Queridos hermanos y hermanas:
Hace 800 años moría san Francisco, en un 3 de octubre de 1226, el pobre de Asís, el santo universal, abrazaba a la hermana muerte en el encuentro definitivo con Jesús, nuestro Bien. Tenía 44 años, y en este tiempo había marcado a la humanidad abrazando a la cruz de Cristo, reconstruyendo su Iglesia y viviendo cerca de la humanidad, que es fraternidad a sus ojos de Hermano Menor. Francisco es el signo de la fraternidad universal de todos los hombres y de toda la creación, porque su vida y su testimonio saben a Evangelio.
Hoy, en esta parroquia de San Pedro Bautista –el santo hijo de esta tierra, que llevó el fuego del Evangelio hasta Japón, donde entregó su vida como mártir– de Alcorcón, confiada a los franciscanos, el Señor nos concede un regalo: abrir solemnemente el Año Jubilar que el papa León XIV ha otorgado con motivo de los 800 años de la Pascua de San Francisco. Y lo hacemos en el IV domingo del Tiempo Ordinario, cuando la Palabra de Dios nos ofrece el Evangelio de las Bienaventuranzas, ese canto de Jesús que es a la vez promesa, camino y retrato de su propio corazón.
Y al escucharlo, uno no puede evitar pensar en Francisco. Francisco escuchó un día el Evangelio… y se lo creyó. No lo analizó, no lo discutió, no lo interpretó, se lo creyó. Lo escuchó y lo obedeció. En aquella iglesia, cuando resonaron las palabras de Jesús: «No os procuréis oro ni plata», algo se quebró y se encendió dentro de él. Y respondió con una sinceridad que desarma: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica». Francisco, el hijo de Pietro di Bernardone, el hombre próspero en sus negocios, quiso vivir el Evangelio «sine glosa».
Desde ese instante, la pobreza dejó de ser para él una renuncia y se convirtió en un amor. La llamó Dama Pobreza, y quiso desposarse con ella como quien encuentra un tesoro escondido y vende todo para poseerlo. La pobreza de Francisco es libertad. Es abandono confiado. Es la certeza de que solo quien no tiene nada puede poseerlo todo. Es el despojo radical de quien ha encontrado a Cristo.
Y así, Francisco se hizo pobre entre los pobres. No los observó desde fuera, sino que vivió con ellos, para compartir su pan y su destino, para descubrir en sus heridas el rostro del Crucificado. La minoridad franciscana –ese deseo de ser el menor, el último, el servidor– brota de aquí: de un corazón que ya no compite, que no necesita imponerse, que ha renunciado a la carrera del mundo porque ha encontrado la paz.
Y qué necesaria es esa paz hoy. El Papa León XIV, en la carta dirigida a los ministros generales de la familia franciscana para este Jubileo, escribe unas palabras que resuenan como un eco del Evangelio:
«En tiempos de división y violencia, la figura de Francisco resplandece como testigo de la paz que nace del Evangelio y que se construye con manos desarmadas y corazón reconciliado».
❝ La pobreza de Francisco es libertad. Es abandono confiado. Es la certeza de que solo quien no tiene nada puede poseerlo todo. Es el despojo radical de quien ha encontrado a Cristo.
Ginés García Beltrán
Francisco fue un hombre de paz porque fue un hombre reconciliado. No llevaba armas porque no tenía enemigos. No temía al lobo porque había aprendido a mirar más allá del miedo. No temía al sultán porque sabía que la verdad no necesita espadas. Su paz no era estrategia, era transparencia. Era Cristo viviendo en él.
Por eso, cuando contemplamos su vida, comprendemos que este Año Jubilar no es solo un aniversario, sino una llamada. Una invitación a volver a lo esencial, a la frescura del Evangelio, a la alegría de la fe vivida sin complicaciones. Francisco no quiso ser predicador, ni reformador, ni siquiera fundador. Quiso simplemente hacer la voluntad de Dios en obediencia a la Iglesia. Y precisamente por eso, sin pretenderlo, lo cambió todo.
Hoy, al abrir este Jubileo, el Señor nos invita a dejarnos tocar por esa misma gracia. A permitir que el Evangelio nos alcance como alcanzó a Francisco. A escuchar a Jesús con la misma disponibilidad, con la misma desnudez interior, con la misma audacia. A dejarnos reconstruir por Él.
Chesterton, en su biografía de san Francisco, decía que solemos mirar a Francisco desde Cristo, pero que quizá deberíamos atrevernos a mirar a Cristo desde Francisco, como quien contempla la luz del sol reflejada en la luna, más cercana, más amable, más accesible. Hoy, en este templo, esa luna vuelve a brillar.
Y en este camino no estamos solos. La Virgen María, tan amada por Francisco, nos acompaña. Él la llamaba «la Virgen hecha Iglesia», porque en ella veía la pobreza más pura, la humildad más luminosa, la obediencia más fecunda. María es la mujer que se vacía para que Dios lo sea todo. La que guarda la Palabra y la convierte en carne. La que camina con los pequeños, los pobres, los que no cuentan. A ella encomendamos este Año Jubilar. Que nos enseñe a escuchar el Evangelio como Francisco, a creerlo como él, a vivirlo con alegría y sencillez. Que nos regale un corazón pobre, libre, fraterno, pacificado. Que haga de esta parroquia un lugar donde la luz de Cristo –esa luz que Francisco reflejó como la luna refleja al sol– pueda brillar para todos.