Usar la medicina de la misericordia

Por José Rico Pavés. Obispo auxiliar de Getafe

La publicación de la Bula Misericordiae vultus, con la que ha sido convocado el Año Santo de la misericordia, ha traído de nuevo a la memoria las palabras del Papa san Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II: “En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad”. Estas palabras consoladoras parecen ser norma de vida en las enseñanzas y en los gestos del Papa Francisco. Sus intervenciones durante el último mes conservan el sabor agradable de esa medicina divina que es la misericordia.
La celebración del Triduo Santo y la inauguración del tiempo pascual nos han llevado al manantial del que brota la misericordia que salva al mundo. Por eso el Papa ha pedido no sólo conmemorar la pasión del Señor, sino entrar en el misterio, asumiendo los sentimientos y actitudes del mismo Cristo. En la Pascua encontramos el acontecimiento que trae la novedad radical para todo ser humano, para la historia y para el mundo: “Es el triunfo de la vida sobre la muerte; es la fiesta del renacer y de la regeneración”. Hay que dejar, en consecuencia, que la propia existencia sea conquistada y transformada por la resurrección de Jesucristo. “Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso”.
Las Audiencias de los miércoles han continuado las catequesis sobre la familia, centrándose en los niños, “el fruto más bonito que el Creador ha dado al hombre y a la mujer”, y en la complementariedad del varón y de la mujer, cuya unión esponsal es reflejo de la comunión trinitaria, a cuya imagen el ser humano ha sido creado. Medicina de misericordia está aplicando el Papa al hablar de las “historias de pasión” que lamentablemente viven muchos niños cuando son rechazados o abandonados. La misma medicina se aplica a las heridas provocadas por la ideología de género, que destruye la diferencia y complementariedad del varón y de la mujer, y pervierte las relaciones esponsales.
Con mirada de compasión y misericordia, pide Francisco que reaccionemos ante la situación de los cristianos perseguidos. “Desgraciadamente todavía hoy oímos el grito angustiado y desamparado de muchos hermanos y hermanas indefensos, que a causa de su fe en Cristo o de su etnia son pública y cruelmente asesinados –decapitados, crucificados, quemados vivos–, o bien obligados a abandonar su tierra”. Los discursos y homilías del último mes han estado traspasados por esta preocupación. Al recordar el primer centenario del genocidio del pueblo armenio, el Papa ha invocado la Divina Misericordia “para que nos ayude a todos, en el amor a la verdad y la justicia, a curar toda herida y apresurar gestos concretos de reconciliación y de paz entre las naciones que aún no logran llegar a un acuerdo razonable sobre la interpretación de estos tristes acontecimientos”. El panorama del mundo contemporáneo ha sido calificado por el Papa como “estado de guerra”, como una tercera guerra mundial “por partes”, en la que a diario asistimos a crímenes atroces y a sangrientas masacres. Como un gesto de reconocimiento a la herencia espiritual cristiana del pueblo armenio, el Papa ha proclamado Doctor de la Iglesia universal al monje y presbítero san Gregorio de Narek, poeta, teólogo y místico del siglo XI.
La medicina de la misericordia, en fin, se sigue aplicando durante el Año de la Vida Consagrada mediante el recuerdo del quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, quien todavía hoy nos ayuda “a ver el mundo con los ojos de Cristo, para buscar lo que Él busca y amar lo que Él ama”. A los formadores de la vida consagrada, el Papa ha pedido que vivan con alegría y gratitud su ministerio, “con la certeza de que no hay nada más bello en la vida que pertenecer para siempre y con todo el corazón a Dios, y dar la vida al servicio de los hermanos”. Sin duda, afianzar esta certeza es la mejor medicina de misericordia.

Como flor temprana que anuncia el cambio de estación, en el camino de la Cuaresma hemos conocido la convocatoria por parte del Papa Francisco de un Año Santo de la misericordia, un jubileo extraordinario centrado en la misericordia de Dios, con la que estamos llamados a consolar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El anuncio fue hecho durante la celebración penitencial del viernes previo al Domingo cuarto de Cuaresma, domingo de la alegría. El ritmo del Año litúrgico marca el tono y el contenido de las Homilías y de las meditaciones previas al rezo dominical del Ángelus. La Cuaresma es ocasión preciosa para invitar a construir un templo para Dios en nuestra vida, purificado con el látigo de su misericordia, cuya expresión máxima se encuentra en la Cruz de Cristo, prueba definitiva de que Dios nos ama hasta el extremo.


