Para mayor gloria de Dios
Por José Rico Pavés

El mes de abril, como fruto temprano de la Pascua, nos ha traído la publicación de la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate, sobre la llamada a la santidad en el mundo actual. Con ella quiere el Papa Francisco que “toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad”. El documento no quiere ser un tratado sobre la santidad, sino que su objetivo es “hacer resonar una vez más la llamada a la santidad, procurando encarnarla en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades”. La nueva Exhortación se sitúa en continuidad con enseñanzas anteriores, principalmente con la Exhortación Evangelii gaudium. Si en ésta el Papa revelaba cuál quería ser el hilo interior de su pontificado, ahora se vuelve manifestar la orientación más profunda de sus actuaciones. Casi al final de Evangelii gaudium leíamos: “Unidos a Jesús, buscamos lo que él busca, amamos lo que él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre” (n.267). Ahora, en la conclusión de Gaudete et Exultate reaparece la misma motivación: “Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento” (n.177). Advirtiendo esta motivación interior en los gestos y palabras del Papa es fácil percibir, como hilo conductor de sus enseñanzas, el deseo de hacer resonar con fuerza la llamada a la santidad en el momento presente, señalando riesgos y oportunidades.

El tiempo de Pascua nos ayuda a descubrir de nuevo nuestra identidad de discípulos del Señor Resucitado. Las meditaciones previas al rezo del Regina Coeli y las predicaciones litúrgicas de las últimas semanas destacan los rasgos de esta identidad. Al igual que en la mañana del primer domingo de la historia, también nosotros debemos dejarnos sorprender por el anuncio de la resurrección y hemos de sentir la prisa por compartir este anuncio. Como el apóstol Tomás, estamos llamados a vencer la incredulidad y pasar del ver al creer. Podemos “ver” a Jesús resucitado a través de sus llagas, pues para creer “necesitamos ver a Jesús tocando su amor”. Pedimos en el tiempo de Pascua la gracia de reconocer a nuestro Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, de encontrar en su misericordia nuestra esperanza.

En el último mes el Papa ha manifestado su preocupación profunda por la situación del mundo: los conflictos bélicos en Siria y otras regiones del mundo, las revueltas en Nicaragua, el encuentro entre los mandatarios de las dos coreas. Pero la misma preocupación se ha hecho manifiesta ante los resultados de las investigaciones encargadas de esclarecer los casos de abusos y encubrimiento que están sacudiendo la Iglesia en Chile, o el dramático desenlace del niño británico Alfie Evans. No ignora el Papa tantas situaciones dolorosas del mundo contemporáneo y sobre ellas desea proyectar la luz esperanzada de Cristo Resucitado. Jesucristo, Buen Pastor, tiene poder para curar las heridas de la humanidad porque conoce a sus ovejas y entrega su vida por ellas.

Mientras invocamos a María en el tiempo de Pascua con el título de Reina del Cielo, miramos nuestro mundo con preocupación esperanzada. Celebrar el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, nos vuelve a recordar que hemos sido llamados a una vida santa.

El corazón joven de la Iglesia
Por José Rico Pavés

“En los momentos difíciles, el Señor hace avanzar la historia con los jóvenes”. Al recorrer el camino cuaresmal que conduce a la Pascua, las enseñanzas del Papa han prestado especial atención a los jóvenes. El horizonte cada vez más próximo de la celebración del Sínodo de los Obispos dedicado a los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, ha centrado las intervenciones de Francisco en el último mes ayudando a reconocer el secreto de la juventud que mantiene siempre lozano el corazón de la Iglesia. Es la savia del Evangelio que brota del costado traspasado del Redentor como torrente de agua viva que fecunda con vitalidad eterna a cuantos beben de ella. Para vivir el Evangelio de manera auténtica es necesario ver a Jesús desde dentro, es decir, entrar en sus llagas y contemplar en su Corazón el amor “por ti, por mí, por todos”. Al terminar la cuaresma y entrar en la Semana Santa, esa ha sido la invitación del Sucesor de Pedro: contemplar al Crucificado, descubrir el corazón joven de la Iglesia y escuchar el grito de los jóvenes que cambia la historia.

