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Más de 200 niños del poblado de Río Guadarrama (Móstoles) recibieron el pasado 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, la visita de sus majestades de Oriente.
La jornada fue organizada por los Grupos de Oración del Corazón de Cristo de la Diócesis de Getafe y la Parroquia San Simón de Rojas (Móstoles), que colaboran desde 2014 en este poblado, donde conviven musulmanes, gitanos y payos.
La ilusión y el entusiasmo de los niños fueron más fuertes que las lluvias y, a pesar de estar diluviando toda la mañana, con o sin paraguas esperaron estoicamente su turno hasta poder sentarse en las rodillas de Melchor, Gaspar o Baltasar, destinatarios de sus cartas.
Después de la santa misa, que se celebró en la capilla de la Virgen de la Paloma, los Reyes Magos se postraron ante el Niño Jesús, adorándolo con profunda veneración. A continuación, saludaron a los niños y a sus padres y les brindaron el esperado pregón real, en el que explicaron que, guiados por la estrella, habían llegado hasta el Niño Dios.
Los tres reyes manifestaron su alegría por poder disfrutar de la mañana con los pequeños de Río Guadarrama.
Sus majestades les hicieron tres invitaciones muy importantes: que compartieran sus juguetes con los niños que no tienen nada y con todos aquellos que quieran jugar con ellos; que se esfuercen en ser cada día mejores, sin perder la ilusión de que este mundo puede ser mejor, con el esfuerzo de cada uno, y que amen más a Dios y a los demás y así ser felices.
Tras el pregón, los niños fueron pasando de uno en uno para recibir de manos de los reyes los regalos que habían pedido en sus cartas. Fue un momento entrañable, en el que tuvieron la oportunidad de conversar con sus majestades y éstas, de deleitarse con la sinceridad de los pequeños.
Además de llenarse de papeles amarillos que como una marea iban cubriendo las calles por donde pasaban los pequeños, el barrio se llenó de ilusión. Se podía respirar un ambiente de alegría, de compartir, de unión y de respeto. Era emocionante ver unidos a tres pueblos: musulmanes, gitanos y payos, en un mismo sentir y en un mismo querer.
Y es que el lenguaje del amor es universal. La caridad es capaz de acoger a distintas religiones, distintas lenguas, edades, culturas, razas y condiciones sociales y económicas. No sólo los niños y sus padres experimentaron el amor desmesurado de Dios, sino que también los voluntarios participaron de la infinita misericordia de Dios y se vieron desbordados por ella.
En este ambiente, se propició que de forma espontánea una familia del poblado diera las gracias a los catequistas y a todos los voluntarios que cada domingo comparten con ellos su tiempo, manifestando que les había cambiado su vida.
También sus majestades vivieron momentos de emoción cuando una niña les entregó unos dibujos que había estado preparando con mucho cariño para ellos.

 

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