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ORDENACIÓN DE PREBÍTEROS

(12 de Octubre de 2007)
(Hech. 2,14.36-61; I Ptr. 2.20-25; Jn. 10,1-10)

Queridos sacerdotes, queridos seminaristas, queridos amigos y hermanos; y muy especialmente queridos diáconos, que hoy vais a recibir el Sagrado Orden del Presbiterado. Saludo con mucho afecto a vuestros padres y familiares: ellos han tenido una parte muy importante en vuestra vocación y estoy seguro de que están viviendo este momento con mucha alegría y emoción. Para todos: mi gratitud y mi cariño.

Hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús en las que Él explica el sentido de su vida y de su ministerio con la imagen del pastor. Jesús lleva a su cumplimiento la profecía de Ezequiel: “Yo mismo, en persona, cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas” (Ez. 34,11). En Jesús no puede haber más cercanía de Dios. En Jesús, Dios aparece entre nosotros como el Pastor del que nos habla el salmo 22. Estando junto a Jesús, podemos decir como el salmista: El Señor es mi Pastor y nada me falta (...) Su bondad y su misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.

Sin embargo, cuando leemos el evangelio de S. Juan llama la atención que no comience este importante discurso sobre el Buen Pastor diciendo Jesús. “Yo soy el Buen pastor”; sino que comienza utilizando otra imagen. Comienza diciendo: “Yo soy la Puerta”. “Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas” (Jn.10,1).Para ser verdadero pastor y no salteador hay que entrar por la puerta, que es Cristo; hay que entrar en comunión personal con Cristo. Si pretendemos entrar por otras puertas: por la puerta de nuestros intereses personales, o por la puerta de nuestro afán de protagonismo o por la puerta de los dictados de este mundo, nos convertimos en ladrones y bandidos. Sólo hay una puerta para entrar en el cuidado del rebaño; y esa puerta es Jesús.

Queridos diáconos, que hoy vais a ser ordenados presbíteros, el Señor os llama para hacerse presente, por medio de vosotros, entre los hombres como el Pastor Bueno que cuida con amor de su pueblo. Y sólo le haréis presente si entráis por la puerta que es Jesús, viviendo íntimamente unidos a Él y teniendo sus mismos sentimientos. Toda la vida del Señor es manifestación constante de un amor que da la vida. El siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas como ovejas sin pastor (cf. Mt.9, 35-36); Él busca las ovejas dispersas y las descarriadas (cf. Mt. 18,12-14) y hace fiesta al encontrarlas; Él las recoge y las defiende, conoce a cada una por su nombre (cf. Jn. 3), las conduce hacia los pastos frescos y hacia las aguas tranquilas (Cf Sal 22) y para ellas prepara una mesa alimentándolas con su propia vida.

Los que somos invitados para ser con Jesús pastores de su pueblo hemos de tener una plena conciencia de que el rebaño que se nos confía no es nuestro, sino de Jesús y, por tanto la Palabra que hemos de predicar no es nuestra palabra, sino la Palabra de Jesús, y los gustos y preferencias que hemos de manifestar no han de ser nuestros gustos y preferencias sino únicamente los gustos y preferencias de Jesús. Sólo es buen pastor el que entra a través de Jesús y sabe que el pueblo que tiene que cuidar no es propiedad suya, sino que es propiedad del Señor.

Para cuidar todo esto hemos de tener una honda vida espiritual y hemos de tener siempre muy claro a la hora de organizar nuestra vida sacerdotal cuales han de ser nuestras principales prioridades y los aspectos más esenciales de la misión que se nos confía.

En un encuentro del Papa Benedicto XVI, este verano, con un grupo de sacerdotes, uno de ellos le preguntaba: “Santo Padre ¿hacia que prioridades debemos hoy orientar nuestro ministerio los sacerdotes para evitar, en medio de nuestras múltiples actividades, la fragmentación y la dispersión?. Y el Papa haciendo referencia al discurso de Jesús a los setenta y dos discípulos que son enviados a la misión se fija en tres importantes imperativos: orad, curad y anunciad. Esas han de ser nuestras prioridades.

En este día de vuestra ordenación sacerdotal grabad en lo profundo de vuestro corazón estos tres imperativos de Jesús que nos recuerda el Papa: orad, curad, anunciad. Así entraréis por la Puerta que es Cristo y seréis pastores según su corazón.