Mediante las alocuciones previas al rezo del Angelus y las homilías de las celebraciones litúrgicas, Francisco ha proyectado la luz de la Palabra de Dios en el itinerario de la Iglesia que lleva al encuentro con Jesucristo Resucitado. En este itinerario hemos acompañado a Cristo cuando expulsa a los vendedores del templo; hemos entrado en el diálogo de Jesús con Nicodemo para recibir la revelación del amor infinito de Dios; hemos sentido su atracción al ser levantado sobre la tierra; y hemos entrado, en fin, con Jesús en Jerusalén para experimentar al mismo tiempo alegría y sufrimiento: “en su cruz hemos sido salvados para que nadie apague la alegría del Evangelio; para que nadie, en la situación que se encuentre, quede lejos de la mirada misericordiosa del Padre”. Momento de especial intensidad en la contemplación de Cristo Crucificado ha sido la Jornada penitencial “24 horas para el Señor”: “El amor de Dios es siempre más grande de lo que podemos imaginar, y se extiende incluso más allá de cualquier pecado que nuestra conciencia pueda reprocharnos”. El pecado nos aleja de Dios, pero tenemos la certeza de que Él no se aleja nunca de nosotros.

El corazón joven de la Iglesia se percibe cuando se acude a la fuente y cima de la vida cristiana que es la Eucaristía y al testimonio de los santos. En las Audiencias de los miércoles, el Papa ha seguido desarrollando las catequesis sobre la Santa Misa, ofreciendo la explicación sencilla de cada una de sus partes. La visita pastoral a Pietrelcina y San Giovanni Rotondo han permitido al Papa rezar junto al cuerpo sin vida del Padre Pío y volver a proponer el testimonio de su vida santa y la ayuda de su intercesión: “Tres signos visibles (los grupos de oración, los enfermos y el confesionario) que nos recuerdan tres valiosos legados: la oración, la pequeñez y la sabiduría de la vida. Pidamos la gracia de cultivarlos todos los días”.

En las palabras dirigidas a los jóvenes participantes en la reunión presinodal, Francisco ha expresado la voluntad de la Iglesia de escuchar a todos los jóvenes, sin excluir a ninguno. Por eso, en la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en ámbito diocesano el Domigo de Ramos, el Papa se ha detenido a comentar las palabras de Jesús a los fariseos “de ayer y de todos los tiempos”: Si ellos callan, gritarán las piedras (Lc 19, 40). Y ha pedido a los jóvenes que griten: “En vosotros, jóvenes, está la decisión de gritar, de decidirse por el “hosanna” del domingo para no caer en el “crucifícalo” del viernes…”

Cuando aún resuena el eco del reciente viaje apostólico del Papa Francisco a Chile y Perú, el mes de febrero nos trae siembra renovada de simientes cuyos frutos verán la luz en tiempos venideros. Donde habita el invierno, es el mes de las últimas podas, de las cigüeñas retornadas y de las primeras flores, las de níveos colores que preparan entre fríos la llegada de la primavera. Ciclo hermoso de las estaciones que, por repetido, no deja de ser menos admirable. Tanto como el ciclo del año litúrgico, oportunidad renovada de acompañar a Jesucristo en los misterios de su vida para descubrir asombrados el Rostro de Quien se ha hecho nuestro compañero en el camino de la vida. Como las estaciones traen renovación a las criaturas, así la Liturgia con sus tiempos nos abre al encuentro siempre actualizado de Quien lleva consigo toda novedad. La palabra de la Iglesia que pronuncia el Sucesor de Pedro de manera autorizada se acomoda a la sutil sinfonía que interpretan al unísono Creación y Liturgia, y, bajo la dirección del único Maestro, nos ofrece el ejercicio de una siembra a corto y largo plazo.

A corto plazo, la predicación al hilo de las fiestas litúrgicas recoge la luz de la Palabra de Dios que alumbra los pasos de la Iglesia en este mundo. La Fiesta de la Presentación del Señor ha acogido la vigésimo segunda jornada mundial de la vida consagrada. Francisco, dirigiéndose a los consagrados, ha vuelto al origen de toda vocación: “Todo comenzó gracias al encuentro con el Señor”. El miércoles de ceniza el Papa ha retomado el mensaje de cuaresma para este año: para superar todo lo que hace enfriar el corazón, la Iglesia nos ofrece el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno. La cuaresma es tiempo rico para dejar que nuestro corazón vuelva a latir al palpitar del Corazón de Jesús. Las catequesis de las Audiencias de los miércoles continúan la exposición sobre la Santa Misa. Francisco se detiene ahora en la Liturgia de la Palabra. Las lecturas alcanzan su cima en el Evangelio, donde permanece la Palabra viva de Jesús.

