5 – Ciclo B. El Bautismo del Señor – (11/01/2015)
+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

El bautismo de Jesús: unción para la misión

El tiempo litúrgico de la Navidad concluye con la celebración de la Fiesta del Bautismo del Señor. Desde antiguo, la Iglesia ha visto este importante acontecimiento de la vida de Jesús, con el que se inicia su ministerio público, en estrecha relación con la adoración de los Magos, que celebrábamos el pasado día 6, y con el episodio de las Bodas de Caná, donde Jesús realizó el primero de los milagros, según relata el evangelista san Juan. Pero, ¿qué tienen en común estos tres momentos de la vida de Jesús? La liturgia nos da la respuesta: “Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán, Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino”. La adoración de los Magos, el Bautismo en el Jordán y las Bodas de Caná son la epifanía (manifestación) de Jesucristo como Salvador universal, Hijo de Dios y Esposo de la Iglesia. 

Manteniendo la relación de estos tres acontecimientos, se nos invita en este Domingo a profundizar en el significado del Bautismo de Jesús en el Jordán. La primera lectura, del profeta Isaías, recoge el primero de los llamados Cánticos del Siervo del Señor, donde Dios mismo presenta al Mesías, como su ungido y predilecto, llamado a traer la justicia a las naciones con un estilo caracterizado por la delicadeza y la misericordia. En la segunda lectura, del libro de los Hechos de los apóstoles, san Pedro resume la obra salvadora de Jesús y recuerda que su misión la cumplió tras ser ungido por el Espíritu Santo. En el evangelio de este año, san Marcos presenta el bautismo de Jesús en dos momentos: primero muestra a san Juan Bautista, el último de los profetas; después refiere el bautismo en el Jordán destacando el descenso del Espíritu y la voz del Padre. Acudiendo al Jordán para ser bautizado por el Bautista, Jesús acepta e inaugura su misión de Siervo doliente: el que no tiene pecado se deja contar entre los pecadores y carga con nuestros pecados. En derroche de misericordia, el Padre envía al Hijo para liberar al esclavo. Por amor al Padre, el Hijo acepta el bautismo de muerte para perdón de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone su complacencia en el Hijo. El Bautismo de Jesús es su manifestación como Mesías (“Ungido”) de Israel e Hijo de Dios, amado del Padre. 

El Bautismo del Señor es también unción con el Espíritu Santo. Jesús, que ya posee en plenitud el Espíritu Santo desde su concepción, recibe en el Jordán la efusión del Espíritu en orden a la misión. Es ungido en favor nuestro, como expresó bellamente san Ireneo de Lyon: “El Espíritu de Dios descendió sobre Él, de quien los profetas habían prometido que sería ungido con él, para que de la abundancia de su unción nosotros recibiéramos y fuéramos salvados”. Descendiendo sobre Jesús, el Espíritu se habituaba a habitar en el género humano preparando así nuestra santificación. De Jesucristo manará el Espíritu para toda la humanidad. Así, en el Jordán, Dios se revela como Trinidad: el Padre es el que unge, el Hijo es el Ungido, el Espíritu Santo es el ungüento. 

La celebración de la Fiesta del Bautismo del Señor nos recuerda que la vida nueva recibida en nuestro bautismo exige siempre crecimiento: buscar para encontrar y encontrar para seguir buscando. Bautizados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, hemos vuelto a nacer para dejar atrás la antigua vida de pecado y caminar en el amor de Dios. Dejar lo antiguo y estrenar lo nuevo. Después de habernos encontrado de una forma nueva con Cristo en la Navidad, se nos invita a volver a las tareas cotidianas también de una forma nueva, viviendo conforme a nuestra dignidad de bautizados, es decir, como verdaderos hijos de Dios. ¡Feliz domingo!

 

 

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