En primer lugar, “orad”. El primer deber y la primera misión pastoral del sacerdote es la oración. Sin vida de oración nada puede funcionar. El sacerdote vive en Dios y para Dios y toda su vida ha de trasparentar a Dios: sus palabras, su pensamientos, sus acciones, sus deseos. Todo en la vida del sacerdote tiene que hablar de Dios. Esto es lo que el mundo quiere de nosotros. El sacerdote tiene que llevar a Dios a la vida de los hombres, para que la vida de los hombres, abriéndose al Misterio divino, que es Misterio de amor, alcance toda su belleza y plenitud. Pero para que esto sea posible el sacerdote necesita un trato personal, intimo y gozoso con el Señor. El sacerdote debe vivir una relación profunda y verdadera de amistad con Dios en Cristo Jesús, encontrando en la oración su alimento, su vida y su descanso.

En ese trato personal con el Señor la Eucaristía de cada día es el encuentro más fundamental. En la Eucaristía el Señor habla con nosotros y nosotros hablamos con el Señor. La Eucaristía es el momento más íntimo de unión con el Señor y de identificación con Él. Es el momento en el que uniendo nuestra vida al sacrificio redentor de Cristo nos ofrecemos al Padre para que, por el don de su Espíritu Santo, nos convierta en instrumentos suyos para llevar a todos los hombres su entrañable misericordia y la gracia de su redención. En la vida del sacerdote, no cabe mayor intimidad con Cristo que la que se realiza cuando con el pan y el vino en sus manos pronuncia las palabras de la consagración “Tomad y comed esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros (...) tomad y bebed esta es mi sangre que será derramada por vosotros”. En ese momento el sacerdote, contemplando cómo el Señor se entrega en sus manos, puede decir con toda verdad las palabras del apóstol: “Vivo yo, pero no soy yo Es Cristo quien vive en mi”. La Eucaristía configura la vida del sacerdote de tal manera que la convierte en alimento para el mundo, haciendo de ella un don para la humanidad. Cuando el sacerdote vive de la Eucaristía, se entrega a sus hermanos hasta tal punto que ya no tiene tiempo para sí: todo su tiempo es para los demás y sus energías y su trabajo y sus penas y sus alegrías, todo va orientado hacia aquellos que el Señor le ha confiado, para que conozcan y amen a Cristo y lleguen al conocimiento de la verdad.

En este vivir constantemente en la presencia del Señor ocupa un lugar muy importante la liturgia de las Horas. Con esta preciosa oración que la Iglesia nos regala, entramos en la gran plegaria de todo el Pueblo de Dios, recitando los salmos del antiguo Israel con la luz de Cristo resucitado, recorriendo el año litúrgico y las grandes solemnidades cristianas y alimentando nuestra fe con la palabra divina y la doctrina de los Padres de la Iglesia.

Y esta viva presencia del Señor hará que el sacerdote busque momentos de soledad y silencio para estar con Él. La oración personal hará que la oscuridad de nuestra vida se ilumine con la claridad de sus Palabra y nuestras penas y temores encuentren en la intimidad con Cristo el consuelo y la fortaleza; y hará también, cuando el Señor así lo permita y quiera purificarnos, que en lo momentos de sequedad y tinieblas le busquemos con esperanza y le pidamos con humildad y perseverancia que nos muestre su Rostro y nos haga sentir sus delicias.

El segundo imperativo que Jesús plantea a sus discípulos es “curad”. “ Curad a los enfermos y decidles: el Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc. 10,9). El Señor nos invita a estar siempre muy cerca de los enfermos, de los abandonados y de todos los necesitados. Ellos han de ser el objeto de nuestra mayor preferencia. Hay mucha gente herida por el fracaso y la soledad. Hay muchas personas que, incluso en medio de la opulencia, están interiormente marginadas y han perdido la esperanza. En medio de nosotros hay mucha hambre de vida y de justicia; hay mucha hambre de verdad; hay mucha hambre de Dios.

Cuando Jesús habla de curar se refiere a todas las necesidades humanas, que van siempre desde las necesidades materiales más materiales hasta las mayor y mas profunda de todas las necesidades que es la necesidad de Dios. Es un curar que muestra el amor de la Iglesia a todos los que viven abandonados. Pero para amar y curar hay que conocer. El buen pastor debe conocer las ovejas. “El va llamando a sus ovejas por el nombre (...) y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz” (Jn.10,3). Es un conocimiento que cura y da la vida. El buen pastor cura a sus ovejas dando la vida por ellas. El sacerdote no puede vivir en un mundo fabricado por su imaginación, separado de la realidad en la que se mueve la vida de los hombres. Es preciso conocer a las ovejas, tener relaciones y encuentros verdaderamente humanos con las personas que le han sido encomendadas. El sacerdote ha de tener “humanidad”, ha de ser “humano”, como Cristo, el Hijo de Dios, que se hizo hombre y así elevó a la más alta dignidad todo lo que es auténticamente humano.