A largo plazo, el Papa vuelve a mirar a los jóvenes y en el Mensaje para la trigésimo segunda jornada mundial de la juventud, a celebrar el Domingo de Ramos del presente año 2018, invita a dirigirnos de nuevo a la Virgen María, la joven de Nazaret, para escuchar con Ella la voz de Dios que infunde valor y da la gracia necesaria para responder a su llamada: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios (Lc 1, 30). Con la Carta Apostólica en forma de Motu proprio “Imparare a congedarsi” (“aprender a retirarse”), el papa Francisco ha introducido algunas modificaciones en la normativa que regula las renuncias de obispos y otros cargos pontificios: se mantiene la renuncia a los 75 años pero el Papa puede decidir no aceptarla o no responder, y en esos casos se espera “una nueva forma de disponibilidad”. “Quien se prepara a presentar la renuncia debe prepararse adecuadamente delante de Dios, despojándose de los deseos de poder y de la pretensión de ser indispensable… Cualquier posible prórroga se justificará únicamente por motivos relacionados con el bien común de la Iglesia”.

En febrero se ha hecho pública la Constitución Apostólica Veritatis gaudium sobre las Universidades y Facultades eclesiásticas, fechada el 8 de diciembre de 2017. Este documento sustituye la Constitución Apostólica Sapientia Christiana, promulgada por san Juan Pablo II, apenas iniciado su pontificado, en 1979. La nueva Constitución ofrece una actualización, en el sendero de la reforma del Concilio Vaticano II, de las directrices eclesiales para las universidades y centros de estudios eclesiásticos. La actualización pone el acento en la misión y quiere responder a las exigencias académicas del momento presente.

Las primeras palabras públicas de Francisco al estrenar el nuevo año han recogido la orientación de la liturgia y han servido para dirigir la mirada a María Santísima, Madre de Dios, y retomar “bajo su materna protección el camino a lo largo de los senderos del tiempo”. La Virgen nos indica el verdadero modo de acoger el don de Dios: conservarlo en el corazón y meditarlo. María hace presente al Hijo las necesidades de los hombres, especialmente de los más necesitados. Las enseñanzas del Papa durante el primer mes del año pueden repasarse poniendo en ejercicio una lectura “mariana” que permita, al mismo tiempo, llevar por fuera las necesidades de nuestros contemporáneos y descubrir por dentro el don de Dios.

La Jornada mundial de la paz ha puesto su mirada en “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. Deseos de paz verdadera ha querido transmitir Francisco al Gran Imán de Al-Azhar en carta con ocasión de la conferencia internacional de apoyo a Jerusalén. A la Asociación Italiana de Maestros Católicos el Papa ha trasladado tres puntos de reflexión, a manera de tareas: la cultura del encuentro, la alianza entre familia y escuela, y la educación ecológica. No obstante, en el mes de enero, la misión de cargar por fuera con las necesidades de los hombres, encuentra un hito singular de reflexión en el Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede con motivo de las felicitaciones de Año Nuevo. Recordando el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, Francisco ha recordado dos lecciones que la humanidad tardó en aprender: la paz no se construye como afirmación de poder del vencedor sobre el vencido; la paz sólo se consolida cuando las naciones se confrontan en un clima de igualdad. Se cumplirán pronto setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Con ese motivo el Papa ha denunciado las formas modernas de colonización ideológica y los atentados a la dignidad de las personas, como los que vulneran el derecho a la vida, a la libertad y a la inviolabilidad de toda persona humana. En la fiesta de san Francisco de Sales, se ha publicado el Mensaje del Papa para la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: frente a las fake news, invitación a practicar un “periodismo de paz” inspirado en las palabras de Cristo “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). “El antídoto más eficaz contra el virus de la falsedad es dejarse purificar por la verdad”.

