16 – Ciclo B - Domingo de Ramos – (29/3/2015)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

La escuela del amor más grande

La Pasión del Señor es escuela de amor. Al comenzar la Semana Santa, la Iglesia presenta a través de la Liturgia una petición en favor de sus hijos: que las enseñanzas de la pasión nos sirvan de testimonio. Las enseñanzas de la pasión son testimonio porque mueven a imitación y graban en la memoria lecciones de vida eterna. A la Pasión se entra para aprender; en ella se permanece para crecer; desde ella se vive para amar.

El Domingo de Ramos se abre con la procesión de las palmas, recordando la entrada de Jesús en Jerusalén. Entre la multitud que mencionan los evangelistas ocupan un lugar destacado los niños. Necesario es hacerse niño –nos había dicho el Señor- para entrar en el Reino de los Cielos; necesario es aprender como un niño para entrar con Jesús en la escuela de la Pasión. La Pasión del Señor es, en efecto, escuela porque en ella está el Maestro. Jesús enseña con sus palabras y con sus obras, con lo que hace y con lo que padece.

El relato de la pasión viene precedido por la lectura del tercer cántico del Siervo del Señor, del profeta Isaías, en que el Mesías Siervo abraza la voluntad del Señor y manifiesta su firme decisión de cumplir la misión recibida del Padre. Por fuera el rechazo y el odio del mundo se harán cada vez mayores, por dentro el Mesías descansa en la comunión con el Padre: “Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido”. La segunda lectura presenta la encarnación y la obra redentora del Hijo como camino de humillación: el que es Dios como el Padre se hace hombre y asume la muerte y muerte de cruz por nuestra salvación.

El relato de la pasión de san Marcos comienza con la traición de Judas y añade algunos detalles singulares, como la confesión del centurión, cuando Cristo muere. La entrega de Cristo consumada en el Calvario comienza en la última Cena, convertida así en el aula donde el Maestro imparte lecciones de vida: entre los discípulos, el primero es el servidor; Simón caerá, pero, levantado, dará firmeza a sus hermanos; en adelante, Jesús estará con los suyos de otra manera. Tras la promesa de la Cena llega el cumplimiento de la crucifixión. La palabra eficaz del Maestro se verifica en la contradicción: el que enseña, cerrará la boca; el que trae la alegría soportará la angustia; el que siembra confianza recibe traición; el Hijo recibe el desprecio del esclavo; el justo Juez es ajusticiado; el Rey veraz y soberano comparece vituperado y encadenado; el atormentado regala consuelo a su paso; el Autor eterno de la vida, muere a los ojos del mundo derrotado. En la hora del poder de las tinieblas, la sola voz del Hijo amado anuncia la victoria del amor más grande. Para los que le dan muerte, el Hijo pide al Padre el perdón; para los que desvelan su culpa ante el Inocente, el Hijo promete el Paraíso; para el corazón que carga con el pecado del mundo, el Hijo busca el regazo del único que otorga consuelo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

En la escuela de la Pasión del Señor aprende quien acoge las palabras del Hijo Maestro; progresa quien camina detrás del que va primero; aprovecha quien reconoce en las heridas sus propias culpas; crece quien, como niño, se hace pequeño. Lección de amor, corazón requiere. La escucha, atención y disposición del discípulo son actitudes del corazón. En esta escuela el amor está velado: la belleza cubierta de oprobios; la ternura tapada por la crueldad; la verdad negada desde la mentira y la indiferencia; la vida herida por muerte ignominiosa. Para levantar el velo y descubrir el amor que todo lo puede necesario es devolver Amor a quien de forma extrema nos ha amado. Ante la Pasión de Jesucristo, un solo ruego: pedir amor, devolver amor; en todo y con Cristo, reaccionar amando. ¡Feliz domingo de Ramos!

15 – Ciclo B - Domingo V Cuaresma – (22/3/2015)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Vivir del amor de Cristo

