
27/11/2025. La calle Hospital de San José en Getafe es cada mañana un hervidero de personas que van y vienen. Muchas de ellas, tienen como destino el «Hospitalillo», como se conoce coloquialmente. La Fundación Hospital San José es un pulmón benéfico que atiende cada día a cientos de personas. Se presta asistencia social, se entregan alimentos, se gestionan ayudas sociales y se asesora, además de servir de centro de eventos culturales y exposiciones.
Allí mismo, casi en un rincón, como escondida, se encuentra la Delegación de Migraciones de la diócesis. Y así es también su labor, como escondida, pero indispensable. Un auténtico salvavidas para los que se acercan cada mes en busca de asesoramiento, compañía y, por qué no decirlo, cariño y amistad. Lo hemos contado en el número de octubre de la revista «Padre de Todos».
Conoció al Papa León XIV
Un ejemplo es Rosa. Nació en una pequeña localidad de Chiclayo, Perú, donde estuvo como obispo varios años el Papa León antes de que Francisco lo llamara al Vaticano. Lleva seis años en España. «Vine porque tengo tres hijos y dos hermanos que ya vivían aquí». En Perú, «era autónoma, como se dice acá, pero no era estable. Uno de mis hermanos me planteó el venir aquí y como soy viuda y pasaba apuros, me decidí». Y continúa: «Mi marido murió hace 11 años en un accidente… quedarse con un niño es una situación muy dura, ¿sabes? Porque hay que pensar en su futuro. Entonces yo no lo pensé dos veces y vine» cuenta. A los doce días de llegar a Madrid, «conseguí el trabajo» y llamó a la puerta de la Delegación para recibir asesoramiento. «Me han ayudado en todo, me han asesorado para hacer las cosas bien y también para ayudar a mi hijo», revela contenta. Durante la conversación, asegura que «lo más doloroso que a mí me ha pasado trabajando de interna aquí es que, por ejemplo, no me dejaban coger un vaso para beber agua. Me he sentido despreciada y marginada poque me decían: “mira, tú eres la criada”». En este sentido apunta que «a veces te dicen palabras que duelen y no piensan que uno viene a buscar un futuro mejor, pero a buscarlo honradamente, y a servir a esas personas con mucho cariño, con mucho respeto». En estos años, alguna vez pensó en regresar a Perú porque se preguntaba: «¿Para que me traten así?, ¿para tener estas dificultades?, ¿para no tener casi qué comer?».
Que la diócesis le haya ayudado a través de la Delegación no es casualidad porque reconoce que «soy una mujer muy creyente en Dios y siempre pensé que Él tenía planes perfectos… y aquí estoy».
Rosa también ha pasado con éxito un cáncer, para el que ha sido muy importante la ayuda que ha recibido. «Lo que hace la Iglesia es fundamental; cuando una viene se siente muy desorientada. No hay quien te asesore bien, y quien lo hace es solo por dinero. En la parroquia a la que voy también hay Cáritas y nos ayudaron desde el principio», dice agradecida.
Ana es de Honduras. Los siete años que lleva en España tampoco han sido fáciles. «Vine porque la situación económica de mi país era muy mala y muy complicado encontrar trabajo. En mi familia teníamos muchos problemas económicos», explica. En España tenía amigas, pero no familia: «Nací en un pueblo, San Lorenzo Valle. Mis hermanas fueron a la capital, Tegucigalpa, buscando trabajo y al poco me fui con una de ellas que se había casado y tenía hijos». A los 17 años, dice, «necesitaba trabajar» porque no podían mantenerse. «Empecé a ganar algo de dinero en un taller de costura y con el tiempo me casé».
En la capital nació su primera hija y «los primeros años todo fue bastante bien». «Tuve muchos trabajos, pero cuando tuve a mi segundo hijo empezaron a escasear», señala.
«A veces no me han tratado bien»
«La cosa iba tan mal que me vine a España» y «aquí he tenido que luchar mucho», reconoce Ana. «Al llegar no te quieren dar trabajo porque no tienes papeles y al ser de fuera desconfían». Ana también ha trabajado de interna casi todos estos años. «Sobre todo con personas mayores. He estado en alguna casa en la que hacía muchas horas y a veces no me han tratado bien, pero una tiene que aguantar», dice también con pena.
Asegura que ha sentido a veces racismo y defiende que «hay personas que te ven y te hacen de menos por tu niveleconómico, por el color de la piel…». Por ejemplo, «en una casa me contrataron para cuidar a una persona mayor, pero me hacían limpiar la casa, cocinar, planchar… no me dejaban comer antes de las 17 horas». Ahora, trabaja de interna los fines de semana y apunta que «estoy a gusto, me tratan bien».
En su caso, la fe también le ha ayudado para no darse por vencida, y solo tiene palabras de elogio hacia la Delegación de Migraciones: «Sin ellos no hubiera podido hacer nada, han sido y son ángeles».
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