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Homilía de D. Joaquín María López de Andújar, Obispo de Getafe, DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (A) (Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado-20 de Enero de 2008) Retransmitida por TVE

Queridos hermanos aquí presentes en este Templo Parroquial de S. Martín de la Vega y queridos hermanos que nos estáis siguiendo a través de las antenas de TVE.

En el marco del Octavario por la Unidad de los Cristianos, en el que todos los que creemos en Jesucristo nos unimos pidiendo a Dios que nos conceda el don de la unidad, hemos comenzado nuestra Celebración con una oración, la oración propia de este Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, que expresa uno de los deseos más hondos del corazón humano, el deseo de la paz: “Dios todopoderoso, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz” La paz es el bien más deseado. Sin paz es imposible la felicidad. Juan XXIII, en su encíclica Pacem in Terris, nos decía que la paz es “un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia sustentado y henchido por el amor y realizado bajo los auspicios de la libertad” (n. 167). Estos son los cuatro pilares sobre los que se sustenta la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Una vida plenamente humana y pacífica ha de buscar sinceramente la verdad, ha de fundamentarse en la justicia, ha de crecer en el amor y ha de desarrollarse en un clima de verdadera libertad. Esto es lo que, en el fondo, todos los hombres buscamos y esto es lo que necesitamos. Y, sin duda, son muchos los que sinceramente se esfuerzan por alcanzar este ideal de vida en ellos mismos y en la sociedad.

Sin embargo, los hechos que diariamente vivimos y nuestro propio desorden interior parecen desmentir este bello ideal. Empezando por la verdad, muchos se preguntan escépticamente como Pilato : ¿qué es la verdad? ¿existe realmente la verdad? Y ¿qué decir de la justicia?, ¿dónde encontrar los fundamentos de una verdadera justicia? Y ¿qué decir del amor? Pocas palabras han sido tan manipuladas y maltratadas como la palabra “amor”. Y, en medio de esta confusión, ¿cómo podemos hablar de libertad? Si la libertad se separa de la verdad, del amor y de la justicia, ¿qué queda? No queda nada. La libertad acaba convirtiéndose en puro desenfreno que termina por destruir al hombre.

Si en la oración de hoy hemos acudido al Señor pidiéndole que los días de nuestra vida se fundamenten en la paz es porque sabemos y creemos que sólo Dios puede poner orden en nuestra vida y sólo Él puede llenar de luz nuestra oscuridad. Si acudimos al Señor es porque sabemos que nuestra vida procede de Él y sabemos que si existimos no es por casualidad. No somos fruto del azar; somos fruto del amor. Dios nos ha creado por amor. Y sabemos también, por la fe, que la existencia del hombre, que brotó un día de las manos del Creador llena de belleza y armonía, tiene como vocación y destino la felicidad de la plena comunión con Él y con la obra que Él ha puesto en sus manos. Esa vocación primera ha quedado impresa indeleblemente en nuestro corazón de tal manera que nunca podrá borrarse.

Pero sabemos también que el desorden entró en el mundo y que el ser del hombre quedó herido en lo más íntimo. Ese desorden es el pecado y la huida de Dios; y esa herida íntima es el engaño de creer, en un delirio de omnipotencia, que el hombre puede encontrar en sí mismo el fundamento de su propio ser y que apartándose de Aquél que le dio la vida, puede encontrar en su propia fragilidad, claridad y consistencia.

El mal, el desorden, el pecado no es algo que se añada a la existencia del hombre, sino que es algo que se le quita. El mal es ausencia de ser, es ausencia de vida, es ausencia de amor, es regreso al no ser y a la nada. Cuando el hombre se aparta del manantial de la vida que es Dios, ya no es capaz de encontrar su destino y por eso languidece y muere de sed en medio de la confusión y la injusticia. El ser humano y todas las criaturas son, y existen, y encuentran su lugar y viven en armonía cuando permanecen vinculadas al Ser Supremo, al Dios que es Amor. Y cuando se desvinculan de Él, mueren. Eso es el pecado: el pecado es muerte y por eso el pecado sólo puede engendrar una cultura de muerte, de violencia y de desesperanza. Ese es el drama de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Ahí está el origen de todas nuestras desgracias y sufrimientos. Y, ante ello, el hombre, por mucho que se esfuerce, es incapaz de salir por sí mismo de esa tragedia.

Hoy el evangelio nos sitúa en las orillas del Jordán donde Juan el Bautista está bautizando. En medio de la multitud aparece Jesús. Nadie reconoce su presencia. Es un desconocido. Es uno más en medio de aquella muchedumbre. Pero el Bautista, por inspiración divina, le reconoce, sabe quién es y sabe cual es su misión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29)”: este es el que os bautizará con el Espíritu Santo para regenerar, cuando resucite, a la humanidad entera, este es el Elegido de Dios, el Hijo de Dios.

