31 – Ciclo A – Solemnidad de san Pedro y san Pablo – (29/6/2014)

+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Fundamento de nuestra fe cristiana

No es habitual que la fiesta de un santo tenga prevalencia sobre el domingo en el calendario litúrgico. Este domingo, sin embargo, celebra la Iglesia con rango de solemnidad la fiesta de los santos Pedro y Pablo. La liturgia de este día los proclama, de forma conjunta, como “fundamento de nuestra fe cristiana” y nos invita a pedir al Señor que la Iglesia se mantenga siempre fiel a sus enseñanzas. De todos los santos nos dice la Iglesia que son modelos e intercesores, porque fijándonos en su vida podemos aprender algo para la nuestra y porque podemos mantener una relación real de amistad con aquellos que gozan ya de la bienaventuranza eterna y han sido asociados por el Señor a su mediación única y universal. Los santos pueden alcanzarnos favores porque están ya unidos para siempre a Jesucristo, el único Mediador entre Dios y los hombres. En el caso de san Pedro y de san Pablo, además del carácter modélico de sus vidas y de su poder intercesor, la liturgia destaca su enseñanza, a la que debemos permanecer fieles, y su condición de fundamento de nuestra fe. Las lecturas de la Palabra de Dios en este día nos ayudan a profundizar en el alcance de estas afirmaciones.

La primera lectura relata un episodio de la Iglesia antigua de gran trascendencia: algunos de los apóstoles ya han sufrido martirio, otros como san Pedro sufren prisión. Mientras el primero de los apóstoles está en la cárcel, la comunidad cristiana ora insistentemente a Dios por él. El ángel del Señor libera a san Pedro, quien retoma con perseverancia la tarea de seguir predicando el evangelio. La lectura desvela un aspecto fundamental de la Iglesia: los miembros de la Iglesia están unidos por la oración; mientras unos sufren, otros oran. Pedro no podrá cumplir la misión que el Señor le encomienda sin las plegarias de los demás miembros de la Iglesia.

La segunda lectura nos permite entrar en la interioridad del apóstol de los gentiles al final de su vida en este mundo. San Pablo escribe a su discípulo Timoteo, a quien él mismo ha puesto al frente de una de las comunidades cristianas fundadas por él. Ahora el apóstol se encuentra en prisión y ve próxima su marcha de este mundo. Repasa entonces el recorrido de su vida y comparte con serenidad las vivencias que han sostenido su vida: “he mantenido la fe”; el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje; me libró de los peligros; me llevará a su reino. Al final de sus días, el apóstol san Pablo, escogido por el Señor para llevar a los gentiles el Evangelio, revela el secreto de su empuje misionero: el Señor le sostiene; las dificultades humanas para conducir a otros al encuentro de Cristo no son nunca superiores a la fortaleza de la fe, a la seguridad de la esperanza y al fuego del amor, que el Señor otorga a los que tienen amor a su venida.

La lectura del evangelio nos invita, en fin, a volver a la región de Cesarea de Filipo y escuchar de labios del mismo Cristo la pregunta que decide la orientación de la vida humana: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Quien se limite a repetir las opiniones de otros, aunque sean mayoritarias, no llegará a conocer verdaderamente a Jesús, y su misma vida se instalará en la desorientación. Quien, por el contrario, se abra a la revelación del Padre, podrá confesar la verdad de Jesús. Es lo que hizo san Pedro, quien confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, y recibe de Jesucristo la misión de ser roca sobre la que se edifica la Iglesia. A san Pedro y a sus sucesores, Jesús ha confiado la misión de presidir el colegio de los apóstoles y de sus sucesores siendo su principio de unidad, y de confirmar en la fe a sus hermanos. Para llevar a cabo esta misión, el Señor le promete firmeza inquebrantable, superior a los ataques del demonio, y le confía el poder de “atar y desatar”, es decir, le confiere la potestad de actuar en su nombre, tomando decisiones en la tierra que quedarán refrendadas en el cielo.

Pidamos en este día por el Sucesor de Pedro, el Papa Francisco; pidamos por la unidad de todos los fieles bajo la guía de Pedro; pidamos, en fin, permanecer siempre fieles a las enseñanzas de san Pedro y san Pablo, a quienes el Señor ha constituido como fundamento de nuestra fe.

¡Feliz Domingo!

 

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