30 – Ciclo A – Domingo del Corpus Christi – (22/6/2014)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

El signo y la realidad

Entre las dimensiones de los milagros de Jesús, se encuentra la de ser "signos": acontecimientos visibles que remiten a realidades invisibles. El evangelista san Juan recoge el discurso de Jesús pronunciado en Cafarnaún al día siguiente de la multiplicación de los panes y los peces. El mismo Señor explica el significado del milagro: el alimento multiplicado es el acontecimiento visible que remite a la realidad invisible de un don totalmente nuevo, la Eucaristía. En la Liturgia de la Solemnidad del Corpus Christi, la Iglesia nos invita a través del evangelio de san Juan a pasar del signo a la realidad. Destacar los elementos que hacen el signo permite entrar en la hondura de la realidad.
El primer elemento tiene que ver con el contexto de las palabras de Jesús. El evangelio de este domingo tiene el transfondo de la travesía del éxodo, que describe la primera lectura, del libro del deuteronomio: la escena se desarrolla en el desierto y con la murmuración del pueblo. La escena que describe san Juan se entiende como una actualización de los acontecimientos del éxodo, ahora referidos a la persona misma de Jesús. En este contexto, Jesús se sitúa frente al maná del desierto, presentándose como el pan bajado del cielo. Jesús invita ahora a los judíos a saciar su hambre en él. Al hacerlo, se presenta como aquel que culmina las aspiraciones del corazón humano.
El segundo elemento está en la invitación de Cristo a «comer» y «beber». El discurso de Jesús pasa de un comer en sentido metafórico (creer) a un comer en sentido real. La objeción surge en seguida: ¿cómo puede éste darnos a comer su carne? (Jn 6, 52). Jesús subraya el sentido fuerte del comer. Los judíos han oído bien: no les está hablando simbólicamente, sino con todo el realismo que implica la acción de comer. Cristo se entrega como verdadero alimento. Dándose como comida y bebida, Jesús comunica su misma vida.
El tercer elemento nos lleva a los efectos de la eucaristía: vida eterna, ya en el presente; resurrección de la carne en el futuro e inmanencia entre Cristo y el fiel. El alimento de la eucaristía es el sustento de la esperanza cristiana, la prenda de la gloria futura, el gozo anticipado de la comunión con las Personas divinas.
El cuarto elemento es la relación entre el misterio de la Encarnación y la Eucaristía. La encarnación tiende al don eucarístico y se consuma en él. La eucaristía no tiene sentido sino por la fe en Cristo, Pan vivo bajado del Cielo (el Hijo de Dios, encarnado). La Eucaristía es, ante todo, el Pan vivo bajado del Cielo, memorial de la Encarnación. La presencia de Dios con nosotros se perpetúa mediante el sacramento del amor que es la Eucaristía. La promesa de Cristo de permanecer con los suyos hasta que vuelva, la ha entendido la Iglesia principalmente a propósito de la Eucaristía. La cercanía del Señor se percibe de forma privilegiada en el misterio del altar. En la Santa Misa se actualiza el sacrificio de Cristo, realizado de una vez para siempre, y se ofrece al ser humano la posibilidad de entrar en la comunión de amor con Cristo y, desde Él, con el Padre y el Espíritu Santo. Bien lo declara el apóstol san Pablo cuando afirma, en la segunda lectura, que el pan que partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo.
En el discurso de Cafarnaún, pronunciado al día siguiente de la multiplicación de los panes, Jesús anuncia con sus gestos y palabras la entrega de un don superior. El signo estaba llamado a pasar; el don se dará para permanecer. Buscar a Jesús por el alimento que perece o cerrar su enseñanza en la sola solidaridad humana, es quedarse en el signo y renunciar a la realidad.  
Si en la Solemnidad del Corpus Christi se celebra también el día de la Caridad (caritas) es porque la realidad del amor infinito del Señor contenida en la Eucaristía exige por su propia grandeza el signo inequívoco del amor fraterno; sin éste no se abraza la realidad.
¡Feliz Domingo!

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