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ORDENACIÓN DE DAVID
(9 de Septiembre de 2007)

Queridos hermanos sacerdotes, querido P. Provincial y comunidad de P.P.Trnitarios queridos amigos y hermanos. A todos os saludo con mucho cariño y especialmente a ti querido David y a tus padres, familiares y amigos.

Dice el evangelio que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias; y que al ver a las gentes se compadecía de ellas porque estaban como ovejas sin pastor. El Señor se conmueve al contemplar la desorientación de aquellas gentes e invita a rogar al dueño de la mies y del rebaño que envíe más trabajadores.

Y el Padre, que nunca nos abandona, sigue llamando nuevos pastores y les sigue invitando a su seguimiento. Es un llamamiento sumamente exigente y radical. Lo acabamos de oír: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío”. Es un llamamiento muy radical, pero es un llamamiento que llena el corazón. Tu, querido David, escuchaste un día esa invitación del Señor. El Señor te dijo : ven y sígueme, ven conmigo y vive como yo y contempla el mundo con la misma mirada con que yo lo contemplo y con el mismo corazón con que yo lo amo. Y tu te fiaste de Él y, en la Orden Trnitaria, te pusiste en camino. Y hoy, en la persona del Obispo, el mismo Señor, te vuelve a llamar confirmando aquella primera invitación y te envía al mundo para que, por tu ministerio apostólico, esa multitud desvalida y desorientada que puebla nuestros barrios, aldeas y ciudades, se encuentre con Cristo y en Él descubra el camino hacia el Padre, fuente de todo bien, la verdad sobre el hombre, sobre su existencia, sobre su origen y su destino y la vida en plenitud que le colme de felicidad.

Por el sacramento del Orden el Espíritu del Señor te va a enriquecer con sus dones para convertirte en pastor al servicio del supremo Pastor que es Jesucristo. Hoy podrás decir con palabras de S. Pablo: “Cristo Jesús me consideró digno de confianza (...) y la gracia del Señor sobreabundó en mi” ( 1 Tim. 1, 13-14). Sólo se puede ser pastor del rebaño de Cristo por medio de Él y en la más íntima comunión con Él. Sólo se puede ser apóstol viviendo en Él y estando con Él. El sacerdote, mediante el sacramento del orden es insertado totalmente en Cristo para que actuando con Él y como Él le haga presente entre los hombres cumpliendo permanentemente la profecía de Ezequiel: “Yo mismo en persona cuidaré de mi rebaño y velaré por él (...) los recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en días de nubes y de brumas (...) buscaré la oveja perdida, tomaré la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma” (Ez. 34, 11 sig.).

El Señor hoy te va a ungir y te va a enviar, como dice el profeta, para “anunciar el evangelio a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad (...) para consolar a los afligidos (...) y para cambiar su ceniza en corona y su traje de luto en perfume de fiesta” (Is. 61,1-3).

En su discurso sobre el buen pastor, del evangelista S. Juan, no señala Jesús tres cualidades esenciales del verdadero pastor, que hoy me gustaría meditar con vosotros. El verdadero pastor da su vida por las ovejas; las conoce y ellas le conocen a él; y está al servicio de la unidad. La primera cualidad del verdadero pastor es estar dispuesto a dar la vida por las ovejas. El Señor no nos pide a los pastores una parte de nuestro tiempo o de nuestras cualidades o de nuestro esfuerzo. El Señor nos lo pide todo. Nos pide entregar totalmente nuestra vida. El celibato sacerdotal es signo de esa entrega total. Es la expresión de nuestra total entrega al Señor en quien descansan y se nutren, sin mediaciones humanas, todos nuestros afectos; y la expresión también de nuestra total y gozosa disponibilidad para el servicio del Reino de Dios.

El verdadero pastor no vive para sí mismo sino para Aquel que es su Señor y para todos aquellos que su Señor, por medio de la Iglesia, le confíe. El verdadero pastor muere cada día, como Cristo en la cruz, para que aquellos que el Señor ha puesto bajo su cuidado encuentren la vida verdadera. “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (II Cor.4,10). Este morir para que otros tengan vida, que nos revela el misterio de la cruz, está en el centro mismo del servicio de Jesús como Pastor y está también, por tanto, en el servicio del sacerdote a la Iglesia. Jesús entrega su vida a los hombres por amor y la entrega libremente. Y esta entrega del Señor se perpetúa en la Eucaristía, cada día, por manos del sacerdote. Por eso Eucaristía y sacerdocio son inseparables. La Eucaristía es el centro de la vida del sacerdote. No puede haber otro centro. Toda la vida del sacerdote es eucarística. Toda la vida del sacerdote es conformación con la cruz del Señor en el misterio eucarístico que celebra cada día. Y este momento, el más importante del día, en que el sacerdote celebra la eucaristía da sentido a todas sus palabras, sus obras y sus pensamientos. La Eucaristía es la vida del sacerdote. La Eucaristía alimenta su oración y le consuela en el sufrimiento y le llena de gozo en la acción de gracias por todos los dones que continuamente recibe del Señor, y es el lugar donde diariamente hace la ofrenda de su vida y vive íntimamente su comunión plena con el Santo Padre y con su obispo y con sus hermanos presbíteros y con su comunidad religiosa y donde, unido a la Santísima Virgen y a todos los santos, renueva constantemente su vocación de santidad. La Eucaristía le permite al sacerdote vivir todas las
circunstancias de su vida en estrecha intimidad con Aquel que en la cruz reconcilió a los hombres con Dios y ha querido confiarle, en un derroche de misericordia, el ministerio de la reconciliación. Este ministerio de la reconciliación que el Señor ha querido confiarnos y que nos convierte en instrumentos de la misericordia entrañable de nuestro Dios nos hace vivir la Eucaristía como la fuente de la que brota constantemente el manantial de la gracia divina.

