29 –  Domingo de la Santísima Trinidad – (15/6/2014)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Vivir en la verdad plena

Después de celebrar la solemnidad de Pentecostés, la Liturgia nos invita a celebrar el misterio central de la fe y de la vida cristiana: el misterio de la Santísima Trinidad. En este domingo la Iglesia pone una petición en nuestros labios: pedimos al Padre que nos conceda profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Tres acciones nos introducen en el Misterio: profesión de fe, conocimiento de la Gloria y adoración del Único Dios. Las lecturas de este domingo nos ayudan a llevar a cabo estas acciones.
Profesa la fe quien la confiesa, es decir, quien la declara con los labios como expresión de lo que lleva en el corazón. La profesión de fe es respuesta a la Palabra de Dios. Dios ha hablado al hombre en su propio lenguaje, mediante palabras y obras, desvelando su misterio y su plan de salvación. Enviando al Hijo, la revelación alcanza su plenitud. El Padre queda "como mudo" (san Juan de la Cruz), porque en Él nos lo ha dicho todo. El Hijo habla lo que oye al Padre. En la primera lectura, el episodio de la vida de Moisés en que sube al monte Sinaí para recibir del Señor los mandamientos, nos recuerda la actitud correcta ante Dios. Cuando Moisés percibe la presencia cercana de Dios, se inclina y se postra. Sólo cuando reconocemos nuestra verdadera estatura delante de Dios estamos en disposición de acoger su palabra y el don de su misma vida. Nada hay más contrario a la confesión de la fe que el orgullo de quien plantea la vida como si Dios no existiera. Por el contrario, quien se sabe niño a los ojos de Dios, se abre a la grandeza de sus dones. Confesar la fe en la Trinidad implica entrar en el coloquio amoroso de las Personas divinas con corazón de niño. La confesión de la fe es siempre un acto eclesial. En la Profesión de fe trinitaria está la proclamación de lo que Dios realiza en favor nuestro: nos crea, nos redime, nos santifica. En la Profesión está el reconocimiento de nuestra dignidad: creados capaces de Dios, redimidos por su amor misericordioso, llamados a compartir la misma vida divina. Inquieto estará nuestro corazón mientras no descanse en Dios.
Conoce la Gloria quien entra en trato con el Hijo. Jesucristo nos llama a imitarle, a seguirle y a permanecer en Él. El Espíritu Santo glorifica al Hijo porque de Él recibe lo que nos comunica. El Hijo glorifica al Padre porque todo lo recibe de Él. El Padre es glorificado por la entrega del Hijo. Misterio admirable de donación y acogida, que permite distinguir a las Personas en la Unidad de Dios. Conoce la Gloria de la Trinidad quien es introducido en los lazos amorosos de la comunión trinitaria. "Ves la Trinidad si ves el amor" (San Agustín). ¡Bendita Gloria que nos vivifica! ¡Bendita vida que nace del conocimiento de Dios! ¡Benditos lazos de amor que nos hacen verdaderamente libres! Conoce la Gloria de Dios quien vive alegre, trabaja por llevar una vida santa, cultiva la comunión con sus hermanos y promueve la paz, como pide el apóstol san Pablo en la segunda lectura.
Adora, en fin, al único Dios verdadero quien proclama con su vida el amor inmenso del Padre, que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. La adoración de Dios dignifica al ser humano porque le sitúa ante su propia verdad. Él es el Creador y nosotros somos sus criaturas. Plasmado a su imagen, dotado de dignidad personal, capacitado por la gracia para ser morada de la Trinidad, el ser humano reconoce en el Amor de la Santísima Trinidad su origen y su meta. Celebrar la Trinidad es vivir en la verdad plena.
¡Feliz Domingo!

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