En el camino de la cuaresma, el último domingo anterior a la Semana Santa, la Iglesia pone en nuestros labios una petición admirable: «que tu gracia nos ayude para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”. Podemos vivir del mismo amor de Cristo, ese amor que le lleva a entregar la vida. La grandeza de la vida cristiana no está en seguir unas normas elevadas de conducta o en descubrir el sentido último de la historia y de la creación. Todo eso, siendo de enorme importancia, descansa en una verdad previa: el corazón humano ha sido hecho para amar con el mismo amor de Dios. Habiendo sido creados a imagen y semejanza de Dios, la verdad de la condición humana sólo puede ser revelada por Cristo, imagen de Dios invisible. Según una expresión hermosa de la antigüedad cristiana, cuando Dios Padre moldeó al ser humano con el barro lo hizo teniendo delante un modelo, el Hijo que había de venir. Así, el amor humano es elevado a su expresión más plena cuando se deja inflamar con el mismo amor de Cristo. Las lecturas de este quinto domingo de cuaresma nos ayudan a comprender cómo podemos dejar que el amor del Señor inflame nuestro corazón.
En la primera, el profeta Jeremías proclama la palabra que recibe del Señor: «meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». En la ley de Dios, es decir, en los mandamientos, tenemos el remedio para vencer la idolatría y proteger el regalo divino de nuestra libertad. Cuando el ser humano destierra a Dios de su vida, se convierte en esclavo de sus pasiones, destruye su libertad y la de sus semejantes, y su corazón queda incapacitado para el amor.
En la segunda lectura, la Carta a los Hebreos nos invita a descubrir en la obediencia de Cristo el quicio sobre el que se apoya nuestra salvación. El sufrimiento de Cristo es escuela de obediencia donde su voluntad humana acoge la decisión divina que, con el Padre y el Espíritu Santo, toman para la salvación de los hombres. Ese querer humanamente lo que divinamente decide con el Padre y el Espíritu es la obediencia que nos ha devuelto la vida.
En el evangelio, Jesucristo anuncia su propia pasión, muerte y resurrección recurriendo a la comparación del grano de trigo que, para dar fruto, tiene que caer en tierra y morir. A los ojos del mundo, Cristo aparecerá en la cruz derrotado. Sin embargo, en su muerte está la manifestación del amor más grande y de la gloria del Padre. Designio insondable de misericordia: la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre ha brotado de la muerte de Cristo. Quien quiera comprender este misterio, que se deje llenar del amor de Jesucristo.
¡Santa cuaresma y feliz domingo!

14 - Ciclo B - Domingo IV Cuaresma - (15/3/2015)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

La alegría de la salvación

La conversión es disposición para recuperar la alegría perdida. Al llegar al cuarto Domingo de Cuaresma un grito de júbilo se abre paso en la Liturgia: Festejad a Jerusalén, gozad con ella, alegraos de su alegría (Is 66, 10). La sobriedad del camino cuaresmal está sostenida por la promesa de una alegría que se puede ya experimentar de forma anticipada. El salmo penitencial por excelencia recoge el lamento por el gozo malgastado y clama al único que puede vencer la tristeza: Hazme oír el gozo y la alegría (Sal 50, 10). La alegría puede ser oída: llega con la Buena Nueva, se transmite con la Palabra, se acoge con la fe, se experimenta en el corazón, se construye con el amor de las obras y se expresa en el rostro del ungido. Devuélveme la alegría de tu salvación (Sal 50, 14), es la petición del salmista que estamos llamados a hacer nuestra en el tiempo cuaresmal. El pecado afea la vida humana deformando la imagen bella de Dios en el hombre. Privado de belleza, el corazón humano cae en una tristeza de la que por sí mismo no puede escapar. Jesucristo, consciente de la situación del ser humano que el salmo declara, al completar su entrega para la salvación del mundo, confía a sus discípulos el fin de su misión: Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud (Jn 15, 11). Sabia es la Iglesia cuando en la travesía de la Cuaresma nos regala un domingo de alegría.
Las lecturas de este Domingo nos ayudan a descubrir los motivos de la alegría mientras caminamos hacia la Pascua. En la primera lectura, del segundo libro de las Crónicas, se describe la maldad del pueblo elegido que multiplicó sus infidelidades y fue llevado al destierro. En medio de la esclavitud en la que habían caído a causa de sus pecados, el Señor suscita al profeta Jeremías que proclama, en su nombre, un futuro de esperanza, y toca el corazón de Ciro el rey de Persia que anuncia la reconstrucción del templo de Jerusalén. Por grandes que sean las maldades de los hombres, mayor es siempre la misericordia de Dios, que no se cansa de darnos nuevas oportunidades para dejar nuestra maldad y ordenar nuestra vida con Él.
De misericordia habla también la segunda lectura, de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo”. Por pura gracia hemos sido salvados. En el evangelio, Jesucristo desvela el fin de su misión y para ello descubre el misterio escondido desde siglos: la muerte en cruz del Hijo amado no es el fracaso de su misión, sino la manifestación del amor infinito de Dios hacia los hombres. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.
El cuarto Domingo de Cuaresma es domingo de alegría, porque en él se nos descubre la magnitud infinita del amor de Dios y el poder de su misericordia. Como decía la beata Teresa de Calcuta: la alegría es el misterio del amor, quien se sabe amado por el Señor y ama a Dios y al prójimo, sabe qué es la alegría. ¡Santa cuaresma y feliz domingo!

13 – Ciclo B - Domingo III Cuaresma – (08/3/2014)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

