesús, damos un paso más en este camino de unidad. Que este encuentro nos renueve en la fe, nos fortalezca en la esperanza y nos impulse a la caridad. Que podamos seguir creyendo juntos, anunciando juntos y sirviendo juntos. Que nuestras comunidades sean lugares donde el mundo pueda ver que la unidad es posible, que la fraternidad es real, que el amor de Cristo transforma.
Que el Señor nos conceda caminar como hijos de la luz, para que, atraídos por Cristo, podamos un día celebrar plenamente la unidad que Él quiso para nosotros.