Y, por eso, porque en el hombre, lo divino y lo humano van siempre juntos formando una unidad inseparable, también a este “curar”, en sus múltiples formas pertenece el ministerio sacramental propio del sacerdote. Especialmente el ministerio de la Reconciliación es un acto de curación extraordinario que el hombre necesita para estar totalmente curado. En el sacramento de la Reconciliación el hombre se encuentra con la misericordia divina que es capaz de dar vida a lo que está muerto y de transformar los males en bienes. El sacramento de la Reconciliación hace posible que donde abundó el pecado sobreabunde la gracia.

Realmente, no solo en el sacramento de Reconciliación, sino también en todos los sacramentos se realiza esta curación sacramental. Empezando por el bautismo, que significa la renovación total de nuestra existencia, en todos los sacramentos, particularmente en la unción de los enfermos, el Señor se acerca de nuestras vidas, por medio del ministerio del sacerdote para aliviar nuestro dolor y llenar nuestra vida de esperanza.

Los sacerdotes hemos de pensar y tener siempre muy presentes en nuestro corazón las muchas enfermedades de los hombres de nuestro tiempo y sus grandes necesidades morales y espirituales para denunciarlas y afrontarlas con fortaleza, orientando hacia Cristo la mirada de los hombres y conduciéndoles hacia Él. Sólo en Cristo, vivo en la Iglesia, encontrarán los hombres la curación de sus males y el fundamento de su inviolable dignidad.

Y, finalmente, el tercer imperativo de Jesús, que nos recuerda el Papa “anunciad”. Nuestra misión es anunciar el Reino de Dios: “En la ciudad en que entréis, curad a los enfermos y decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc. 10,9). Nuestra misión es anunciar el Reino de Dios. Y el Reino de Dios es Dios mismo, vivo y presente en medio de nosotros por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, que permanece entre nosotros en su Iglesia Santa. El Reino de Dios no es un utopía lejana, un mundo idílico que no sabemos si llegará algún día. El Reino de Dios es algo muy real. El Reino de Dios es Dios mismo, es Dios que se ha acercado a los hombres, es Dios que se ha hecho infinitamente cercano a nosotros en su Hijo Jesucristo. El sacerdote tiene que anunciar esa cercanía de Dios y no sólo anunciarla sino también hacerla viva entre los hombres mediante su predicación, mediante la celebración de los sacramentos y mediante el testimonio de su propia vida: una vida llena de Dios y que hable de Dios. En el ministerio de los sacerdotes los hombres deben percibir la humanidad de Dios: deben percibir la cercanía de un Dios que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre, encarnándose en las entrañas de la Virgen María y perpetuando esa encarnación, por el ministerio de los sacerdotes, en las entrañas maternales de la Iglesia.

Anunciar el Reino de Dios quiere decir hablar de Dios hoy, traer a Dios a la realidad de nuestro mundo, hacer presente la Palabra de Dios, hacer presente el Evangelio, hacer presente al Dios que ha querido permanecer con nosotros en la Eucaristía . Y para que esto sea posible el Señor ha querido regalar a su Iglesia el ministerio sacerdotal. ¡ Que grande es el don que se nos concede! Y ¡qué grande es también nuestra responsabilidad!. Sólo la misericordia de Dios hará posible que, a pesar de nuestra debilidad y pobreza, los sacerdotes podamos estar siempre a la altura del ministerio que se nos confía.

Por eso en la vida de los sacerdotes es fundamental la virtud de la humildad, que es la puerta de todas las virtudes. Una humildad que no haga comprender los límites de nuestras fuerzas, que nos haga reconocer nuestra pobreza y nuestro pecado y que nos haga poner nuestra fuerza y nuestra confianza sólo en el Señor.

En esta fiesta de la Virgen del Pilar nos acogemos a su amor maternal y le pedimos que cuide de nosotros los sacerdotes, especialmente de los que hoy van a ser ordenados, que cuide de aquellos a quienes su Hijo ha elegido para hacer presente en el mundo el Misterio de su Redención. Que la Virgen María nos muestre a Jesús y haga posible que toda nuestra vida y nuestro ministerio sacerdotal sea cauce seguro e instrumento dócil, en sus manos, para que llegue a todos los hombres el amor y la misericordia de su Hijo Jesucristo. Que como decimos y pedimos en la oración propia de este día, el Señor nos conceda, por intercesión de María, en su advocación del Pilar: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. Amen

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