Con Pedro y bajo Pedro
por José Rico Pavés

La expresión latina cum Petro et sub Petro expresa el sentir católico sobre la comunión eclesial que encuentra en el Sucesor de Pedro, el Papa, «el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles» (LG 23). Cristo, Nuestro Señor, al instituir a los Doce formó un grupo estable o “colegio”, eligiendo de entre ellos a Pedro, al que puso al frente. La Iglesia de Cristo, edificada sobre el cimiento de los apóstoles, encuentra en el Papa su principio visible de unidad. Caminar, entonces, con Pedro y bajo Pedro, es experimentar con gozo la pertenencia a la Iglesia Católica. Cuando fui nombrado obispo auxiliar de Getafe en julio de 2012 no podía imaginar que sería el último obispo nombrado para España por Benedicto XVI. Apenas seis meses después de la elección del Papa Francisco, la revista Palabra -hoy rebautizada con el nombre de Omnes- me pidió asumir una sección de apenas dos páginas para presentar de manera muy resumida las enseñanzas principales del Papa en el último mes. Asumí el encargo como una oportunidad para seguir más de cerca el magisterio pontificio de Francisco y ayudar a su recepción. En seguida se vio que sería útil aprovechar esos escritos para la revista diocesana “Padre de todos”. Bajo el título “Palabras del Papa” he tenido la dicha de preparar mensualmente un texto que ha recogido el eco de algunas de las muchas enseñanzas del Papa Francisco. Durante ocho de los nueve años como obispo auxiliar de Getafe la preparación de esta sección me ha servido para cultivar la comunión con el Sucesor de Pedro y ayudar a que los fieles de nuestra diócesis vivan en el gozo de esta comunión sabiéndose hijos de la Iglesia Católica, con Pedro y bajo Pedro. Ahora que el Papa me encomienda el pastoreo de la diócesis de Asidonia-Jerez, llega para mí el momento de ceder el testigo. Pido al lector que siga cuidando las palabras del Papa y en sus oraciones tenga un recuerdo de quien en estos años ha intentado ser su transmisor.

Allí lo veréis
por José Rico Pavés

Completada la cincuentena pascual, hemos celebrado la Solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad. Si el domingo anterior, al celebrar Pentecostés, resonaba la promesa de Jesús sobre el Espíritu Santo que nos llevaría a la verdad plena, al recuperar el ritmo del Tiempo Ordinario, la Iglesia, movida por el Espíritu Santo, nos invita a celebrar el mayor misterio que nuestra fe confiesa: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios; en la Unidad de la Trinidad está el Principio y Fin de todo cuanto existe; la Comunión Trinitaria es la Fuente y Meta del amor, pues Dios es amor. Jesús nos ha desvelado el misterio de la Trinidad Santa. La Iglesia nacida en Pentecostés cumple el mandato misionero de su Señor: anunciar el evangelio y bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La fiesta de la Santísima Trinidad, recuerda el Papa Francisco, «nos hace contemplar este maravilloso misterio de amor y luz del que procedemos y hacia el cual se orienta nuestro camino terrenal». El anuncio del evangelio requiere confesar la unidad de la Trinidad Santa: la belleza del evangelio es resplandor de la comunión trinitaria y esta belleza «requiere ser vivida y testimoniada en la concordia entre nosotros». Quizás más que en ninguna otra época, el anuncio del evangelio pasa hoy por dar testimonio de la Belleza de Dios, Uno y Trino. En un mundo cegado por el influjo del Padre de la mentira que ensalza lo horroroso y disfraza lo abominable con el manto seductor del engaño, se hace especialmente urgente el testimonio sencillo de los santos, como el asombrado grito de amor de san Francisco de Asís al recibir en su cuerpo las llagas de la pasión de Cristo, pronunciado por tres veces: “¡Tú eres Belleza! ¡Tú eres Belleza! ¡Tú eres Belleza!”. No falta razón al Papa cuando afirma: «María Santísima, en su sencillez y humildad, refleja la Belleza de Dios Uno y Trino, porque recibió plenamente a Jesús en su vida. Que ella sostenga nuestra fe; que nos haga adoradores de Dios y servidores de nuestros hermanos».

Allí lo veréis
por José Rico Pavés

En la noche santa de Pascua, durante la celebración de la “madre de todas las vigilias”, el Papa ha centrado su atención en las palabras que las mujeres escucharon al encontrar el sepulcro vacío: No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado; para detenerse después en la invitación: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis (Mc 16, 6-7). La primera homilía de Francisco en el recién estrenado tiempo pascual se ha dedicado a explicar el significado de la expresión “ir a Galilea”. Comenta el Papa tres significados: empezar de nuevo, recorrer nuevos caminos, redescubrir la gracia de la cotidianidad. El tiempo pascual desvela la fuerza de la esperanza cristiana: siempre es posible volver a empezar. «Incluso de los escombros de nuestro corazón Dios puede construir una obra de arte… en estos meses oscuros de pandemia oímos al Señor resucitado que nos invita a empezar de nuevo, a no perder nunca la esperanza». Recorrer caminos nuevos significa moverse en la dirección opuesta al sepulcro. Ir a Galilea significa aprender que la fe, para que esté viva, debe ponerse de nuevo en camino y reavivar cada día el asombro del primer encuentro. Cristo resucitado «ha establecido su presencia en el corazón del mundo y nos invita también a nosotros a sobrepasar las barreras para redescubrir la gracia de la cotidianidad. Reconozcámoslo presente en nuestras Galileas, en la vida de todos los días».

