Con sede en la parroquia de San Esteban Protomártir, en Fuenlabrada, la Escuela de Lengua de Signos, nacida del impulso de catequistas y voluntarios tras un encuentro con la parroquia Santa María del Silencio –referente en atención a personas sordas y sordociegas en Madrid–, reúne a alumnos de toda la diócesis: Griñón, Parla, Pinto, Leganés, Villaviciosa y Navalcarnero.
Josué Cuesta, coordinador y profesor de la escuela, explica que «el ambiente es muy bueno y estamos muy contentos porque, poquito a poco, si Dios quiere, podremos hacer que en nuestras parroquias nuestros hermanos sordos puedan venir a Misa, a catequesis, a encuentros, a gozar de una vida parroquial como cualquier otra persona».
La escuela cuenta con dos niveles –básico e intermedio– y entre los alumnos hay profesoras de religión, catequistas, voluntarios de pastoral penitenciaria y personas que tienen familiares, vecinos o compañeros sordos. Todos comparten el deseo de aprender para poder acoger mejor.
«Se sienten como en familia»
La semilla de esta iniciativa se plantó en una reunión celebrada en la parroquia de San Isidro, en Leganés, donde catequistas de Getafe y Santa María del Silencio compartieron experiencias. «Unos meses después surgió la escuelita», recuerda Josué, quien también se formó en lengua de signos en Santa María del Silencio. «Me pareció maravillosa la parroquia, y cómo los hermanos sordos y sordociegos se sienten allí en familia».
La escuela no solo forma en lengua de signos, sino que también ha comenzado a signar misas en LSE. «En el Corpus del año pasado ya lo hicimos en Fuenlabrada, y este año también. Han venido personas sordas a misa, y las hemos signado entre cinco o seis compañeros de la escuelita. Ha sido muy gratificante y muy bonito», afirma Josué. Desde el años pasado, la misa dominical de las 11:30 horas en San Esteban se signa regularmente, con apoyo de voluntarios y de personas de Santa María del Silencio.

Entre los alumnos, el testimonio de Maribel, feligresa de San Esteban, refleja el impacto personal de esta formación: «Descubrí una realidad que para mí no era visible en mi parroquia. Fue un Jueves Santo, en la celebración del lavatorio de pies, y ver a los hermanos sordos, con la alegría que estaban celebrando, me sorprendió. Pero también me dio un pellizquito en el corazón porque no fui capaz de comunicarme con ellos». Desde entonces, Maribel no ha faltado a clase. «Cada martes lo disfruto, estoy conociendo gente de otras parroquias. El grupo crece, y uno toma conciencia de que el prójimo más próximo lo tenemos olvidado».
El obstaculo de ir a misa
Maite Valle, también alumna del segundo curso, se acercó a la escuela por una historia familiar: «Mi tía Beatriz es sorda y fue ella quien me enseñó lengua de signos cuando era pequeñita. Ahora quiero aprender más, sobre todo enfocado al Evangelio y al vocabulario de la Iglesia».
Maite destaca las dificultades cotidianas que enfrentan las personas sordas, y cómo la Iglesia puede ser un lugar de acogida si hay personas preparadas: «Ir a Misa puede resultarles un obstáculo porque no se suelen encontrar intérpretes. Gracias a Dios tenemos Santa María del Silencio, pero queremos que también en la diócesis de Getafe haya parroquias donde se les pueda ayudar».
La Escuela Diocesana de Lengua de Signos se ha convertido en un espacio de encuentro, formación y misión. Como dice Josué: «La lengua de signos no es difícil de aprender, es mucho más fácil que cualquier idioma. Vamos poquito a poco, aprendiendo vocabulario del ámbito cotidiano y del ámbito católico, para misas, catequesis y demás». Y con cada gesto, cada signo, cada palabra compartida, se construye una Iglesia más abierta, más fraterna, más completa.