En las Audiencias de los miércoles sigue el Papa desarrollando las catequesis sobre la familia, con especial atención a los ancianos y a los niños. Haciendo suyas las palabras de Benedicto XVI, Francisco ha recordado que “la calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común”. La ancianidad es una verdadera vocación del Señor, pues es portadora de una gracia y una misión. “¡Cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos!”. El mismo Papa ha trasladado este ferviente deseo a la plenaria de la Academia Pontificia para la Vida, centrada este año en las atenciones debidas a las personas ancianas. “El abandono es la ‘enfermedad’ más grave del anciano, y también la injusticia más grande que puede sufrir: quienes nos han ayudado a crecer no deben ser abandonados cuando tienen necesidad de nuestra ayuda, nuestro amor y nuestra ternura”. Se descubre así el papel insustituible de la familia, de quien los ancianos han de recibir unos cuidados y atenciones, que ni siquiera las instituciones más eficientes y caritativas podrán ofrecer. Los niños, por su parte, son don precioso para la humanidad, riqueza para la Iglesia y para nosotros, pues nos hacen ver que todos somos siempre hijos, necesitados de ayuda, necesitados de amor y perdón, que son las condiciones para entrar en el Reino de Dios.

Al Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Argentina, al cumplir el primer centenario de la Facultad de Teología, el Papa Francisco le ha pedido que no se conforme con una teología de despacho. La teología debe ser expresión de una Iglesia que es “hospital de campaña”, participando de su misión de salvación y de curación en el mundo. También el teólogo debe poner en el centro de su servicio a la fe del pueblo de Dios la misericordia.

Poner el centro en Jesucristo ha sido, en fin, la invitación repetida por Francisco a los miembros y simpatizantes de tres regalos de la Providencia para la Iglesia de nuestro tiempo: la Obra de María (Focolares), el Camino Neocatecumenal y el Movimiento de Comunión y liberación. A los obispos amigos de los focolares les ha alentado a seguir adelante con su compromiso en favor del camino ecuménico y del diálogo interreligioso, contribuyendo además a la mayor comunión entre los movimientos eclesiales. A los miembros del Camino Neocatecumenal, especialmente a las familias en misión, Francisco ha dirigido palabras reconfortantes: “La tarea del Papa, la tarea de Pedro, es la de confirmar a los hermanos en la fe. Así, vosotros también habéis querido con este gesto pedir al Sucesor de Pedro que confirme vuestra llamada, que sostenga vuestra misión y bendiga vuestro carisma. Y hoy confirmo vuestra llamada, sostengo vuestra misión y bendigo vuestro carisma”. Al Movimiento de Comunión y liberación ha dirigido palabras de hondo agradecimiento por su fundador y por la vitalidad del carisma originario, y les ha pedido que estén “descentrados”, es decir, que no olviden nunca que el centro no es el carisma, sino Jesucristo.

En pocos trazos

Diciembre 2014 – enero 2015

Iglesia Madre

Por José Rico Pavés

Recuperadas las catequesis de las Audiencias de los miércoles, el Papa Francisco ha continuado su exposición sobre la Iglesia. Como en otras ocasiones, su palabra no pretende tanto profundizar en la comprensión teológica de la realidad presentada cuanto acercar los misterios de la fe a todos los oyentes. Mediante el recurso a comparaciones sencillas, el Santo Padre propone enseñanzas fáciles de acoger. Así, al hablar de la maternidad de la Iglesia, Francisco ha elogiado el papel de la madre en la vida de toda persona, para describir después los rasgos maternales que deben brillar en el Pueblo de Dios y en sus acciones. La Iglesia es Madre. Las madres son el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta. “Una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana, porque las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos, la ternura, la entrega, la fuerza moral”. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres. No es difícil ver en las enseñanzas pontificias del último mes un intento concreto de llevar a la práctica el estilo maternal que caracteriza la actuación de la Iglesia.

La fuerza moral se ha hecho visible en el saludo navideño dirigido a los miembros de la Curia, a quienes ha propuesto un verdadero examen de conciencia para ayudar a que mejore en comunión, santidad y sabiduría. La misma fuerza se ha manifestado en el encuentro con la Asociación Nacional de Familias Numerosas, mantenido el Domingo de la Sagrada Familia, en el que ha agradecido a los padres de estas familias el ejemplo de amor a la vida y ha recordado que, en un mundo marcado a menudo por el egoísmo, la familia numerosa es una escuela de solidaridad y de fraternidad; y estas actitudes se orientan luego en beneficio de toda la sociedad. La fuerza moral ha movido también a constatar ante los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede las dramáticas consecuencias de la mentalidad del rechazo y de la “cultura de la esclavitud”. No se cansa el Papa de pedir a los gobiernos que adopten medidas concretas en favor de la paz y la defensa de cuantos sufren las consecuencias de la guerra y de la persecución y se ven obligados a abandonar sus casas y su patria. Por eso, al cumplirse el quinto aniversario del terremoto de Haití, Francisco ha afirmado que nuestra primera preocupación debe ser la de ayudar al hombre, a todo hombre, a vivir plenamente como persona, pues “no hay verdadera reconstrucción de un país sin reconstrucción de la persona en su plenitud”.