Pues si en la vigilia pascual Francisco nos ha recordado la importancia de ponernos en camino hacia Galilea, durante la cincuentena que conduce a Pentecostés nos ha ido enseñando a ver a Jesús resucitado. En el Domingo de la Divina Misericordia Jesús se muestra misericordioso comunicando la paz, dando el Espíritu Santo y mostrando sus llagas gloriosas. «En esas llagas experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo y que ha hecho suyas nuestras heridas». Los colmados de misericordia se vuelven misericordiosos. En las catequesis sobre la oración nos enseña Francisco la eficacia de la petición y la necesidad de la contemplación. En el Domingo del Buen Pastor resplandece el rostro de Cristo que defiende, conoce y ama a sus ovejas. «¡No nos cansemos nunca de buscar a Cristo resucitado!».

Misión en pandemia
por José Rico Pavés

Las enseñanzas del Papa durante el mes de marzo han estado marcadas por un acontecimiento histórico de enorme trascendencia, tanto por el contexto como por el desarrollo: el viaje apostólico a Iraq. Francisco ha dado cumplimiento a un deseo anhelado por san Juan Pablo II y, por primera vez en la historia, el Sucesor de Pedro ha podido viajar a la tierra de Abrahán, la antigua Mesopotamia. Lo ha hecho, además, en un contexto especialmente complejo: cuando las heridas de una terrible guerra y del terrorismo despiadado siguen abiertas y en medio de un estado internacional de pandemia. Si en los viajes apostólicos es donde especialmente el Papa muestra con gestos y palabras cómo entender su llamada a impulsar una nueva etapa evangelizadora, ha sido en este viaje a Iraq donde quizás esto se ha hecho de forma aún más clara. En el encuentro con las autoridades políticas y religiosas, y sobre todo con el Gran Ayatolá Al-Sistani, Francisco ha querido reforzar los vínculos sinceros de fraternidad, como camino seguro para la paz duradera: «la respuesta a la guerra no es otra guerra, sino la fraternidad». En el encuentro con la minoría cristiana, el Papa ha querido hacer de su viaje una peregrinación penitencial: acercarse al pueblo atormentado, a la Iglesia mártir, y tomar sobre sí en nombre de la Iglesia Católica la cruz grande que ellos llevan desde hace años. Bajo el lema “Todos somos hermanos”, en Iraq Francisco ha sido testigo de esperanza.

En medio del camino hacia la Pascua, completando las catequesis sobre la oración, la apertura del Año de la familia “Amoris laetitia” el día de san José, ha sido la ocasión para invitar a vivir un año de crecimiento en el amor familiar: «Invito a un renovado y creativo impulso pastoral para poner a la familia en el centro de la atención de la Iglesia y de la sociedad». Y la solemnidad litúrgica de la Encarnación del Señor, un recuerdo sugerente a Dante Alighieri al cumplirse el séptimo centenario de su muerte: «En este particular momento histórico, marcado por tantas sombras, por situaciones que degradan a la humanidad, por una falta de confianza y de perspectivas para el futuro, la figura de Dante… nos puede ayudar a avanzar con serenidad y valentía en la peregrinación de la vida y de la fe que todos estamos llamados a realizar, hasta que nuestro corazón encuentre la verdadera paz y la verdadera alegría, hasta que lleguemos al fin último de toda la humanidad, “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”».

Vida consagrada y las crisis de la pandemia
por José Rico Pavés

Apenas estrenado el mes de febrero la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, momento en el que, desde hace veinticinco años, tiene lugar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Este año el papa Francisco ha centrado la homilía de este día en la paciencia, a tres niveles: la paciencia de Simeón, la de Dios y la nuestra. Simeón no se dejó desgastar por el paso del tiempo. A pesar de los años, la llama de su corazón siguió ardiendo gracias a una paciencia aprendida en la oración y la vida de su pueblo. Su paciencia fue un reflejo de la paciencia de Dios, ejercicio de misericordia ante la debilidad humana, que nos da tiempo para cambiar. «Esta es la razón de nuestra esperanza: Dios nos espera sin cansarse nunca. Dios nos espera sin cansarse jamás. Cuando nos extraviamos, viene a buscarnos; cuando caemos por tierra, nos levanta; cuando volvemos a Él después de habernos perdido, nos espera con los brazos abiertos. Su amor no se mide en la balanza de nuestros cálculos humanos, sino que nos infunde siempre el valor de volver a empezar». Las personas consagradas deben aprender de Simeón a reflejar en sus vidas la paciencia de Dios en la propia vida personal, pues Dios es siempre fiel a sus promesas; en la vida comunitaria, llevando sobre los hombros la vida de quienes comparten la comunidad con sus debilidades y defectos; y ante el mundo, sabiendo esperar la luz en la oscuridad de la historia. Dos consejos finales a las personas consagradas: huir del chismorreo y no perder el sentido del humor.

En el Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, Francisco ha hecho balance del año anterior, calificado como un año de crisis provocadas o sacadas a la luz por la pandemia: crisis sanitaria, crisis ambiental, crisis económica y social, crisis política, crisis antropológica y de las relaciones humanas que ha provocado una catástrofe educativa. Ante esta situación, el año 2021 debe ser un tiempo bien aprovechado: «considero que la fraternidad es el verdadero remedio a la pandemia y a muchos males que nos han golpeado. Fraternidad y esperanza son como medicinas que hoy el mundo necesita, junto con las vacunas».