Homilía de Ginés García Beltrán en la fiesta de la Presentación del Señor y Jornada de la Vida Consagrada

Queridos hermanos y hermanas en el Señor, 

Queridos consagrados y consagradas de nuestra diócesis:

Cada año, cuando llegamos a esta fiesta de la Presentación del Señor, algo en nuestro corazón se despierta. No es solo un recuerdo litúrgico; es como si volviéramos a entrar en el templo con María y José, llevando en brazos al Niño que es la luz del mundo. Hoy, como cada año, celebramos también la Jornada de la Vida Consagrada, y lo hacemos contemplando a Aquel que se deja presentar, ofrecer, entregar… para que nosotros aprendamos a presentarnos, ofrecernos y entregarnos también. Y lo hacemos bajo un lema que nos interpela profundamente: «Vida consagrada, ¿para quién eres?».

La Presentación del Señor es la fiesta del encuentro. Dios entra en su templo, pero no como un rey poderoso, sino como un niño llevado en brazos. En ese gesto humilde se revela la lógica de Dios: Él viene a nosotros no desde arriba, sino desde dentro; no imponiéndose, sino ofreciéndose.

La carta a los Hebreos nos lo dice con una fuerza que conmueve: Jesús no se avergonzó de hacerse como nosotros. No vino disfrazado de hombre, vino verdaderamente hombre. Compartió nuestra carne, nuestras lágrimas, nuestras búsquedas, nuestras fragilidades. Y lo hizo para liberarnos del miedo, para mostrarnos que Dios no está lejos, sino cerca, muy cerca.

Hoy, al celebrar esta fiesta, la Iglesia entera vuelve a mirar a ese Dios que se deja presentar, que se deja ofrecer, que se deja encontrar. Y nosotros, como Simeón y Ana, somos invitados a reconocerlo, a tomarlo en brazos, a bendecirlo, a dejar que Él ilumine nuestras vidas.

El Evangelio nos presenta un momento profundamente humano: un niño, unos padres jóvenes, dos ancianos que esperan. Y en medio de esa escena cotidiana, Dios se manifiesta. Es un recordatorio precioso: la vida cristiana es encuentro. Encuentro con Dios, encuentro con los hermanos, encuentro con el mundo en el que vivimos.

Vosotros, queridos consagrados y consagradas, conocéis bien esta dinámica. La vida consagrada nace de un encuentro con el Señor que cambia la existencia. Un día Él pasó por vuestra vida, os miró, os llamó por vuestro nombre, y vosotros respondisteis. Y desde entonces vuestra historia es una historia de encuentros: con Dios en la oración, con la comunidad que os sostiene y os purifica, con el mundo al que sois enviados.

Simeón y Ana son un espejo hermoso para vosotros. Ellos vivían en el templo, atentos, disponibles, con el corazón abierto. No se cansaron de esperar, no se cansaron de buscar. Y cuando llegó el momento, reconocieron al Señor. No porque tuvieran una visión extraordinaria, sino porque tenían un corazón afinado por la oración, por la fidelidad, por la esperanza.

Así también vosotros: vuestra vida es un espacio donde Dios puede ser reconocido. En vuestra oración diaria, en la vida fraterna, en la misión que realizáis, sois como Simeón y Ana: hombres y mujeres que ayudan al mundo a descubrir que Dios está presente, que Dios viene, que Dios salva.

Simeón toma al Niño en brazos y bendice a Dios. Ana habla del Niño a todos los que esperaban la liberación. Ambos reconocen a Cristo y lo anuncian. Y aquí encontramos una llamada profunda para nuestra vida cristiana: reconocer el rostro de Cristo en quienes Dios pone en nuestro camino.

Vosotros, consagrados, sois expertos en esta mirada. Cuántas veces habéis descubierto a Cristo en los pobres, en los enfermos, en los que viven sin rumbo, en los que buscan a Dios sin saberlo. Cuántas veces habéis sostenido manos temblorosas, escuchado historias rotas, acompañado vidas heridas. Y en cada una de esas personas, Cristo os ha salido al encuentro.

La vida consagrada tiene esta gracia: ver donde otros no ven, esperar donde otros desesperan, amar donde otros pasan de largo. Simeón y Ana reconocieron a Cristo en un niño pobre, en una familia humilde. Vosotros lo reconocéis en los rostros concretos de los hombres y mujeres que pasan a nuestro lado, en los jóvenes que buscan sentido, en los ancianos solos, en los migrantes que llegan con miedo, en las familias que luchan, en los que han perdido la fe y sin embargo siguen preguntando.

«Vida consagrada, ¿para quién eres?»

Y llegamos al corazón de nuestro lema. ¿Para quién eres? ¿Para quién somos? Esta pregunta no es un examen, es una invitación. Es la pregunta que Jesús hace a cada consagrado, a cada consagrada, y también a cada cristiano.

La respuesta no se da con teorías, sino con la vida. Somos para Dios, porque Él nos llamó primero. Somos para los hermanos, porque Él nos envía. Somos para el mundo, porque Él nos necesita allí donde la luz parece apagarse.

La vida consagrada no es para uno mismo. No es refugio ni huida, no es comodidad. Es entrega alegre, generosa, confiada. Es comunión vivida cada día, incluso cuando cuesta. Es encuentro con el Señor que sostiene, con la comunidad que acompaña, con el mundo que espera.

 Hoy quiero deciros, con profundo cariño y gratitud: vosotros sois un regalo para nuestra Iglesia diocesana. Vuestra presencia silenciosa, vuestra oración fiel, vuestra misión incansable, vuestra disponibilidad humilde… todo ello sostiene, ilumina y fecunda nuestra vida eclesial. Gracias por ser como Simeón y Ana en medio de nosotros: centinelas de la esperanza, testigos de la luz, corazones que saben esperar y reconocer al Señor.

Y no podemos terminar sin mirar a María. Ella presenta a su Hijo en el templo, y escucha de labios de Simeón palabras que atraviesan el alma: «Y a ti, una espada te traspasará el alma». María sabe que su Hijo será signo de contradicción. Lo fue entonces, lo es hoy, lo será siempre.

Todos nosotros conocemos de una u otra manera esa espada. La hemos sentido alguna vez en la incomprensión, en la pobreza, en la fragilidad de la misión, en los desafíos de la vida comunitaria. Pero como María, seguimos adelante, confiando, guardando todo en el corazón, sabiendo que la luz de Cristo no se apaga.

Que Ella, la Madre que presenta, que ofrece, que acompaña, os sostenga en vuestra entrega. Que os enseñe a vivir para Aquel que os llamó. Que os recuerde cada día para quién sois: para Dios, para la Iglesia, para el mundo que necesita vuestra luz.

Que el Señor, luz para alumbrar a las naciones, os bendiga y os renueve en vuestra vocación.

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