
29/10/2025. El 29 de octubre del año pasado se inscribió como una de las fechas más trágicas en la historia reciente de la provincia de Valencia. Hace justo un año, una virulenta Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA) descargó con una furia inusitada, provocando riadas catastróficas que arrasaron municipios enteros y cambiaron la vida de miles de familias.
La magnitud de la tragedia se mide en cifras desoladoras: los datos oficiales confirmaron el fallecimiento de 229 personas, con el dolor añadido de varias que aún permanecen desaparecidas. Además, la factura material del desastre ha sido estimada en más de 17.800 millones de euros en daños a infraestructuras, viviendas y actividad económica.
La respuesta inmediata de la diócesis de Getafe
Ante la devastación, la respuesta de la Iglesia no se hizo esperar. Grupos de fieles acompañados por sus sacerdotes viajaron inmediatamente, sin pensar en los riesgos para su vida o su salud, hasta las zonas más perjudicadas: Catarroja, Paiporta, Alfafar, Utiel y Torrent.
Uno de los primeros grupos de la diócesis en llegar a Chiva y Catarroja fue el de la parroquia Santiago Apóstol de Villaviciosa de Odón, que partió en la madrugada del día siguiente a la catástrofe, acompañados por el sacerdote Eliert Jerez, entonces vicario parroquial y actual rector del Seminario Menor.
Eliert relataba en aquel duro momento: “Lo que más duelen son las lágrimas. Valencia también está inundada de lágrimas. Hemos venido a dar consuelo y esperanza, y Dios quiera que esta gente, a través de la fe y nuestra caridad, recupere la esperanza que no defrauda. Seguiremos echando agua fuera, pero poniendo el amor de Dios dentro”.
Los jóvenes, de Getafe a Valencia para ayudar
La solidaridad se tradujo en acción directa en la zona cero. Enrique Alonso, delegado diocesano de Juventud de Getafe, recuerda aquellos momentos “como un tiempo de gracia, de caridad y de cariño de toda la Iglesia hacia aquellos damnificados que peor lo estaban pasando”.
Desde la noche de la tragedia, la Delegación movilizó a sus jóvenes, sintiendo “un deseo de poder ayudar de alguna manera” y organizando rápidamente un grupo de voluntarios. Aunque la ayuda humana directa no fue requerida de inmediato, diez días después —en coordinación con la Delegación de Juventud de Valencia— se pusieron en marcha dos furgonetas cargadas de material.
“Sentimos que hicimos mucho bien y que la Iglesia fue la primera que estuvo, la primera en organizarse y la primera en entregarse”, afirma Alonso.
Los voluntarios y sacerdotes de Getafe acudieron a diferentes iglesias de la zona, ayudando a achicar “litros y litros y litros de lodo”, reinstalando la luz, moviendo material sensible y donando libros, misales y herramientas.
“La gente se preguntaba dónde estaba Dios en ese momento. Y la verdad es que cuando uno va ahí se da cuenta de que Dios está en esas manos que ayudan, en esa gente que dona, en esos sacerdotes que abrazan a una familia que ha perdido todo”, recuerda el delegado.
“Jesús estaba en cada uno de nosotros”
Entre los voluntarios desplazados se encontraba Tebas María Palacios, de la parroquia Santos Niños Justo y Pastor de Parla, que viajó hasta Catarroja, una de las zonas más dañadas.
“Salimos con miedo, sin saber qué nos íbamos a encontrar, pero confiados porque sabíamos que no estábamos solos”, cuenta Tebas, que recuerda la experiencia “como un verdadero regalo”.
“En medio de
l caos descubrimos que en el servicio y la entrega está el verdadero amor. Era impresionante ver cómo, según llegaban los grupos de voluntarios, todo empezaba a rodar. Se respiraba cariño, unión y fe”, afirma.
De todo lo vivido, lo que más le impactó no fue el trabajo físico, sino el dolor de las familias: “La gente no pedía cosas materiales, solo necesitaba ser escuchada. Cuando preguntábamos cómo estaban, muchos se echaban a llorar. Se necesitaba tanta ayuda psicológica como espiritual”.
Tebas confiesa que regresar a casa fue difícil: “No supe cómo explicar a mis hijos y a mi marido la magnitud de lo que allí se vivía. Solo tenía claro que había que volver”.
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