Cuando Juan el Bautista reconoce a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, está señalando el destino de Jesús y su misión redentora. Jesús como el cordero pascual que sacrificaban y comían los judíos para conmemorar la salida de Egipto, su paso de la esclavitud a la libertad, también va a ser sacrificado y también va a convertirse en alimento para que el mundo tenga vida, para que el mundo recupere la vida de Dios. Jesús es Dios mismo entre los hombres, es el Hijo de Dios entregado a los hombres, entregado a la libertad de los hombres para reconstruir sus vidas, para curar sus heridas, para sacarles del abismo profundo del pecado. Jesús es el Cordero de Dios inmolado, sacrificado, entregado a los hombres, que cargó con nuestros pecados y después de destruirlos en la cruz, con su resurrección gloriosa, como el primogénito de una nueva humanidad, nos abrió las puertas de la vida.

El amor infinito del Señor de la Historia no abandonó en el pecado al hombre que había creado, sino que envió a su Hijo. Y este Hijo, ofreciéndose en la fragilidad de una existencia humana, nos ha revelado a los hombres nuestro verdadero destino. Él ha mostrado a la humanidad entera, y a cada uno de nosotros en particular, que nuestra vocación última es alcanzar la plenitud del amor, entrando en comunión con el Misterio inefable de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Hijo de Dios vino al mundo, como decía Santo Tomás de Aquino, para hacer público el nombre de la Trinidad. El Hijo de Dios vino al mundo para recorrer con nosotros el camino que nos conduce a la meta para la que hemos sido creados, para que los días de nuestra vida se fundamenten en la paz; y para que así, el hombre en camino, asido a la cruz de Cristo, pueda contemplar con esperanza y realizar con gozo, ya en este mundo, la meta tan deseada de la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

Los que, por la gracia de Dios hemos conocido a Cristo y hemos creído en Él: tenemos la firme convicción y la plena confianza, y así se lo queremos comunicar a todos los hombres, que los deseos, aspiraciones y esfuerzos personales y sociales, encontrarán su verdadero sentido en el camino que el Verbo de Dios, Jesucristo, el Cordero que quita el pecado del mundo ha querido hacer con los hombres: Él es el camino, la verdad y la vida; o como comenta S. Agustín : Él es el camino que nos conduce a la verdad y a la vida.

Y desde esta perspectiva de esperanza hemos de enfocar un tema de extraordinaria envergadura que hoy la Iglesia, en este día de la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado, nos propone para nuestra reflexión. El Papa en el mensaje que, con motivo de esta Jornada, nos ha dirigido pone especialmente su mirada en los jóvenes emigrantes, e invita a todos -a las instituciones públicas, a las organizaciones humanitarias, a la Iglesia Católica y a los propios emigrantes-, a afrontar esta realidad con gran responsabilidad, reconociendo siempre la dignidad de la persona humana y sus derechos fundamentales inalienables y, en el caso de los jóvenes emigrantes, buscando, entre todos, cauces para una educación adecuada que haga posible que el mismo sistema escolar ofrezca caminos específicos de integración apropiados a sus necesidades, tratando siempre de crear en las aulas un clima de respeto recíproco y de diálogo entre los alumnos, sobre la base de los principios y valores universales que son comunes a todas las culturas.

Para alcanzar todo esto, pongamos hoy, como Juan el Bautista, nuestra mirada en el Señor, Jesús. Si permanecemos unidos a la Cruz de Cristo, el Cordero inmolado que quita el pecado del mundo, seremos capaces de cambiar nuestra mentalidad y de abrirnos a la luz de la verdad y de la misericordia divina. La cruz de Cristo cambiará nuestros esquemas, dará a nuestras vidas una orientación definitiva y hará que un día, por la participación en la Resurrección gloriosa del Señor, podamos celebrar plenamente lo que el Apocalipsis llama “las Bodas del Cordero”, para cantar eternamente con los bienaventurados: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Ap 5,12-14). “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa, la Iglesia, se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura, el lino de las buenas obras. Dichosos los invitados a las bodas del Cordero” (Ap 19,7-9).

Esto es lo que ahora, como primicia, celebramos en la Eucaristía: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, nos invita, en la Eucaristía, al banquete de la Vida, nos invita a entrar en plena comunión con Él, alimentándonos con su Cuerpo y con su Sangre. Él ha destruido nuestro pecado y nos ha mostrado el camino de la verdad para que nosotros, con su gracia, en medio del mundo, construyamos la paz: “ese orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por el amor y realizado bajo los auspicios de la libertad” (n. 167).

Que el Señor y su Santísima Madre, la Virgen María, nos ayuden a recorrer el único camino capaz de convencer al mundo, el camino del testimonio. Que no tengamos miedo a exponernos ante el mundo mostrando un estilo de vida que salva y dignifica al hombre. Y que seamos capaces de afrontar los riesgos de la cruz de Cristo, viviendo con Él este misterio de amor que ahora se va a realizar sacramentalmente en la Eucaristía. Amén

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