La liturgia es el ámbito privilegiado para descubrir por dentro el don de Dios. Así, la fiesta de la Epifanía del Señor desvela tres actitudes posibles ante la venida del Salvador: búsqueda atenta, indiferencia y miedo. Sólo si ejercitamos la primera, a imagen de los Magos, experimentamos la alegría de la salvación. María Santísima es la estrella que nos lleva hasta Jesucristo. Retomando las catequesis sobre la eucaristía, Francisco se ha detenido en el acto penitencial, que nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos delante de Dios conscientes de que somos pecadores con la esperanza de ser perdonados. Los momentos siguientes de la celebración eucarística, como el cántico del Gloria, la Oración colecta o el mismo silencio de la oración, contienen riquezas que el Papa comenta. El Viaje Apostólico a Chile y Perú ha servido para encontrar al pueblo de Dios que camina en aquellas tierras, y animar la fe y el desarrollo social de esos países. Con el lema “Mi paz os doy”, Francisco ha querido alentar en Chile “el camino de la democracia”, sin eludir algunas manifestaciones de protesta. En Perú, bajo el lema “Unidos por la esperanza”, el Papa ha dado inicio al itinerario del Sínodo Pan-amazónico y ha invitado a caminar juntos con toda la riqueza de las diferencias heredadas de la historia y de la cultura. Cuando se estrenan los propósitos de un nuevo año, conviene tener presente la certeza que nace de la fe: “En tiempos de turbulencias espirituales es necesario refugiarse bajo el manto de la Santa Madre de Dios”.

La “contemplación para alcanzar amor” del libro de los Ejercicios Espirituales, de san
Ignacio de Loyola, comienza con una nota muy esclarecedora: “el amor se debe poner
más en las obras que en las palabras”. El papa Francisco, buen conocedor de las
enseñanzas ignacianas, ha instituido una Jornada mundial de los pobres en el mes de
noviembre y en el mensaje para su primera celebración ha propuesto un lema muy
próximo a la nota de san Ignacio: “No amemos de palabra sino con obras”, inspirándose
en la exhortación del evangelista san Juan en su primera carta. El Sucesor de Pedro
instituye esta jornada en continuidad con el jubileo de la misericordia “para que en todo
el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo
concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados” e invita a toda la
Iglesia a “mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos
clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad”. En definitiva, el objetivo que el Papa
persigue es “estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y
del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro”. Las enseñanzas de Francisco en
el último mes bien se pueden repasar atendiendo a este objetivo.
Con el mes de noviembre se ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis en las Audiencias
de los miércoles centrado en la eucaristía. Desea Francisco “dar respuesta a algunas
preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para redescubrir o descubrir, cómo a
través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios”. “Participar en la misa es
vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor”, de ahí el respeto con el que se
debe participar en ella (“¡nada de móviles!”). La misa es la forma más sublime de
oración, es “encuentro con el Señor”, es el memorial del Misterio Pascual de Cristo,
remedio para librarnos del dominio de la muerte física y de la muerte espiritual que es el
pecado. Con la eucaristía vencemos el miedo a morir. En el mismo mes que, a propósito
de la primera Jornada mundial de los pobres, Francisco nos ha recordado que “todos
somos mendigos de lo esencial: el amor de Dios”, las catequesis sobre la eucaristía nos
traen a la memoria la certera predicación de san Juan de Ávila: “este Sacramento se
llama sacramento de amor, porque por amor es dado, amor representa y amor pone en
las entrañas”.
Los discursos de las diferentes audiencias concedidas en este mes mantienen la misma
orientación. A los miembros de la Federación Internacional de Universidades Católicas,
Francisco les ha pedido combinar investigación, enseñanza y promoción social,
prestando especial atención a migrantes y refugiados. Con los directivos y empleados de
la empresa Sixt ha hablado de proyectos para enjugar las lágrimas de los más pequeños
y débiles de la sociedad, los niños, saliendo al frente de la cultura del descarte y
edificando una sociedad más humana. A la comunidad del Pontificio Colegio
Ucraniano, al cumplir el octogésimo quinto aniversario de su creación, y a los
Escolapios, que han peregrinado con la familia amplia de las escuelas pías para
encontrarse con el Sucesor de Pedro, les ha llamado a educar, anunciar y transformar.
Los participantes en un Simposio para el desarme integral también han recibido de
Francisco una exhortación a las obras: es necesario “promover lo humano en su unidad
inseparable de alma y cuerpo, de contemplación y de acción”. La pregunta sobre el ser
humano ha centrado la reflexión en el encuentro con los miembros de la plenaria del
Pontificio Consejo de la Cultura. También en la entrega de los premios Ratzinger, el

Papa ha pedido cultivar la diaconía de la verdad. Y a las familias franciscanas de la
Primera Orden y de la Tercera Orden Regular ha pedido que, imitando a san Francisco
de Asís, vivan en todo como hermanos menores. Palabras para traducir el amor en
obras, como hermosamente formulara Lope de Vega en la comedia que adoptó como
título el refrán español “obras son amores”: “El amor solo desea / amor, la
correspondencia / quáles han de ser las obras / soberanamente enseña”.

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