La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros los sacerdotes una escuela de vida en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte o en el momento del martirio, si es que el Señor nos concediera esa gracia. La vida debemos darla día a día. Debemos aprender continuamente que no nos poseemos a nosotros mismos, sino que somos posesión del Señor.

Una segunda cualidad del pastor es conocer a las ovejas. El Señor nos dice: “Conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mi, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre” (Jn.10,14-15). Jesús ha querido unir aquí dos relaciones: la relación entre Jesús y el Padre y la relación entre Jesús y los hombres encomendados a Él. Son dos relaciones inseparables porque la misión de Jesús es llevar a los hombres al Padre. De la misma manera en la relación del sacerdote con los hombres no podemos perder de vista nuestra relación con Cristo y por medio de Cristo con el Padre. Hemos de conocer a todos aquellos que el Señor nos confíe y hemos de quererles, especialmente a los mas pobres y a los mas necesitados de amor. Y hemos de sabernos situar en el contexto cultural en que vivimos. Y hemos de ser conscientes de lo que los hombres de nuestro tiempo buscan y necesitan; y de saber reconocer cuales son sus inquietudes, y sus preguntas y sus vacíos y sus soledades y sus desiertos. Todo eso debemos conocerlo estando muy cercanos a ellos y escuchándoles con verdadero interés y respeto; y saliendo en busca de la oveja perdida. Pero ese conocimiento y esa relación con los hombres debe ir unida a nuestra relación con Cristo y por medio de Cristo con el Padre. Porque, solamente por nuestra relación con Cristo y con el Padre y por el don de su Espíritu Santo, podremos entrar en el misterio del hombre y en sus necesidades más profundas y en su pecado, causa última de todos sus sufrimientos, para llevarle a Cristo y por medio de su Iglesia hacer posible que sean curadas sus heridas y renazca en el la esperanza y descubra el amor que Dios le tiene. Nosotros hemos de conocer a los hombres y hemos de acercarnos a ellos, pero con el conocimiento de Cristo y en el corazón de Cristo, para que los hombres, nuestros hermanos, descubran su dignidad de hijos de Dios y puedan encontrar en Cristo la luz que alumbre sus tinieblas y el amor que sane todas sus enfermedades. Hemos de hacernos cercanos a los hombres, pero no para que se vinculen a nosotros, sino para que se vinculen a Cristo, al Corazón de Cristo y en Él encuentren todas las riquezas del amor divino. El mundo necesita descubrir el amor divino. El mundo necesita a Dios. Los hombres necesitan a Dios. En esta cultura nuestra occidental, tan descreída, en la que la dignidad de la vida humana se va deteriorando por momentos, hacen falta sacerdotes que asuman con valentía la misión salvadora de Jesús y hablen a los hombres de Dios. El mundo necesita sacerdotes santos que estén íntimamente unidos a Dios y que hablen de Dios. Estar con Dios y hablar de Dios, eso es lo que el mundo pide a los sacerdotes. Estar con Él por la oración, por el amor y por la obediencia interior a la voluntad del Padre. Y hablar de Él, predicando fielmente el evangelio de Cristo, en comunión con la Iglesia. El sacerdote tiene que alimentar en los hombres, con la predicación del evangelio y con el testimonio de su vida, la confianza en el amor y en el poder de Dios.

Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendada al Pastor: “Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16). El gran deseo del Señor es la unidad: “que todos sean uno para que el mundo crea que tu me has enviado”. Unidad y misión van estrechamente unidas. No es posible la misión en una Iglesia desunida. Los sacerdotes hemos de ser constructores de unidad. Viviendo en primer lugar la unidad en nuestras propias vidas: entregándonos al Señor con un corazón indiviso, siendo siempre sacerdotes en nuestros pensamientos, palabras y acciones y mostrándonos en todos los momentos ante los hombres como sacerdotes, en nuestro modo de comportarnos, en nuestro modo de hablar y de dirigirnos a la gente, en nuestros gestos y actitudes para que cualquiera pueda acudir a nosotros cuando nos necesite y nuestra vida sea un signo de Cristo, Pastor, en medio del mundo.

