8 – Ciclo B. Domingo IV TO – (01/02/2015)

+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Amar a Dios con todo el corazón

Llegamos al cuarto Domingo del Tiempo Ordinario y la Liturgia pone en nuestros labios una petición sencilla, pero de enorme importancia: “concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda a nuestros hermanos”. Amor a Dios y al prójimo es el resumen de todos los mandamientos, el principio y la fuente de donde brotan todos los demás. Si “en amar está nuestro oficio”, como gustaba decir a Santa Teresa, nada hay más importante en esta vida que aprender a amar. La misma santa, contemplando el misterio admirable de la Eucaristía, se preguntaba por qué el Padre permite al Hijo que se quede con nosotros en este sacramento y respondía con la sabiduría de los santos: el Padre permite que el Hijo se quede en la Eucaristía para que nosotros aprendamos a amar. Cuánto cambiaría nuestra vida y la de tantos fieles que consideran que la Misa es una carga para sus vidas si comprendiéramos el alcance de lo que afirma santa Teresa. Participar en la Santa Misa es participar en la escuela del amor más grande, donde el Divino Maestro nos instruye con palabras y gestos a amar con todo el corazón. Pero, como en toda escuela, también en ésta es necesario que el discípulo-alumno ponga atención, sea dócil y se deje conducir por quien sabe más que él. ¿De qué nos habla hoy el Maestro?

En la primera lectura, del libro del Deuteronomio, el Señor promete a Moisés que del pueblo surgirá un profeta como él, cercano a los hombres y a Dios, de modo que, por su cercanía, los hombres lo reconocerán como hermano y en sus labios encontrarán la palabra de Dios. La promesa hecha a Moisés se ha cumplido en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, en quien la cercanía de Dios a los hombres y de los hombres a Dios ha alcanzado su punto máximo. Jesucristo, en lenguaje humano, nos habla de Dios, y al hacerlo nos ha desvelado su Misterio y el de nuestra propia condición. Admirable intercambio que la tradición cristiana supo expresar con palabras sencillas y certeras: el Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser hijo de Dios.

En la segunda lectura, el apóstol san Pablo nos invita a desterrar las preocupaciones y muestra las diferencias entre los esposos y las personas consagradas. Mientras los primeros andan atareados con las cosas propias de la casa y de la familia, los consagrados se pueden dedicar a los asuntos del Señor en cuerpo y alma. Sea cual sea la propia vocación, lo importante es que las preocupaciones que nacen de los asuntos cotidianos no impidan que nuestro corazón se centre cada vez más en el Señor. En el evangelio, finalmente, se nos presenta a Jesús enseñando en la sinagoga: las palabras van acompañadas de los hechos. La enseñanza que suscita admiración y asombro, queda corroborada por su actuación. Un hombre atormentado por un demonio queda liberado por la palabra de Cristo y la gente, al ver lo sucedido, exclama: “este enseñar con autoridad es nuevo”. Para amar a Dios con todo el corazón, de modo que el amor se extienda a todos, hay que dejarse curar por Jesús, confesar su autoridad, acoger su enseñanza y proclamar sus obras. O lo que es lo mismo, para amar con el amor de Cristo hay que dejarse amar por Él. ¡Feliz domingo!

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