32 – Ciclo A – Domingo XXIII T.O. – (7/9/2014)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Proteger la alegría de ser miembros de la Iglesia
La participación en la Santa Misa es el momento más importante de la celebración cristiana del Domingo. Congregados por el Señor, los discípulos de Cristo comienzan la nueva semana actualizando el triunfo de la Resurrección, acontecimiento fundamental de nuestra fe que da sentido a todo lo que hacemos y padecemos. La celebración de la eucaristía dominical no sólo es alimento personal de la vida de fe, sino también cauce privilegiado para vivir la relación con el Señor con la conciencia de ser miembros de la Iglesia. Quien celebra bien el domingo se descubre amando, cada vez más y de forma espontánea a la Iglesia, y crece en deseo de colaborar en su misión evangelizadora. Cuando se celebra mal el Domingo o se vive la participación en la Misa como un acto individual y aislado, se deforma la pertenencia eclesial y las exigencias del evangelio se acaban acomodando a los propios gustos. Entonces, la fe se acaba considerando una carga y se rehúye la relación con los demás miembros de la Iglesia. Las oraciones y las lecturas de este Domingo vigésimo tercero del Tiempo Ordinario nos ayudan a descubrir la belleza de la Iglesia y nos enseñan a vivir con alegría en su seno.
La oración principal de este Domingo contiene dos peticiones dirigidas al Padre. La primera recuerda el beneficio de la redención por el que hemos sido hechos hijos de Dios y expresa una súplica confiada: “míranos siempre con amor de Padre”. No necesita Dios que le recordemos que es Padre; somos nosotros los que necesitamos recordar a diario que el Señor nos mira y nos protege con amor paterno. La segunda petición, evoca nuestra fe en Cristo, y ruega el don de la libertad verdadera y de la herencia eterna. Jesucristo es, en efecto, quien ha liberado nuestra libertad y nos ha alcanzado la auténtica libertad de los hijos de Dios; a Él y sólo a Él debemos la esperanza de la bienaventuranza eterna.
A la luz de esta doble petición, pueden ser entendidas las lecturas de este Domingo, como enseñanzas que nacen del amor del Padre, nos llegan por la instrucción del Hijo y actúan en nosotros por la acción del Espíritu Santo. El amor de las Personas divinas protege nuestra libertad y nos ofrece el ámbito en el que crecemos como hijos de Dios, partícipes de la misma vida divina. Esa es la vocación de la Iglesia: constituida a imagen de la Trinidad, está llamada a transparentar en este mundo la comunión de vida y amor que comparten las Personas divinas. Custodiar la comunión en la Iglesia, no consiste primariamente en un ejercicio que permite que nos llevemos bien los que formamos parte de ella. Es mucho más: es dejarse amar con el amor de la Trinidad y dejar que este amor esté en el centro de nuestra vida.
Así se entienden las enseñanzas de las lecturas de este Domingo. En la primera, el Señor habla por el profeta Ezequiel para recordar el vínculo estrecho que une a los miembros del pueblo elegido. La suerte de uno, es la de todos. El mal de uno afecta a todos y exige reaccionar ante ese mal con responsabilidad. Quien corrige a quien yerra, le salva y se salva a sí mismo. En la segunda lectura, el apóstol san Pablo recuerda que amar es cumplir la ley entera y que el amor debe ser nuestra única deuda para con los demás: “a nadie le debáis nada, más que amor”. En el evangelio, Jesucristo nos enseña a cuidar la comunión en el seno de la Iglesia, proponiéndonos tres tareas inaplazables: la corrección fraterna, el perdón y la oración en común.
Si hemos perdido la alegría de pertenecer a la Iglesia o estamos reduciendo nuestra vida cristiana a unas prácticas individualmente realizadas, debemos recordar que el Señor nos mira siempre con amor de Padre, nos concede la libertad verdadera, nos promete la herencia eterna y nos regala la familia de la Iglesia para que experimentemos de forma renovada el gozo de un amor que nos permite corregir y ser corregidos, disfrutar del perdón renovador y descansar en la presencia del Señor que se hace nuestro compañero de camino cuando nos reunimos en su nombre. ¡Feliz Domingo!

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