Como flor temprana que anuncia el cambio de estación, en el camino de la Cuaresma hemos conocido la convocatoria por parte del Papa Francisco de un Año Santo de la misericordia, un jubileo extraordinario centrado en la misericordia de Dios, con la que estamos llamados a consolar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El anuncio fue hecho durante la celebración penitencial del viernes previo al Domingo cuarto de Cuaresma, domingo de la alegría. El ritmo del Año litúrgico marca el tono y el contenido de las Homilías y de las meditaciones previas al rezo dominical del Ángelus. La Cuaresma es ocasión preciosa para invitar a construir un templo para Dios en nuestra vida, purificado con el látigo de su misericordia, cuya expresión máxima se encuentra en la Cruz de Cristo, prueba definitiva de que Dios nos ama hasta el extremo.


En las Audiencias de los miércoles sigue el Papa desarrollando las catequesis sobre la familia, con especial atención a los ancianos y a los niños. Haciendo suyas las palabras de Benedicto XVI, Francisco ha recordado que “la calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común”. La ancianidad es una verdadera vocación del Señor, pues es portadora de una gracia y una misión. “¡Cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos!”. El mismo Papa ha trasladado este ferviente deseo a la plenaria de la Academia Pontificia para la Vida, centrada este año en las atenciones debidas a las personas ancianas. “El abandono es la ‘enfermedad’ más grave del anciano, y también la injusticia más grande que puede sufrir: quienes nos han ayudado a crecer no deben ser abandonados cuando tienen necesidad de nuestra ayuda, nuestro amor y nuestra ternura”. Se descubre así el papel insustituible de la familia, de quien los ancianos han de recibir unos cuidados y atenciones, que ni siquiera las instituciones más eficientes y caritativas podrán ofrecer. Los niños, por su parte, son don precioso para la humanidad, riqueza para la Iglesia y para nosotros, pues nos hacen ver que todos somos siempre hijos, necesitados de ayuda, necesitados de amor y perdón, que son las condiciones para entrar en el Reino de Dios.

Al Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Argentina, al cumplir el primer centenario de la Facultad de Teología, el Papa Francisco le ha pedido que no se conforme con una teología de despacho. La teología debe ser expresión de una Iglesia que es “hospital de campaña”, participando de su misión de salvación y de curación en el mundo. También el teólogo debe poner en el centro de su servicio a la fe del pueblo de Dios la misericordia.

Poner el centro en Jesucristo ha sido, en fin, la invitación repetida por Francisco a los miembros y simpatizantes de tres regalos de la Providencia para la Iglesia de nuestro tiempo: la Obra de María (Focolares), el Camino Neocatecumenal y el Movimiento de Comunión y liberación. A los obispos amigos de los focolares les ha alentado a seguir adelante con su compromiso en favor del camino ecuménico y del diálogo interreligioso, contribuyendo además a la mayor comunión entre los movimientos eclesiales. A los miembros del Camino Neocatecumenal, especialmente a las familias en misión, Francisco ha dirigido palabras reconfortantes: “La tarea del Papa, la tarea de Pedro, es la de confirmar a los hermanos en la fe. Así, vosotros también habéis querido con este gesto pedir al Sucesor de Pedro que confirme vuestra llamada, que sostenga vuestra misión y bendiga vuestro carisma. Y hoy confirmo vuestra llamada, sostengo vuestra misión y bendigo vuestro carisma”. Al Movimiento de Comunión y liberación ha dirigido palabras de hondo agradecimiento por su fundador y por la vitalidad del carisma originario, y les ha pedido que estén “descentrados”, es decir, que no olviden nunca que el centro no es el carisma, sino Jesucristo.

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