10 - Ciclo B. Domingo VI TO - (15/02/2015)

+ José Rico Pavés, obispo auxiliar de Getafe

Tener siempre al Señor

El Señor se complace en habitar en los rectos y sencillos de corazón. Su presencia es descanso del alma y memoria de dignidad para el cuerpo. Como habita en el justo por amor, su entrada nunca se hace con violencia, sino con ternura y enamoramiento. Mira que estoy a la puerta. Si alguien escucha y abre, entraré y comeremos juntos. Quien escucha y abre, recibe al dulce Huésped del alma. Misterio admirable de la inhabitación: el Creador se hace cautivo de la criatura en la divina prisión del amor. Custodiar la interior presencia amorosa de las Personas divinas es el empeño principal de quien se deja amar por el Señor y arde en deseo de amor por Él. De ahí que la perfección del amor a Dios y al prójimo requiera poner en práctica una única tarea: “olvido de lo creado, memoria del Creador; atención a lo interior y estarse amando al Amado”. Cuando llegamos con la Iglesia al sexto Domingo del Tiempo Ordinario, la Iglesia pone en nuestros labios una singular petición: “Señor, concédenos vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros”. ¿Cómo debemos plantear la vida para merecer tener siempre al Señor? En las lecturas de este Domingo encontramos algunas indicaciones.

La primera lectura recoge la norma del Antiguo Testamento sobre los enfermos de lepra. La enfermedad no sólo tiene lamentables consecuencias físicas para el que la padece, sino también dramáticos efectos sociales. El enfermo se convierte en un excluido, es señalado y echado fuera de la vida social. Esta primera lectura pide ser leída a la luz del evangelio para comprender el alcance de los gestos y de las acciones realizadas por Jesucristo, que se acerca a los enfermos, los toca y los sana en el alma y en el cuerpo. Para merecer tener al Señor hay que superar las barreras que nos impiden acercarnos a Él y permitir que Él se acerque a nosotros.

En la segunda lectura, san Pablo invita a trabajar siempre para gloria de Dios. Para dar sentido a lo que hacemos y padecemos es imprescindible cuidar nuestras motivaciones, y valorar el bien de los demás tanto o más que nuestro propio bien. Tener al Señor con nosotros implica seguir su ejemplo, es decir, amar como Él nos ama, entregándose por los demás, aunque no haya quien corresponda.

En el evangelio se nos presenta a Jesús curando a un leproso. El evangelista nos dice que Jesús siente lástima, toca al enfermo y lo sana. La compasión y la cercanía hasta el contacto son la puerta de la curación. Quien tiene a Jesús en su vida, ama con su mismo amor, no pasa de largo ante quien sufre sino que se acerca a él, hace suyo el sufrimiento y manifiesta con su vida el amor que todo lo cura. Pidamos al Señor que nos conceda vivir de tal manera que merezcamos tenerle siempre con nosotros. ¡Feliz domingo!

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