34 – Ciclo A – Domingo XXV T.O. – (21/9/2014)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Los planes del Señor

En la antigüedad cristiana se comparaba la Sagrada Escritura a un tesoro de infinitas riquezas que permanecía cerrado para quien no tuviera la llave. La llave –se decía- para abrir el tesoro de las Escrituras es Cristo. Leyendo desde Cristo la totalidad de la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, se pueden desentrañar las riquezas de la Palabra de Dios. Esto es lo que, de forma viva, la Liturgia nos propone cuando nos invita a leer las palabras antiguas del Antiguo Testamento, a la luz de las palabras nuevas del Nuevo. Cristo desvela los secretos escondidos en las Escrituras no simplemente para que sepamos más, sino para que, sabiendo, le conozcamos mejor, y, conociéndole, le amemos cada vez más. En la Palabra de Dios que se proclama en la Liturgia y en los sacramentos encontramos al mismo Cristo que nos abre los secretos de su Corazón y nos hace partícipes de su misma vida. 

Cuando llegamos con la Iglesia a la celebración del vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario, la Palabra de Dios nos sorprende con unas lecturas que quiebran los modos humanos de razonar. En la primera, el Señor anuncia por el profeta Isaías que sus planes y sus caminos son más elevados que los nuestros. En la segunda, el apóstol san Pablo llama a la muerte “ganancia”. Y en el Evangelio, Jesucristo desvela una forma de justicia en la que los últimos llegan a ser los primeros. ¿Cómo descubrir el secreto escondido en estas enseñanzas?

El mismo Cristo nos ayuda a ellos y nos propone en la conclusión de la parábola de este domingo una pregunta inquietante y asombrosa: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” En las lecturas de este domingo se nos invita a captar la bondad de Dios, manifestada de forma plena en Jesucristo, para que cambiemos nuestra manera de pensar, superemos la envidia y miremos siempre con esperanza a los que nos rodean.

En la primera lectura, el Señor llama por el profeta Isaías a un cambio profundo de vida. Para superar nuestras maldades es necesario que busquemos al Señor, que lo invoquemos y que regresemos a Él. En su piedad y en su perdón están nuestra salvación. Nuestra vida será más dichosa si acomodamos nuestros planes a los planes del Señor, y los planes del Señor se construyen siempre con piedad, perdón y misericordia.

En la segunda lectura, el apóstol san Pablo que, en la Carta a Tito, proclama lleno de alegría “¡Ha aparecido la bondad de Dios!”, nos descubre ahora, en la Carta a los filipenses de este domingo, el alcance de esta proclamación: no hay bien mayor que estar con Cristo, por eso, hasta la muerte, que repugna naturalmente a la condición humana, puede ser declarada un bien, pues tras ella sabemos que nos espera el Señor, nuestro Bien supremo. De ahí que el apóstol pueda decir: “Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir”, dejándonos una máxima luminosa en nuestra vida cristiana.

En el evangelio, Jesucristo nos propone la parábola del dueño de la viña que contrata trabajadores en diferentes horas del día y al final paga lo mismo a los primeros contratados que a los últimos. Lo que humanamente aparenta ser una injusticia se descubre al final como un ejercicio concreto de bondad y de misericordia: el Señor quiere contar con todos en su viña; a todos llama a trabajar en ella; a cada uno lo llama en su propia hora. Lo importante es aprovechar el momento de la llamada, responder con prontitud. La recompensa para quien responde, sea cual sea la hora, no es recibir un sueldo mayor o menor, sino formar parte de la viña del Señor, trabajar con quien es Bueno y descubrir que nuestro anhelo de bondad, necesitado tantos veces de curación, sólo puede ser colmado por Él, con Él y en Él.

¡Dichosos nosotros si aprendemos a mirarnos como el Señor nos ve y si practicamos con los demás la bondad y la misericordia que el Señor practica con nosotros mismos!

¡Feliz Domingo!

 

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