La entrega ha acompañado al Papa durante las intensas celebraciones navideñas y durante el Viaje apostólico realizado a Sri Lanka y Filipinas, donde ha podido encontrarse con las comunidades católicas para confirmarlas en la fe y en la misión, para animarlas a buscar cada vez más el bien común de la sociedad y para favorecer el diálogo interreligioso en el servicio de la paz. A la entrega generosa del Sucesor de Pedro ha respondido la población con una generosidad aún mayor, alcanzando cifras de participación nunca antes alcanzadas en eventos públicos. Esa entrega nos permite reconocer la preocupación prioritaria del Papa a la hora de programar sus viajes apostólicos: aunque España se quedará sin la deseada presencia del Santo Padre en el año que acabamos de inaugurar, bien hemos comprendido, con gestos antes que con palabras, su voluntad de acercarse a las periferias geográficas y existenciales.

La ternura, en fin, ha guiado los encuentros con familias, jóvenes, religiosos, seminaristas y sacerdotes en Manila. Quedará grabada para siempre, entre las enseñanzas sin palabras de este Papa, la reacción a la pregunta de la niña vencida por las lágrimas. Al preguntar con llanto por el sufrimiento de los inocentes, la chica planteó “la única pregunta que no tiene respuesta”. “Solamente cuando Cristo lloró y fue capaz de llorar, entendió nuestros dramas”. Invitando a llorar con los que lloran y abrazando a los que sufren, el Papa ha manifestado la ternura materna de la Iglesia.

En pocos trazos
Enseñanzas del Papa Francisco
Enero-febrero 2015

Presidir en la Caridad
Por José Rico Pavés

Dos hechos han marcado las orientaciones del Magisterio pontificio durante el último mes: la creación de nuevos cardenales y el comienzo del tiempo litúrgico de la Cuaresma.

Con relación al primer hecho, Francisco ha recordado que en la Iglesia, toda presidencia proviene de la caridad, se desarrolla en la caridad y tiene como fin la caridad. La Iglesia que está en Roma tiene también en esto un papel ejemplar: al igual que ella preside en la caridad, toda Iglesia particular, en su ámbito, está llamada a presidir en la caridad. Por eso, recordando el himno paulino, el Papa ha pedido a los nuevos cardenales que sean “incardinados y dóciles”. Cuanto más incardinados estamos en la Iglesia que está en Roma, más dóciles tenemos que ser al Espíritu, para que la caridad pueda dar forma y sentido a todo lo que somos y hacemos. “Incardinados en la Iglesia que preside en la caridad, dóciles al Espíritu Santo que derrama en nuestros corazones el amor de Dios”. Los cardenales están llamados a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea.

Días antes de la celebración del consistorio, la Iglesia celebró el día del enfermo, recordando la memoria de la Virgen, Nuestra Señora de Lourdes. Con ese motivo, el Santo Padre ha recordado que la obra salvífica de Cristo no termina con su persona y en el arco de su vida terrena; prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios por los hombres. Enviando en misión a sus discípulos, Jesús les confiere un doble mandato: anunciar el Evangelio de la salvación y curar a los enfermos. Fiel a esta enseñanza, la Iglesia ha considerado siempre la asistencia a los enfermos parte integrante de su misión. “La Iglesia madre, mediante nuestras manos, acaricia nuestros sufrimientos y cura nuestras heridas, y lo hace con ternura de madre”.

En las audiencias de los miércoles el Papa sigue completando la exposición sobre la familia, con catequesis sobre el padre, los hijos y los hermanos. Una enseñanza que se amplía en la Carta dirigida a los Presidentes de las Conferencias Episcopales y a los Superiores de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica sobre la Pontificia Comisión para la tutela de menores. “Como expresión del deber de la Iglesia de manifestar la compasión de Jesús a los que han sufrido abuso sexual, y a sus familias, se insta a las diócesis y los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica a establecer programas de atención pastoral, que podrán contar con la aportación de servicios psicológicos y espirituales. Los Pastores y los responsables de las comunidades religiosas han de estar disponibles para el encuentro con los que han sufrido abusos y sus seres queridos: se trata de valiosas ocasiones para escuchar y pedir perdón a los que han sufrido mucho”.

