Queridos amigos, el año litúrgico va llegando a su fin. Hoy celebramos el domingo trigésimo tercero del tiempo ordinario, es decir, el penúltimo. El tema de las lecturas que se nos proponen en estos últimos domingos suele estar acorde con esta circunstancia y tratar la cuestión de los últimos días, eso que llamamos de manera un tanto cinematográfica, “el fin del mundo”. No se asusten. El fin del mundo está en manos de Dios, que sólo quiere nuestra salvación y nuestra felicidad. Así lo contemplaremos esta mañana.
El libro del profeta Daniel, que escucharemos en la primera lectura, fue escrito en el siglo II antes de Cristo. Israel estaba dominado por el rey heleno Antíoco Epífanes, quien persiguiera violentamente la práctica religiosa judía. Quienes permanecían fieles a Yahvé se exponían a la tortura y a la muerte. El fragmento que escuchamos esta mañana quiere reconfortar a estos últimos, describiendo la llegada del Arcángel Miguel, que velará sobre el pueblo en tiempos terribles. Pero, al final de combate, la victoria de los sabios está asegurada y “brillarán como el fulgor del firmamento “. Ya se atisba la enseñanza de Cristo sobre la resurrección.
En el Salmo 15 la temática de la resurrección de los justos se mantiene. “No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”, rezaremos. Si bien es cierto que este salmo fue escrito siglos antes que el libro de Daniel, y que por entonces la creencia de la resurrección no estaba tan clara, a la luz de la revelación definitiva en Jesucristo, podemos ver en el salmo todo un canto agradecido al Dios que vence la muerte. Parece como una descripción de nuestra futura actividad en el más allá: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha“.
De nuevo nos encontramos en la segunda lectura con la carta a los Hebreos. Recordemos que uno de sus objetivos principales es el de dejar a las claras que, con Jesucristo, la Humanidad ha entrado en un nivel nuevo y definitivo en la relación con Dios. Ahora ya sólo hay un sacerdote-Mesías, Jesús, y el culto anterior queda sencillamente abolido. Los antiguos sacerdotes debían repetir una y otra vez los sacrificios de animales. Cristo se ha ofrecido al Padre una sola vez en la cruz. Los sacrificios antiguos eran incapaces de borrar los pecados. Cristo, “Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados”.
El Evangelio que resonará esta mañana en nuestras asambleas litúrgicas puede parecer estremecedor. No es habitual encontrar estas expresiones en el Evangelio de Marcos, de boca del mismo Jesús: “En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearan”. Estas expresiones no son ajenas a una creencia muy común en tiempos de Jesús, que ha quedado expresado en un género literario llamado “apocalíptico”. Todos se preguntaban qué pasaría al final del mundo y de la historia, y si el mal prevalecería sobre el bien. Pero la palabra “apocalipsis” significa literalmente “revelación” o “desvelamiento”.
Queridos amigos, ante este anuncio de destrucción y dolor en el mundo, no hay lugar para el miedo. El mensaje de las lecturas de hoy es que, al final, la victoria será de Jesús, que se revelará y desvelará definitivamente. “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte”. Entonces el bien triunfará sobre el mal y los justos verán la salvación de Dios. En nosotros está confiar en paz en las palabras de Jesús, mucho más seguras y estables que todo lo que podemos encontrar en este mundo. “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Y son palabras de amor. De amor total que nos espera. ¡Feliz domingo!

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