La conversión cuaresmal: purificar la fe de toda forma de idolatría

La conversión es tarea de restauración. El daño que el pecado provoca es reparado por la misericordia divina que todo lo puede. Por eso, la conversión a la que el Señor nos llama consiste en abandonar la vida de pecado y dejarse abrazar por la misericordia de Dios. ¿Cómo podríamos desterrar el pecado de nuestra vida sin la fuerza del amor misericordioso de Dios? Avanzar por el camino de la Cuaresma es crecer en experiencia de misericordia: amor de Dios que nos cura moviéndonos a devolver amor. Cuando llegamos con la Iglesia al Domingo Tercero de Cuaresma, la Liturgia nos invita a pedir al Señor que nos restaure con su misericordia y nos invita a purificar la fe de toda forma de idolatría.
La primera lectura presenta los mandamientos de la ley de Dios como el remedio principal para vencer la idolatría. La palabra del Señor es clara: Yo soy el Señor, tu Dios. No tendrás otros dioses frente a mí. Nada destruye tanto al ser humano como el desprecio de Dios y la idolatría. Cuando el hombre destierra a Dios de su vida, cae en la esclavitud de los ídolos. La mentira que encierra todo pecado consiste en pensar que sin Dios seré más libre. Pero la experiencia demuestra una y otra vez que cuando el ser humano se erige en dios de sí mismo, y se vuelca entregando tiempo y energías a lo que no puede saciar su corazón, destruye su libertad y la de sus semejantes. Por eso, los mandamientos no son un recorte a la libertad humana, sino el remedio para su protección y crecimiento.
En la segunda lectura, san Pablo recuerda que el único signo del cristiano es Cristo crucificado. A los que ponen a Dios condiciones a la hora de creer (signos o sabiduría humana), el apóstol les predica el misterio de la Cruz. La señal definitiva de que Dios nos ama está en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: siendo nosotros pecadores, nos ha amado hasta entregar su vida por nosotros. No hay conversión sin fijar la mirada en Cristo crucificado.
En el Evangelio, Jesús se nos muestra enérgico y vigoroso en la defensa de las cosas del Padre. La expulsión de los mercaderes del Templo no es la reacción de un violento, sino la actuación de quien aleja del corazón de los hombres todo lo que puede apartarnos del amor infinito del Padre. La conversión es purificación del templo interior: arrancar los vicios para dejar que el corazón sea morada de Dios, espacio privilegiado para el trato con quien sabemos que nos ama. ¡Santa cuaresma y feliz domingo!

12 - Ciclo B. Domingo II Cuaresma - (01/03/2015)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Ver y oír en el camino hacia la Pascua

Siguiendo las huellas de Cristo en el camino de la Cuaresma, el evangelio de este Domingo nos traslada al misterio de la Transfiguración del Señor. Jesús toma a tres de sus discípulos y sube a lo alto de la montaña para orar. Allí se transfigura: su rostro cambia, los vestidos resplandecen. Moisés y Elías conversan con Él. La hermosura de la gloria sobrecoge a Pedro, quien desea instalar allí tres tiendas, pero la belleza no se deja atrapar en recintos hechos por manos humanas. Irrumpe entonces una nube luminosa que cubre y asusta, y desde ella resuena la voz del Padre. Queda solo Jesús. Hasta la resurrección habrá que guardar silencio. Al celebrar el segundo domingo de Cuaresma la Iglesia nos invita a revivir el misterio de la Transfiguración como ejercicio para avanzar en el conocimiento de Cristo y poner nuestra vida en estado de oración. Ambas cosas son necesarias para llegar a la Pascua. Jesús introduce a algunos de los discípulos en su espacio de intimidad con el Padre. Allí les deja entrever el esplendor de su gloria. Hay que poner la mirada en el rostro y no temer que el resplandor supere la capacidad de los sentidos. La humanidad visible del Hijo revela la verdad invisible de su divinidad. En el rostro del Hijo podemos contemplar al Padre. Junto a Jesús, Moisés y Elías conversan con Él. Para entrar con su humanidad en la gloria es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. La muerte será vivida por Jesús como testimonio supremo de su amor al Padre. Un secreto designio de misericordia se revela en la montaña: la Ley y los Profetas habían anunciado los sufrimientos redentores del Mesías; ahora sabemos que el Mesías es el Hijo amado del Padre. La Cruz abrazada en obediencia no es la aceptación resignada de un fracaso, sino el triunfo del amor más grande. El sufrimiento horroroso de la Cruz será la expresión más bella del amor extremo.

Desde el amor más grande se nos pide leer también las otras lecturas de este día. En la primera del libro del Génesis, la prueba de Abrahán nos habla de la fe que tiene su fundamento en solo Dios. La fe, para crecer, necesita pasar por la prueba del despojo incluso de lo que más queremos. El Señor bendice a Abrahán y se complace en su confianza incondicional. En la segunda lectura, el apóstol san Pablo invita a volver sobre el fundamento de nuestra confianza: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” Invitación a la oración para fortalecer nuestra vida de fe. Poner nuestra vida en estado de oración es imprescindible para progresar en la conversión. La escena de la Transfiguración, por revelar la verdad de Dios y su plan de salvación, es siempre escuela de oración. En ella descubrimos que la oración cristiana es participación por el Espíritu en la oración de Jesucristo al Padre; es contemplación del rostro del Hijo; es memoria de la promesa hecha al Pueblo elegido; es reacción de amor que supera el entendimiento ante la belleza de Dios y de su acción salvadora; es sobresalto por una presencia que abraza y envuelve; es escucha de la voz del Padre; es quedarse a solas con el Hijo; es guardar silencio y volver de una manera nueva a la llanura de antes.

¡Santa cuaresma y feliz domingo!

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