En cuanto al comienzo de la Cuaresma, el Mensaje del Papa para este año contiene una firme invitación a vencer uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo: la globalización de la indiferencia. Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan. Para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo, el pueblo de Dios necesita la renovación que el periodo cuaresmal le ofrece. Esa renovación pasa por encontrar a Dios en el corazón de la ciudad, como tarea específica de los laicos; pasa por seguir impulsando la reforma de la Curia vaticana, para favorecer una más eficaz evangelización desde la auténtica sinodalidad y colegialidad; pasa porque los sacerdotes pidan el don de las lágrimas para que su conversión y oración sean cada vez más humildes y sin hipocresías.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Amar con su mismo amor para vencer toda forma de indiferencia. Dejar así que la caridad ocupe la presidencia.

En pocos trazos
Noviembre – diciembre 2014

Dejarse consolar por el Señor
Por José Rico Pavés, Obispo auxiliar de Getafe

El tiempo litúrgico de Adviento nos ha vuelto a traer con vitalidad nueva la exhortación del profeta Isaías: “‘Consolad, consolad a mi pueblo’, dice el Señor” (Is 40, 1). Refiriéndose a estas palabras, el Papa Francisco ha invitado a difundir entre el pueblo este mensaje de esperanza. Hay que dejar espacio a la consolación que viene del Señor. Pero no podrá ser mensajero del consuelo de Dios quien no haya experimentado antes la alegría de ser consolado y amado por Él. El mundo necesita hoy testigos de la misericordia y de la ternura de Dios: “Todos estamos llamados a consolar a nuestros hermanos, testimoniando que sólo Dios puede eliminar las causas de los dramas existenciales y espirituales”.

Las intervenciones del Santo Padre en el último mes, bien puede leerse como un ejercicio concreto de testimonio de la ternura de Dios. En este sentido han sido especialmente significativos los viajes del Papa a Estrasburgo y a Turquía. En el primero se ha dirigido al Consejo de Europa, recordando la intención de sus Padres fundadores de construir un espacio europeo de unidad, paz y defensa de la libertad y dignidad humana. Se ha dirigido también al Parlamento Europeo para dirigir un mensaje de esperanza y aliento, fundado en la dignidad y la trascendencia; reafirmando la centralidad de la persona humana, el Papa ha destacado la contribución que el cristianismo ha dejado en el pasado y la que pretende seguir dando en el futuro, una contribución que, lejos de ser un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, es un enriquecimiento.

En el viaje apostólico a Turquía, el Papa Francisco ha reconocido con agradecimiento la cordialidad y respeto de las autoridades; ha reafirmado la necesidad de que los Estados reconozcan la relevancia pública de la fe religiosa y garanticen a todos la libertad de culto; ha expresado el deseo de que cristianos y musulmanes trabajen juntos por la paz, la solidaridad y la convivencia pacífica; ha invocado al Espíritu Santo con los pastores y fieles de los distintos ritos católicos para que el Pueblo de Dios, en la diversidad de sus tradiciones, crezca en apertura y docilidad a su acción; ha firmado con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, una Declaración renovando el compromiso de proseguir el camino hacia la plena comunión entre católicos y ortodoxos. Cooperación con las autoridades civiles, diálogo y convivencia entre personas de distintas confesiones religiosas, promoción del diálogo ecuménico y oración con católicos de diferentes tradiciones son tareas que el Papa impulsa desde la propia experiencia del consuelo de Dios.

En Carta dirigida al Presidente del Pontificio Consejo para la Familia con ocasión del VIII Encuentro Mundial de las Familias que se celebrará en Filadelfia en septiembre de 2015, el Papa ha transmitido un mensaje de esperanza al glosar el tema elegido “El amor es nuestra misión. La familia plenamente viva” y recordar que “la misión de la familia cristiana, hoy como ayer, es anunciar al mundo, con la fuerza del Sacramento nupcial, el amor de Dios”. De este anuncio nace y se construye una familia viva, que pone el hogar del amor en el centro de todo su dinamismo humano y espiritual.

Las catequesis de las Audiencias generales de los miércoles han cerrado el ciclo dedicado a la Iglesia, con la exposición sobre la Jerusalén celeste hacia la que nos encaminamos, y antes de abrir un nuevo ciclo, el Papa ha querido aclarar algunos puntos importantes sobre la III Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, desarrollada el pasado mes de octubre, y sobre los tres únicos documentos ahí emanados que deben considerarse oficiales: la Relación final, el Mensaje a las familias, y el Discurso conclusivo del Santo Padre.

Finalmente, al comenzar el Año de la vida consagrada, el Papa ha invitado a todos los consagrados a mirar al pasado con gratitud, abrazar el presente con pasión y proyectar el futuro con esperanza. Dejarse consolar por el Señor es tarea central que exige de todos los hijos de la Iglesia experimentar la misericordia de Dios en todo tiempo y circunstancia.

centenario3