El regalo del Papa
Por José Rico Pavés

El domingo 16 de septiembre, dos días después de celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Papa ha regalado a quienes acudieron a la Plaza de san Pedro para rezar el Angelus, un crucifijo entregado por religiosas, pobres y refugiados. Mientras se distribuía a los presentes, ha explicado Francisco que el crucifijo es el signo del amor de Dios y ha invitado a recibir este don y llevarlo a los hogares, no como un objeto de decoración, sino como un signo religioso que mueve a la oración. “Mirando a Jesús crucificado, miramos nuestra salvación”. Insistiendo en que al recibirlo no se debe pagar nada, Francisco ha declarado: “Esto es un regalo del Papa”. Finalmente, ha expresado su agradecimiento a quienes lo repartían, revelando también en ello un significado: “Como siempre, la fe viene desde los pequeños, de los humildes”. No falta razón a quienes consideran que las enseñanzas de Francisco se transmiten con igual fuerza tanto con los gestos como con las palabras. Cuando algunos parecen empeñados en sembrar la división ignorando el sentido de la Tradición católica que sostiene con firmeza que “la Primera Sede por nadie puede ser juzgada” (CIC 1404), el Sucesor de Pedro nos invita a dirigir la mirada a Jesucristo crucificado para reconocer en Él nuestra Salvación. Sólo los pequeños, que se saben agraciados, son dignos de comunicar a otros el don que se les ha confiado. En el regalo del Papa reconocemos el secreto de un estilo pastoral: contemplar al Crucificado para abrirse al don inmerecido del amor misericordioso de Dios; un don que se comunica desde la sencillez de corazón y se ofrece a todos sin distinción. Como un regalo extendido en el tiempo, las enseñanzas de Francisco en el último mes nos llegan mediante gestos misioneros y de comunión, junto a palabras de orientación. Entre los primeros, los viajes apostólicos a Sicilia, Lituania, Letonia y Estonia, además de la nueva configuración del Sínodo de los Obispos y de los pasos para alcanzar un acuerdo con China sobre el nombramiento de obispos: “Tenemos una tarea importante: acompañar con la oración fervorosa y la amistad fraterna a nuestros hermanos y hermanas en China”. Entre las segundas, intervenciones sobre el estilo de obispos que el Papa quiere para el momento presente y la manera de impulsar la revolución de la ternura. En realidad, difícilmente se podrá comprender el alcance de muchas de las decisiones de Francisco si se ignora su continua invitación a impulsar esta revolución de la ternura y de la misericordia. Una revolución que tiene su fundamento en la belleza de sentirnos amados por Dios y sentir que amamos gracias a Dios. Sólo esta revolución podrá salvarnos.

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