Y hemos de ser constructores de unidad en nuestras comunidades cristianas, siendo para todos vínculo de unión, acogiendo con amor y gratitud todos los carismas que el Señor quiera regalarnos y ayudando a cada uno a descubrir su propia vocación, poniendo un cuidado muy especial en el discernimiento de las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. El Señor sigue llamando a muchos jóvenes a vivir una vocación de especial intimidad con Él y de servicio a la Iglesia. Pero Él ha querido que esa llamada llegue, en muchos casos, a través de nuestro ministerio sacerdotal. Es muy grande nuestra responsabilidad en la pastoral vocacional y no podemos olvidarla.

Y hemos de ser constructores de unidad en la sociedad misma, hoy tan dividida y fragmentada, fomentando en nuestros ambientes todo lo que sea provechoso para la convivencia pacífica y para la defensa de la vida humana y de la familia y de la dignidad de la persona humana.

La unidad es la condición para la misión. Tenemos que sentirnos Iglesia misionera. “Tengo otras ovejas que no son de este redil: también a estas las tengo que traer”. La misión joven que este año hemos vivido en la diócesis en la diócesis con entusiasmo ha de despertar en todos el deseo de salir de nuestras rutinas y de nuestros comportamiento, a veces, demasiado cómodos, para llegar a esa gran multitud de ovejas sin pastor que Jesús contemplaba lleno de compasión. No podemos quedarnos impasibles y quietos ante el espectáculo de tantas personas alejadas de Dios. Hay mucha gente que trata de presentar un mundo sin Dios. Pero un mundo sin Dios es inexplicable. Sin Dios es imposible explicar razonablemente la maravilla del mundo y de la vida. Nosotros, que desde la luz de la fe, gozamos, de esa maravilla no podemos dejar que tantos hermanos nuestros, muchos de ellos quizás muy cercanos y muy queridos, se vean privados de ese gozo. Ser misionero es sentir el deseo de que todos puedan compartir con nosotros la alegría de conocer a Jesucristo para trabajar unidos en la construcción de un mundo justo, en el que no tengamos que contemplar el escándalo de la pobreza y la miseria de millones de hombres que se ven obligados a salir de sus países buscando una vida más digna. Ser misioneros es abrir las puertas de la Iglesia a todos los hombres para que en ella se encuentre como en su propia casa y en ella descubran a Aquel, que muriendo en una cruz y resucitando al tercer día nos ha revelado la sabiduría infinita de Dios. Una sabiduría que rompe todos los esquemas humanos.

Como ves, querido David, todo esto tiene mucho que ver con tu vocación trinitaria. El Señor ha querido llamarte al sacerdocio en La Orden de la Santísima Trinidad. Y el carisma propio de esta Orden, que el Señor quiso regalar a la Iglesia por medio de S. Juan de Mata y de S. Juan Bautista de la Concepción ,va a marcar tu sacerdocio con un acento especial que lo enriquecerá y lo llenará de vigor apostólico. “ Vuestra espiritualidad - decía Juan Pablo II al Capítulo General de la Orden en el año 2001 - os sitúa en el centro mismo del Mensaje Cristiano: el amor de Dios Padre, que abraza a todos los hombres mediante la Redención de Cristo, en el don permanente del Espíritu Santo (...) “Vivid” con pasión lo que “sois” abriéndoos con confianza al futuro. En una época marcada por una preocupante “cultura del vacío” y por existencias “sin sentido” estáis llamados a anunciar , sin componendas, al Dios Trino, al Dios que escucha el grito de los oprimidos y de los afligidos. Ojalá que en el centro y en la raíz de vuestro compromiso apostólico esté siempre la santísima Trinidad. Que la comunión trinitaria sea para todos y cada uno fuente, modelo y fin de toda acción pastoral”. Esto es lo que hoy te deseo de todo corazón a ti, David, y a toda la familia trinitaria que te acompaña.

Que la Virgen Santísima a la que la Orden Trinitaria venera con el hermoso título de Ntra. Sra. de los Remedios, te proteja y te guíe y haga de ti un santo sacerdote. Que encuentres siempre en Ella a la Madre, que nunca te va abandonar y a la Maestra que te enseñará a vivir cerca de Jesús, a confiar en su amor y a compartir con Él, el dolor de la cruz y el gozo de la resurrección.

Que la Virgen María sea para todos nosotros, que estamos participando con gozo en esta celebración, nuestra Madre en la oración, en el amor, en la obediencia fiel y en la fuerte esperanza. Amén

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